Sensei liebre

La charla con la liebre me había llevado a reflexionar en que aquello que pensamos cuando conversamos con alguien, y a sentir cierta vergüenza cuando lo asociamos con un escabeche. Entonces la liebre me preguntó si yo podía saber en qué pensaba ella cuando hablaba conmigo, y le dije que no. Evitando la respuesta, creo que deliberadamente porque le interesaba hablarme de otra cosa, me respondió que el gran problema del conocimiento es que tiene más del conocedor que de lo conocido. Usted ve una flor en un cardón, me dijo, y más que esa suma de colores y acaso aromas y sabores, lo que más ve son sus propios recuerdos e ilusiones. Conversa conmigo y piensa en lo extraño que es estar conversando con una liebre, pero no se da cuenta que, si lo está haciendo, eso no puede tener nada de extraño. ¿Cómo va a ser extraño lo que es?, me dijo clavándome la mirada con cierta dureza. Pero nos es difícil prestarle más atención a lo que percibimos que a todas las cosas que pensamos cuando vemos algo. ¿Y cómo lo sabe?, le pregunté extremadamente asombrado. Podría decirle que lo sé, me dijo, ¿me creería más si le contara un cuento? Podría hacerlo, me dijo y le rogué que lo hiciera. Asintió con la cabeza y empezó a contarme que, hace muchos siglos, hubo un hombre que visitó la quebrada de Huichaira para tener una conversación con nosotras, las liebres. Según nos cuentan nuestras abuelas, dijo, se sentó sobre una roca y apareció una de nosotras, que estaba mirándolo asombrada de atrás de un churqui. Así empezó todo.

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