Una foto premiada y su nombre en la memoria

POR MARÍA SUCARRAT-PERIODISTA 

La obligación era presentar un sumario que convenciera al editor. Tres o cuatro ideas claras y distintas que pudieran llevarse adelante.

Se acercaba el 2 de abril y se me ocurrió proponer una entrevista a un cura que había estado en las Islas Malvinas, el padre José "Tito" Fernández.

La propuesta cuajó y días más tarde salimos con José Luis desde Talcahuano y Corrientes en un remis rumbo al kilómetro 5 de la ex ruta 28, en la localidad de Pilar.

Fue la primera nota que hicimos juntos y tan buena fue que, al año siguiente, en 1995, José Luis ganó el Premio Pléyade a la Mejor Fotografía Periodística. Aquella tarde, no habló en todo el camino y cuando llegamos, después de echar una mirada al lugar, pidió presenciar la entrevista.

Quizás el relato de ese cura que había donado ese predio y construido una réplica del cementerio que había quedado en Darwin, lo cautivó.

Esperó el momento adecuado e hizo unas pocas fotos. Siempre seguro, en un juego sensorial entre sus ojos, la cámara y los climas que le iba regalando el día con sus luces y sus sombras.

"Editar es elegir" decía el jefe mientas sacaba del sobre el material y apoyaba las tiras en el negatoscopio. Entonces no había internet. Las fotos se retiraban del laboratorio y se veían una por una con un cuentahílos. Las mejores se cortaban e iban a parar a una raviolera aparte. Las fotos de Cabezas eran todas buenas. Precisas y hermosas.

Allí estaba Tito, en primer plano, orgulloso del cenotafio que había construido -dijo- con la única intención de que las familias pudieran llevar flores u ofrendas a sus seres queridos, aniquilados en esa guerra disparatada.

La del falso cementerio fue la primera nota de tantas otras que vinieron.

La charla se fue aflojando hasta la rienda suelta. Antes de subir al remis, comprábamos algo dulce: caramelos, unas Tita. Llegábamos a la nota llenos de azúcar. Siempre contentos. Predispuestos al trabajo.

Si había una idea, el viaje era el momento de decirla. Una vez en el lugar, jamás se sugería. Ni él peguntaba en las notas, ni yo arriesgaba nada que tuviera que ver con las fotos. Ese era el código y a la vez la llave que garantizaba el resultado.

La última vez que salimos juntos me dijo que cuando regresara de Pinamar iba a terminar el colegio secundario. Que había descubierto que quería ser profesor de Historia.

La última vez que nos cruzamos yo subía y él bajaba la escalera negra y fea de Talcahuano y Corrientes. Alcancé a decirle que estaba embarazada. Me abrazó fuerte me dio un beso y siguió su camino.

A los pocos días el horror de su asesinato. Y el desconcierto. Una bebé, dos hijos chiquitos, Cristina, Gladys, Norma y José. Un compañero que ya no estaba y decenas de nosotros y nosotras, sin entender qué era lo que pasaba, formábamos parte del cortejo fúnebre en el Cementerio de Avellaneda.

Pasaron 25 años. El derrotero de la causa judicial no devolvió ni un poco la justicia que necesitábamos.

Por eso, todavía hoy los y las periodistas llevamos su nombre y su recuerdo impreso en la carne y el mismo profundo dolor en el pecho que sentimos aquel 25 de enero que pervive por siempre en nosotros.

 

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