En donde nace la avenida Urquiza, a pasos de la exestación de trenes, ella se gana la vida con la honestidad propia de una mujer valiente. Luego de distintas batallas personales libradas por hallar un futuro venturoso, encontró en la calle el espacio justo para desarrollar su trabajo en el que día a día, entrega todo el corazón.

Rodeada de transeúntes ocasionales y del inevitable tráfico vehicular que completa el cuadro urbano, ella se organiza para avanzar e ignora los ruidos ajenos sólo para concentrarse y hacer del calzado su motor en la labor que le da sustento. Este interesante proceso como zapatera es bien realizado por María Ocampo, una joven mujer y madre que se gana la vida desde la calle, sentada en un banquito y acompañada por una máquina que la ayuda en la travesía diaria de mejorar bolsos, mochilas, zapatos y zapatillas. Mientras se ocupaba de que la costura que estaba realizando quede perfecta y sea parecida a la original, contó a través de una voz con fuerza, su historia.

Ella es una zapatera de alma que tiene a su padre como el mejor de los maestros. “Yo desde que tengo 15 años aprendí esto con mi papá, después desde hace ocho años que estoy con mi primera hija que me vine a trabajar a la calle”, expresó Ocampo quien además comentó que su padre no dudó a la hora de enseñarle el oficio. “Él trabajaba en el puente Chijra y yo lo acompañaba, aprendí este trabajo con el que puedo salir adelante y mantener a mi familia”, expresó. La vida para María Ocampo fue muy movilizadora desde siempre. Se desempeñó en pensiones y buscó su espacio laboral en distintos lugares, antes de quedarse al frente del arreglo del calzado y la compostura en general. Si bien ser zapatero es un rubro con tendencia varonil -si se quiere-, en la actualidad, se está abriendo más el campo a la mujer.

Y eso lo conoce muy bien María. “Al principio costó porque ser mujer y trabajar en la calle, todavía más. Trabajé con los zapatos y ahora más bien veo el cambio, ya no es como antes. Estamos iguales, las mujeres vamos aprendiendo, ya no dependemos mucho del hombre”, comentó la joven, entre trabajos a medio terminar, tacos, suelas, plantas, telas, remontes, forrados, tiras de mochilas para reforzar, bolsos e irregulares cortes de cuero. “Hoy puedo decir que antes sí dependía del papá de mis hijas y no me alcanzaba para lo que necesitaba comprar. Ahora con lo que aprendí para trabajar, no rindo cuentas a nadie.

Si mi hija quiere comer un yogurt, le doy un yogurt; si necesita un par de zapatillas, se lo compro, ya dejé de depender”, dijo con toda la actitud de una mujer que se gana la vida a raíz de una costumbre adquirida efectuada en el acto, muy afín a los tiempos que corren. “La calle tiene de todo pero hay que saber llevarla”, aseguró la trabajadora que entiende de cambios de tela en zapatillas o costuras completas en botas, roturas de bolsos o zapatos deteriorados. “Trato de buscar una solución, la encuentro y los precios son económicos porque entiendo la situación que estamos pasando”, dijo e indicó que gracias a su papá no hace diferencias.

“A mí me gusta todo por igual, hay que decir las cosas como son, puedo salir adelante y lo hago gracias a esto que es una ayuda muy grande, doy gracias a Dios, a la Virgen y a toda la gente que tiene esa confianza para mi trabajo. Antes hacía a mano y ahora con la máquina, me resulta mucho más fácil”, comentó la joven mujer que tiene por anhelo un espacio propio y no salir a la calle para mejorar su situación de vida. “Quisiera tener un local para que no se moje mi niña en días de lluvia o no nos agarre el sol. Agradezco a mis clientes, ellos me recomiendan y yo siempre trato de hacer bien mi trabajo”, finalizó con una sonrisa, sin dejar de cumplir su rol a la par.

“Que las chicas se animen”

Un gran stock de trabajos bien realizados es motivo de orgullo para María Ocampo que no duda en tener predisposición y voluntad a la hora de realizar un arreglo o confección. “Estaría bueno que las chicas sobre todo se animen a trabajar con este tipo de labores”, comentó la joven zapatera que no duda en ofrecer su ayuda a quien lo necesite o desee conocer esta actividad. “Yo también aprendí así, a veces vienen y me piden hilo y aguja y yo les doy, porque yo también alguna vez estuve así y necesité, pero eso de ser solidario ya depende de cada uno”, planteó.

“Vivo en Alto Comedero y a quienes me conocen, les digo: ‘El que tenga voluntad, va a venir y va a aprender’”, afirmó con toda la seguridad y el ánimo encendido destacando que el trabajo siempre será bueno para todos. “Hace años que me rebusqué la vida, sé lo que es ir de aquí para allá, lo que es aguantar muchas cosas y tener presión”, se confesó la trabajadora, que está orgullosa de lo que logró.

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