Cristina busca retener el voto cautivo

El previsible aumento de la indigencia que anunció el Indec esta semana pone al Gobierno en serios apuros ante su propio electorado, ya que derriba el núcleo de uno de los principales pilares de su discurso político, que es el de atender primordialmente a los más vulnerables. Ese sector, siempre según los datos oficiales, ya alcanza a casi nueve por ciento de la población y la mayoría de los economistas estima que en la próxima medición podría superar tranquilamente los dos dígitos.

Si bien el dato no causó sorpresa por el tamaño de la debacle económica nacional, lo que más preocupa a Cristina Kirchner -la dueña mayoritaria de los votos en el Frente de Todos- es que estas cifras no incluyen la disparada del dólar tras la salida de Martín Guzmán ni tampoco un promedio de entre seis y siete por ciento de inflación mensual como se viene registrando en el segundo semestre. Cuando en marzo próximo se anuncie un aumento fuerte en la pobreza y en la indigencia en línea con los números actuales de la economía, el efecto político será aún más devastador, teniendo en cuenta que las elecciones se realizarán sólo un puñado de meses después.

Ningún gobierno que carezca de un plan antiinflacionario sustentable puede creer seriamente que logrará mejorar los índices sociales de la población, por más que reparta planes sociales y beneficios alimentarios de forma permanente. Los parches son sólo eso: parches.

En ese contexto, la vicepresidenta salió por primera vez desde la asunción de Sergio Massa a cuestionar el manejo de la política económica que está llevando adelante el expresidente de la Cámara de Diputados. Cristina necesitaba una oportunidad para empezar a desmarcarse y la encontró gracias al Indec. ¿Qué hizo? Responsabilizar a los empresarios por sus márgenes de ganancia y al Palacio de Hacienda por la supuesto falta de acción ante los grandes productores de alimentos. La expresidenta sigue pensando, o al menos diciendo públicamente, que el causante de la inflación es la especulación financiera y no los desequilibrios macroeconómicos ni el déficit fiscal.

Las declaraciones de Cristina, planteadas con una suavidad diametralmente opuesta a la verborragia utilizada cuando estaba Guzmán, parecen más un discurso para cuidar a su electorado más duro que una verdadera crítica al manejo económico del tigrense. Ocurre que Massa asumió hace más de dos meses y ninguna de las medidas que tomó fue en dirección de una reducción inflacionaria. Hubo subas groseras en las tarifas de los servicios públicos, aumentos en el transporte, autorización de incrementos en prepagas y combustibles y finalización de muchos acuerdos de precios en los supermercados. Ninguna de todas esas decisiones fue cuestionada por Cristina Kirchner ni por Alberto Fernández, por lo cual buscar diferenciarse ahora le costará a la expresidenta mucho más de lo que imagina.

"Cristina no criticó a Massa directamente, sino que trató de marcar la cancha para que el ordenamiento de la macroeconomía que está haciendo Sergio no termine olvidando a los grandes dramas de la microeconomía", expresó ayer a El Tribuno de Jujuy un senador nacional que trabaja codo a codo con la vicepresidenta y que pidió reserva de su identidad.

La expresidenta se encuentra ante una gran encrucijada. Por un lado, siente que debe radicalizar más su discurso para evitar fugas electorales hacia la izquierda, pero por el otro sabe que confrontar mucho con Massa podría agravar aún más el clima de crisis que vive el país. Por ahora Cristina oscila en un punto medio, pero esa postura puede no servir para ninguno de los dos objetivos a medida que crece la polarización en la sociedad.

En el Instituto Patria reconocen que ya están pensando en cirugías mayores para enfrentar la última etapa del Gobierno, que podrían incluir la salida del ministro de Trabajo Claudio Moroni y también la del secretario de Comercio Matías Tombolini. Uno de Alberto y uno de Massa, parejito. Si a eso se le suma que el ministro de Desarrollo Social, Juan Zabaleta, retornaría pronto a la intendencia de Hurllingham para contener el avance de La Cámpora sobre su territorio, los cambios adquirirían un volumen mucho mayor.

Cerca de Alberto Fernández se niegan a entregar la cabeza de Moroni, ya que es uno de los pocos hombres de su extrema confianza que quedan en el Gabinete, aunque el conflicto con el gremio

de los neumáticos lo dejó en una incómoda posición ante la opinión pública. "Culpar a Moroni por la radicalización de un sindicato que dejó sin gomas a todo el país es una gran injusticia. Las paritarias en Argentina son libres y no hay nada que Claudio (Moroni), Alberto (Fernández) o Sergio (Massa) puedan hacer. Cuando la especulación política se mete, todo se tiñe de gris", afirmó anoche a este diario en off the record una alta fuente del entorno presidencial. Más allá de los deseos del jefe de Estado, su escasa porción de poder lo ubica actualmente sin poder de veto en el manejo de la gestión y mucho menos en el armado de la estrategia electoral del oficialismo. El Gobierno está en manos de Massa y la política en cabeza de Cristina, difícilmente ocurra algo que cambie ese paradigma antes de la finalización del mandato de Alberto Fernández. Al Presidente sólo le queda soñar con una eventual levantada de la economía, aunque quizás ya ni eso le sirva: el rédito político será pura y exclusivamente para Massa y en menor medida para Cristina por no objetarlo.

La grieta

Los principales encuestadores de la Argentina están mostrando una marcada radicalización hacia los extremos luego del atentado contra Cristina. El nuevo escenario, obviamente, trae ganadores y perdedores. En el primer grupo se ubican la vicepresidenta, que logró ordenar a todo el peronismo bajo sus designios, y también Mauricio Macri y Patricia Bullrich, las dos caras más combativas de Juntos por el Cambio. Entre los afectados están Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal, Facundo Manes y Gerardo Morales, que vienen exhibiendo un perfil más dialoguista y moderado que el de los halcones de la coalición.

No es casualidad que las palomas de Juntos por el Cambio hayan comenzado a endurecer sus posturas sobre las protestas sociales y critiquen más abiertamente al Gobierno en general y a Cristina en particular. La eventual eliminación de las Paso hará muy dificultoso mantener la frágil unidad que todavía tiene el espacio.

Allí es donde aparece otro de los grandes protagonistas de la política nacional como Javier Milei. El libertario tiene en sus manos la definición del debate por las Paso en la Cámara de Diputados y aún es una incógnita cómo votará. Milei siempre se manifestó en contra de esas elecciones por un tema básicamente fiscal, pero ahora la discusión pasa más por el cambio de reglas de juego en medio de la contienda electoral que por el inconmensurable gasto público que representan las Paso.

Un estudio sobre la composición de los votos de Milei arrojó un dato muy curioso: la mitad de sus apoyos provienen de votantes de Macri y la otra mitad de votantes de Alberto y Cristina. Eso revela que Milei no es estrictamente un candidato de ultraderecha, sino más bien un representante de la bronca que se siente en ambos lados de la grieta. El "anti casta" no puede con su genio y cuando empieza a remontar en los sondeos vuelve a meterse en terreno fangoso: ahora relativizó la cifra de desaparecidos.

Últimas Noticias

Últimas Noticias de opiniones

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Importante ahora

cargando...