¿Hubo algo que  aprendimos?

Decido titular así este artículo porque es una pregunta que merece tener respuesta.

¿Hubo algo que aprendimos en este escenario pandémico que no elegimos y que sin embargo aún está presente y nos interpela como sujetos de aprendizaje, sujetos sociales, como profesionales o familias?

Contestando a esta pregunta, a mi parecer, sí. Aprendimos a aprender, a desaprender, a innovar, e incluso cambiar. Si hay algo que nos quedó claro es que no se pueden replicar formatos de clases presenciales en la virtualidad. La didáctica virtual es diferente y aprenderla fue y sigue siendo un desafío enriquecedor.

Algo que tuvimos que aprender de manera conjunta y con urgencia fue el probar nuevas formas de enseñanzas. Los que nos dedicamos a la enseñanza tuvimos que rediseñar nuestras clases, aprender lo que significa educación remota, clases virtuales, clases a distancia, cambios radicales en los tiempos y procesos de aprendizajes, capacitarnos de forma vertiginosa en recursos tecnológicos, es decir, animarnos a ensayar nuevas formas enseñar y aprender, haciendo uso de redes sociales, plataformas educativas, libros en línea, bibliografía digitalizada, aulas virtuales, e-mails, videollamadas, tutoriales, etc. Que nos permiten mantener el vínculo pedagógico con nuestros alumnos y sus familias.

Si hablamos de lo que aprendieron los alumnos, algo que destaco de la educación remota y virtual, a la que ahora se suma la bimodalidad (presencialidad y virtualidad combinadas), es el desarrollo de diferentes capacidades en los adolescentes, entre ellas las preciadas autonomía, responsabilidad, resolución de problemas y nuevas formas de comunicación. Ellos fueron desafiados a poder autogestionar sus tiempos tanto para el cursado, el estudio, el desarrollo de actividades en las materias, la elaboración de trabajos prácticos, entre otras actividades solicitadas, así como también el decidir cuándo, cómo y de qué clase participar, el poder ser responsables en marcar en horario su asistencia, organizar el material bibliográfico digitalizado, el poder desarrollar capacidades tecnológicas para el uso de aulas virtuales, edición de videos, digitalización y rastreo bibliográfico, escaneo, fotos, audios, bajada y uso de nuevas aplicaciones, solucionar problemas que surgían en el momento de clases o en el momento de enviar una tarea en diferentes formatos. Todo, sin que un preceptor o un profesor esté allí de forma presencial para dar la orden. Como docentes, toda esta experiencia debería servir para pensar en la educación de aquí en adelante y considerar que estas capacidades también deben ser enseñadas y aprendidas desde una pedagogía más inclusiva.

Desde el plano familiar, esta pandemia también nos hizo valorar como padres a la escuela física, el edificio, su organización, su contención, el tiempo que los alumnos transitaban allí con espacios que garantizaban que todos pudieran aprender, a conocer en profundidad a la escuela y el enorme trabajo que en ella se realiza. Como padres, cuando acompañamos a nuestros hijos en el desarrollo de sus tareas, especialmente en este tiempo de pandemia, nos dimos cuenta, aunque sea en parte, de la complejidad de la tarea docente.

También es necesario mencionar que esta pandemia hizo más que nunca visible las diferencias entre los hogares. No fue sólo el que tuviera computadora y el que no, o el que tuviera internet y el que no, sino que hizo que se manifestaran situaciones más sensibles, como el tener un lugar tranquilo para estudiar, a quién preguntar, e incluso el tener responsabilidades como las tareas del cuidado de la casa y hermanos, y como estas muchas situaciones más.

Como educadora me preocupa cómo continuará esta situación. Me pregunto si vamos a poder sostener lo que estamos aprendiendo para continuar aplicándolo no sólo en un entorno virtual sino también presencial. Ojalá que el poder ver la complejidad nos ayude a apreciar la escuela y por supuesto, el rol docente, porque hay que tener presente que la tarea docente también implica un derrotero de continuos aprendizajes y si todos podemos seguir aprendiendo.

Para terminar, quiero recordarles que Jesucristo también se presentó como maestro, uno que ejerció tanta influencia en sus seguidores que fueron ellos los que a pesar de las adversidades y de ser hombres comunes, como vos y yo, cambiaron el mundo conocido. Es importante recalcar que cada uno de nosotros a su manera enseña, ojalá nosotros podamos imitar y aprender de ese Maestro-Siervo Jesucristo, de su amor, su humildad, su interés genuino en el otro, su empatía, su entrega, para así influenciar y dejar huellas de vida.

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(*) Mariela Tejerina es directora del Nivel Medio del Colegio Cristo Rey.

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