Tenía que ser jujeño

Se llamaba Timoteo. La etimología indica el origen griego del nombre quiere decir "aquel que siente adoración por Dios". Y su apellido era Tintilay, un vocablo típico de los nortes jujeño y salteño y del sur de Bolivia. Quién así se llamaba, Timoteo Tintilay, había nacido en Yavi Chico, en los bordes internacionales donde Jujuy colinda la Provincia boliviana de Modesto Omiste. Y siendo niño, con su familia se instaló en Buenos Aires.

Trasplantado desde el ventoso y soleado altiplano a la húmeda jungla de una de las ciudades más grandes e insensibles del mundo, hizo lo que todo hombre de bien tenía que hacer: trabajó a destajo, sin findes y sin feriados. Cuando armó su familia, Elsa su esposa y sus hijos Graciela y Lucas, y luego los cuatro nietos, a todos los hizo hinchas de Boca, el club que en Yavi Chico ya quería, pero también de Gimnasia de Jujuy, que era parte de sus amores y su identidad. También enseñó a la familia a amar los paisajes y a venerar la cultura jujeños. Volvían en los carnavales, y así, enharinado y "vacunado" con la chichita y el saratoga, cantaba y copleaba acompañado de su erque y su caja. Esposo, padre y abuelo, Timoteo Tintilay ratificaba la pertenencia a su tierra y volvía a ser rey en su pago puneño.

Después, volvía a Buenos Aires. Uno entre millones, en la rutina de cemento, pavimento, apuros y griterío. Lo imagino al volante del taxi, que había comprado con enorme sacrificio, detenido en alguna luz roja, dejando volar sus recuerdos hacia Yavi Chico, pueblo de una sola calle, y un puñado de casas de adobe con techumbre de paja y barro, sin ochavas y sin celulares atronando. Imagino que un bocinazo lo sacaba de su ensoñación, y volvía a ser el gladiador de avenidas, cortadas, calles largas y pasajes de los mil barrios porteños que había aprendido a conocer como pocos.

Ocurrió que un delincuente asesino que acababa de salir de la cárcel- le quiso robar su taxi. Él se prendió al techo del auto, el ladrón lo llevó colgado 17 cuadras hasta que, al cruzar en rojo, chocó contra otro vehículo y Timoteo voló hacia el asfalto, hacia la muerte. ¿Por qué? ¿Por qué justo a él que siempre aconsejaba que es preferible dejarse robar sin resistir?, ¿Por qué el sistema judicial ampara a los malvivientes?, ¿Por qué hay jueces que priorizan los derechos de los asesinos por sobre los de los ciudadanos honestos? Familia, vecinos, amigos, lo lloran, piden justicia, aunque saben que ya nada importa.

Quedará apenas, un crespón imaginario en las camisetas futboleras auriazules y blanquicelestes. Le rendirán homenaje el vuelo majestuoso de un cóndor puneño y el canto lastimero de las pequeñas tiutilas en el atardecer sobre el Río Yavi. Sin conocerlo, se lo extrañará. Porque siempre hará falta un hombre así: bueno, sencillo, familiero, honrado y trabajador. Tenía que ser jujeño. Así era Timoteo Tintilay.

 

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