El desafío de mostrar una tregua duradera

Más allá de los cambios en el Gabinete, de los pases de factura públicos y de los exabruptos de una diputada, la decisión del presidente Alberto Fernández de mantener su alianza con Cristina Kirchner fue sin lugar a dudas el dato central de toda la semana, la más dura que le tocó atravesar al Gobierno desde su llegada al poder. El gran desafío que se le viene ahora al oficialismo es demostrar que esta tregua será duradera y que no implosionará ante un eventual resultado adverso en las elecciones de noviembre, en donde ningún encuestador se anima a descartar que pueda haber una derrota por mayor diferencia que en las Paso. 
¿Tendrá un impacto electoral la pelea que se desató en la Casa Rosada ante la atónita mirada de la opinión pública? Difícilmente no lo tenga, aunque un relanzamiento del Gobierno con nombres nuevos y anuncios económicos de envergadura podrían pasarlo a un segundo plano en el corto plazo. Esta semana comenzarán las medidas tendientes a reforzar los bolsillos de la gente: subirá el salario mínimo, volverá el IFE para algunas personas, lanzarán créditos blandos para empleados registrados y aumentarán los salarios de los trabajadores estatales. “Los anuncios se irán dando de a poco para mantener la iniciativa política el mayor tiempo posible”, dijo anoche a El Tribuno de Jujuy un alto funcionario del Palacio de Hacienda que pidió reserva de su identidad. 
En medio de un escenario de absoluta incertidumbre, por primera vez la unidad del Frente de Todos había quedado verdaderamente en suspenso durante varios días, luego de la derrota en las Paso. Tanto fue así que se llegó a especular con la posibilidad de que el presidente se apoye en los gobernadores, la CGT y el movimiento Evita para encarar la segunda parte de su gestión sin Cristina. Nada de eso ocurrió. 
Con el armado del nuevo Gabinete, ambos líderes acordaron una mayor peronización de la gestión, en un claro intento por atraer votantes históricamente justicialistas que en las últimas elecciones le dieron la espalda al oficialismo. El ingreso de las nuevas figuras al Gabinete le aporta un mayor equilibrio al elenco ministerial y también más peso político, pero no agranda demasiado la base de sustentación del Gobierno, ya que todos ellos jugaron abiertamente para el Frente de Todos el domingo pasado.
¿Quién salió ganador en esta negociación? Si se mide estrictamente por la cantidad de ministros que cedió cada uno, obviamente el Presidente resignó más que Cristina. Eso también fue aplicable a los tiempos en los que se realizaron los anuncios: Alberto quería modificar a su equipo después del 14 de noviembre y Cristina quería que eso ocurra ya mismo. Allí también la opinión de la vicepresidenta se hizo sentir con mucha potencia. 
Pese a no haber podido retener a Santiago Cafiero en la jefatura de Gabinete, para el mandatario era clave sostener a Martín Guzmán en el ministerio de Economía, a Matías Kulfas en Producción y a Claudio Moroni en Trabajo, todos ellos funcionarios muy leales a Alberto. No haberlo hecho hubiese sido una muestra muy fuerte de debilidad de cara a lo que viene. Además, el hecho de haber sumado al gobernador de Tucumán Juan Manzur, uno de los pocos que ganó las elecciones en su provincia, le aporta mayor volumen político a su gestión. El tucumano fue uno de los primeros mandatarios que salió a respaldar al Presidente cuando el kirchnerismo puso todas sus renuncias sobre la mesa para presionar a Alberto con los cambios. 
Independientemente de la danza de nombres, el Presidente recibió el respaldo público de varios mandatarios provinciales, de muchos líderes gremiales y de algunos movimientos sociales que se oponen a una mayor injerencia del kirchnerismo. Esa demostración de fuerza le dio algo de respiro a Alberto en medio de una crisis con pocos precedentes. En su carta, Cristina hizo público un dato desconocido hasta el momento: sólo se reunió con Alberto Fernández en 19 oportunidades, menos de una vez al mes desde que asumieron sus cargos. ¿Cuál fue el objetivo de la expresidenta de dar a conocer el poco diálogo que existe entre ellos? Básicamente se trató de una estrategia de defensa personal ante el resultado de las Paso, intentando derribar la teoría sobre su influencia en las decisiones. 
El ingreso de Aníbal Fernández al ministerio de Seguridad es uno de los que más atención llamó, ya que el peronismo lo responsabilizó abiertamente en 2015 como el padre de la derrota en la provincia de Buenos Aires y, por ende, también en el país. Daniel Scioli, quien sonó por unas horas como posible canciller, lo sabe mejor que nadie. Además, las encuestas de opinión no muestran que Aníbal Fernández haya recuperado imagen positiva y es de público conocimiento que su verborragia es rechaza por una parte de la sociedad. ¿Por qué entonces fue designado? Porque conoce perfectamente las fuerzas de seguridad y también porque será uno de los voceros habituales en el esquema de Gobierno a la hora de defender la gestión ante las críticas opositoras. 
La tensión que se respiró las últimas horas no se había vivido ni con el vacunatorio VIP, ni con los festejos en Olivos, ni con la intención de estatizar a Vicentín: acá estuvo en juego, lisa y llanamente, de qué forma se administrará el poder y la economía en la Argentina durante los próximos dos años. La crisis política que se desató en la alianza gobernante afectó la imagen del espacio, hizo subir el dólar y le agregó aún más desconcierto a los mercados financieros, que se mostraron exultantes el lunes y el martes tras los resultados de las urnas. Sin embargo, esta situación colocó al jefe de Estado en una posición de mayor centralidad interna de la que tenía sólo siete días atrás. Alberto, quien era acusado de ser el títere de Cristina, salió a ratificar públicamente su autoridad como titular del Poder Ejecutivo ante una embestida del kirchnerismo que puso seriamente en jaque la gobernabilidad. 
 

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