"Le saco brillo al calzado, para que caminen con pasión"

Impecablemente vestido, con modales delicados, una sonrisa permanente y el saludo en sus labios, Julio Darío Velásquez ve cómo el día despierta, parado al lado del ingreso a los baños públicos ubicados en el amplio ingreso a tribunales.

Con sus 68 años que ni se le notan, ya que su contextura física lo muestra ágil, vivaz y dinámico, atiende a sus clientes, quienes llegan para que les lustre su calzado, por lo general hombres, y a todos aquellos que ingresan a los sanitarios.

La vida de don Julio, como todos lo conocen, nació en El Palmar, departamento San Pedro, donde aprendió el duro oficio de peón rural trabajando en una finca de la zona, hasta que en el año 1989 cayó con un tractor a una zanja. "No me pisó de casualidad, ya que me despidió lejos, pero ahí tuve que dejar de trabajar por una lesión en la columna", comentó casi al pasar.

Julio Darío Velásquez recordó que allí vivía con sus padres y sus cuatro hermanos y se desempeñaba como embalador durante la temporada de las hortalizas, que por aquel tiempo se producía en gran cantidad. Pero vino el accidente y a partir de ese momento la vida cambió, pese a seguir en el campo como ayudante de capataz, "pero ya no era lo mismo".

Una nueva vida

"En el año 1990 mi hermano Ricardo, que por ese entonces vivía en Salta, me mandó llamar y cuando llegué me dio el cajón que aquí todavía lo tengo y me dijo ´andá a la plaza 9 de Julio y ponete a lustrar´", señaló don Julio.

"Ahí empecé y estuvo bueno, porque enseguida me hice amigo de los inspectores de la municipalidad, quienes me hicieron otorgar un carné para que pueda trabajar y que nadie me moleste", aseguró, a la vez que agregó: "Fue ahí que tuve mi primera alegría, me gané en un sorteo una bicicleta, porque allá en esa época la municipalidad nos ayudaba a los canillitas o a los lustras, te daban cajón, bici y un carné para que nadie te moleste".

"Yo extrañaba mucho, además mi hermano se fue a El Calafate donde actualmente vive. Regresé a Jujuy con mi cajón, así durante varios años trabajaba en diferentes puntos de la ciudad, estaba en la esquina de Alvear y Balcarce o en la calle Belgrano, muchas veces estaba en la plaza Belgrano, hasta que un día me vio la doctora Clara Falcone y me dijo que viniera a trabajar aquí, porque el muchacho que lo hacía había sido nombrado en los Tribunales".

Mientras atiende a quienes llegan hasta el lugar en busca del baño, don Julio recordó que "ese fue un muy buen día, porque me dieron la silla y este lugar donde está protegido del sol y de la lluvia, y eso fue hace alrededor de unos quince años".

Tras una breve pausa y mirando al cielo comentó: "Eran otras épocas, se trabajaba muy bien por suerte, aquí atendía a 20 o 25 personas, pero ahora todo es virtual y ya los abogados ni vienen a Tribunales, si hasta la fotocopiadora que puso el Colegio de Abogados no funciona como antes", y señalando el amplio hall de entrada remarcó: "Mire usted, está vacío, ni gente viene ahora. Por eso los miércoles y gracias a que viene mi hija más grande puedo recorrer varios de los edificios donde funcionan oficinas de Tribunales, voy a Violencia de Género que está frente al Colegio Nacional, a la Independencia y Lamadrid, donde funcionaba el correo, al Tribunal de Menores en la Bustamante".

La llegada de un abogado interrumpe por unos minutos el diálogo, quien al enterarse de la presencia de este matutino afirmó: "Aquí sí que le sacan brillo a los zapatos, aquí quedan de diez", acotando don Julio: "De mi trabajo nadie se queja, y yo estoy agradecido. Le saco brillo al calzado, para que caminen con pasión".

"Yo cobro la mínima, que es de 27 mil pesos, y si no fuera por la ayuda de los abogados, no podría mandar a mis hijos a estudiar, ya que tengo uno de 18 y otro de 14 en la secundaria, son Misael y Tiago, que los tuve con mi señora Felisa Ríos", dijo.

Consultado sobre cuál es el recuerdo más importante que tiene, afirmó que "una vez me robaron desde ese pilar mi bicicleta, en la que venía porque vivo en Malvinas Argentinas. Y cuando se enteró el doctor Néstor Paoloni, que estaba en el séptimo piso, me mandó a llamar un día que era fin de año y me dijo: ´Julio esa bicicleta es tuya´. Yo todavía la tengo", contó.

"No tenía televisor y un día el doctor Alberto Mendivil, el de la tele, me regaló un televisor grande, lindo", dijo, y recordó que "el doctor Farfán –no me acuerdo el nombre- se enteró de que necesitaba un libro para mi hijo y me lo regaló. O la doctora Liliana del Tribunal de Menores, me regala siempre ropa. Soy un bendecido", finalizó.

 

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