Artesanía en telar; magia textil única de hilo a tejido

Un tejido siempre es bienvenido en tiempos fríos. Es el abrazo a través de la lana compuesta, que resulta del entrelazado de los hilos, suponiendo una creación artesanal fruto de mucha dedicación que nace para lo que sí se espera; dar calor.

Se trata de una de las artesanías más valiosas por su elaboración personalizada que conlleva un encanto para destacar, no obtenido por mero azar.

Y es que cada textil tiene un proceso que se afina a través de una grata transformación expuesta a la luz a través de manos sabias.

Pero antes de llegar al ansiado resultado, la tarea se inicia en el telar propiamente dicho, un juego apasionante y muy serio en donde el saber y el hacer se ponen de acuerdo.

A través de maderas cuidadosamente seleccionadas, el artesano va midiendo los espacios para que sus manos se adhieran al propósito pensado con anticipación.

La práctica hace al maestro que establece una estructura al servicio de la pieza, del tejido antes de ser.

Con atención en la terminación correcta y el sentido de la vista bien agudizado, las intenciones se vuelven tangibles cuando logran llegar al tesoro hecho de fibra; algunas veces de oveja y, otras, de llama.

Pronto, ya con la materia prima entre sus manos, Agustín Quipildor, el artesano del telar despliega al fin su creatividad pura para, con una calidad intensa, renovar la labor con la calma que sólo la atmósfera caspaleña, desde hace tiempo atrás, le otorga a su existir.

"Este saber lo heredé de mi abuelo y de mi padre; ellos eran teleros de antes, yo cuando era chico quise aprender porque me llamaba la atención y empecé", dijo el artesano que dio sus primeros pasos en este arte realizando alforjas de barracán. Destinado a seguir con la tradición que permanece viva a través de su obra, obtiene sin arrebatos mucha fantasía con alma vallista en bufandas, mantas, chalinas, ponchos y ruanas que nacen todo el tiempo. Desde el telar, se mezclan entre sí las prendas para sorprender con una rusticidad desbordante de texturas y colores que se sirven de tan buena fibra como vibra.

"Trabajamos con la lana blanca y negra, primero se desliza con el peine en caña natural y el telar de madera. Agarro el ovillo, las madejas de hilo y después empiezo con el urdido que va cambiando de acuerdo a la prenda que se quiera tener", relató Quipildor. Así, con una paciencia sagrada el telero es entonces, una especie de operario en el sistema que forma la urdimbre de un tejido y que, de manera por demás precisa, dispone de los hilos paralelos en el telar. La magia de la prenda cobra fuerza con un sentido fundamental en este punto porque prepara el ritmo sin cesar del esperado entretejido.

Hilo por hilo se va entregando a la pieza con una versatilidad que mucho tiene de practicidad. "La lana de oveja es un poquito más pesada para tejer, en cambio la fibra de llana es más suave y más rápida", aseguró el artesano sin olvidarse de las ventajas de la elaboración para él trascendental que viene de tres generaciones atrás. Para resaltar el textil, diseños de flores autóctonas se contemplan en detalle. "A tejer en telar yo lo tomo como una costumbre que es de familia, cada telero tiene sus truquitos para hacer este trabajo. Me gusta hacer tejidos", afirmó orgulloso Agustín, dueño de este talento que le permite descubrir aquello extraordinario en lo simple.

 

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