Libertador General San  Martín: crisol de razas

La ciudad de Libertador General San Martín nació a principios del siglo XX, a la vera del Ingenio Ledesma.

Se comenzó a llamar Pueblo Nuevo a partir del año 1903, entonces, fue trazado el pueblo y se entregaron las escrituras a sus primeros habitantes. Algunas familias dejaron el ingenio buscando una vivienda propia y se afincaron los primeros sirios y libaneses para dedicarse al comercio.

La llegada del ferrocarril terminó de configurar lo que sería la ciudad cabecera del Departamento de Ledesma. Luego llegaron españoles, griegos, hindúes, paraguayos, brasileños, bolivianos y chilenos. Las fábricas en el ingenio también acercaron a trabajadores de las provincias vecinas.

El lugar se convirtió en un crisol de razas. Cada una dejó su impronta y le dio configuración y particularidad, a una de las ciudades más importantes de nuestra provincia.

Cercanos al Día del Inmigrante, que se conmemoró el sábado pasado (4 de septiembre) quiero recordar a todos ellos, en el texto que dedico hoy a mi abuelo Salvador Vilter, inmigrante libanés llegado al país a principios del siglo pasado, quién se estableció aquí, primero como jornalero en el Ingenio Ledesma y luego como vendedor ambulante en los lotes del ingenio.

El Abuelo Salvador

Mi abuelo paterno se llamaba Salvador, siempre jugaba a la lotería, decía: " -para volver al pago" y yo le respondía: "-nunca va a ganar porque quiere dejarnos". Sin embargo, se fue para siempre una fría mañana de mayo, de golpe, de un día para el otro, sin cumplir el sueño del regreso.

Era un libanés alto y erguido, tenía los ojos verdosos y una espada tatuada sobre la mano izquierda.

Rezaba todas las tardes, cantando pasajes del Corán, en dirección a su tierra lejana y amada. No leía ni escribía en su idioma, ni en el nuestro, pero era veloz con los números y un gran conocedor de la historia mundial y de la Argentina. Solía ayudarme con las tareas de la escuela, sobre todo en Matemáticas, a cambio, le leía todos los diarios que traía a casa. Aparecía al mediodía con "Pregón", "La Gaceta" y "El Intransigente".

En esos tiempos, Egipto vivía la reconquista del Canal de Suez y el mundo árabe era una ebullición. Estoy segura, que en esa época, alcancé y ejercité al máximo, mi gran capacidad de lectura y síntesis, pero sobre todo, mi pasión por la historia de los pueblos.

La trampita

Generalmente, en un periódico leía las noticias completas, en el segundo las más importantes y en el tercero, todas resumidas.

El abuelo por las tardes partía a Libertador, visitaba a los paisanos del mercado central y ahí venía el problema.

Uno de ellos leía al grupo, los diarios y noticias con pelos y señales... A su regreso, recibía unos buenos retos en árabe y ese día no me traía de Don Tame, las galletas boca de dama, que tanto me gustaban.

Yo lo abrazaba un poco y me perdonaba enseguida.

Sus delicias

Cocinaba como los dioses.

Su deliciosa cuajada en la olla de barro, nos quitaba la fiebre de un plumazo.

En tiempo de zafra, pelaba la mejor caña de azúcar, la cortaba en canutos y luego la trozaba en cuatro palitos.

Nos sentaba en rueda, y a cada nieto le entregaba un jarrito enlozado, con igual cantidad de trozos adentro. Y había que dejar el bagazo, en el mismo recipiente.

De la misma manera, algunas mañanas compartía con mis primos, la entraña o chunchulines a la brasa. Manjares que traía de los lotes del ingenio, donde vendía en dos canastos: quesos, fiambres y algunas frutas de estación.

Después de su muerte, mi madre descubrió que las cuentas de sus clientes estaban escritas en las paredes encaladas de las casas. Cada una, era una serie de números en vertical, ordenados y escritos con un lápiz de carpintero de cáscara roja. Recién comprendí, por qué su lápiz negro era tan distinto al mío.

El abuelo no usaba libretas, sólo la memoria, los escritos en las paredes y la confianza mutua.

El abuelo Salvador, sacaba la punta de los lápices de una manera muy particular. Con su cortaplumas rojo, hacía un círculo sobra la cáscara, cerca de la punta y luego, con la misma herramienta, y a partir del círculo despuntaba el lápiz. También nos enseñó a plegar barquitos de papel, que hacíamos navegar en las cunetas de la cuadra, los días de lluvia, mientras nos cubría con su gran paraguas negro.

Hoy despunto mis lápices y los de mis hijos de la misma manera y papel que llega a mis manos, no importa el tamaño, se vuelve barcoÓ

 

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