Cuando no ver es una motivación que significa no rendirse

Cada vez que nace el día, muy temprano; él organiza su mesa con diarios y cartones de bingos Lobo, que en un abrir y cerrar de ojos, acomoda. Allí está lo que en la sociedad acontece y va colocando a su lado; los números de la suerte para aquellos que -en algún momento de la mañana- detendrán su paso por la peatonal Belgrano.

Con el ánimo predispuesto, Oscar Bonilla se encuentra en un rincón estratégico donde la venta está abierta siempre. Y entonces, los ganchitos metálicos para sujetar mejor la valiosa mercancía, van cumpliendo su misión y lo ayudan a encontrar el orden desde su tarea ambulante. La calma en su voz se siente en cada palabra y luego de vender un ejemplar de El Tribuno, compartió detalles de su vida con la amabilidad que hace de él un señor reconocido.

"Don Oscar, ¿cómo le va?", le dijeron al pasar. Mientras él iba revelando desde cómo transcurría su infancia hasta que comenzó a vender diarios en enero de 1995. "Viví en Ledesma; luego nos trasladamos para Fraile Pintado. Fui a trabajar en Mendoza y luego con la cosecha de caña hasta que tuve 21 años", explicó Bonilla sin dejar de recordar su pasión por Boca Jr. desde un barbijo azul y oro.

"Luego no pude trabajar más porque perdí mi visión del todo", aseguró este vendedor diagnosticado con retinopatía desde que nació. "Cuando era muy chico yo podía ver algo, no ver bien como cualquier persona normal, pero sí veía; de hecho, fui a la escuela e hice deportes", aseguró. Pero sucede que con la retinopatía entre los párpados, la persona va perdiendo la visión de manera progresiva.

"Dicen que es genético pero en mi árbol genealógico ni mis padres, ni abuelos, lo tuvieron", reflexionó Oscar a quien por este motivo le fue complicado salir adelante en sus primeros tiempos de no videncia. "Como experiencia puedo decir que se hace muy difícil para un discapacitado trabajar porque no se pueden hacer ciertas cosas o si no se sufre la ninguneada. Pero pasé por un centro de rehabilitación y le fui buscando la vuelta a la vida para progresar", contó el canillita cuya motivación permanente fue y sigue siendo su familia.

La luz al final del túnel

Desde una serenidad muy pro‑ pia, Oscar Bonilla fue tallando las anécdotas en pequeños fragmen‑ tos como destellos de recuerdos dichos en voz alta. “A pesar de que tuve vivencias que no me hicieron muy feliz, hoy puedo entender que todo me hizo crecer y rebuscármela. La vi‑ da me dio muchas enseñanzas pero estoy de pie”, comentó el vendedor que dejó ver su simple‑ za en pequeños actos.

A través de largos días, enfrascadoras jorna‑ das y paciencias inalterables, él logró dejar a un costado lo nega‑ tivo de su condición y cambiar de chip, para animarse a más. “Tiene que nacer de la cabeza, el hecho es no quedarse; sino de au‑ togenerarse e ir buscándole la vuelta. Yo por ejemplo, quiero mucho este trabajo porque me ayudó en mi desarrollo personal”, aseguró.

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Y es que desde su labor muy digna, Oscar efectúa su voluntad de permanecer incólume como trabajador infaltable, porque si la tarea se hace así, con entusiasmo, se disfruta mejor. “Con el tema del dinero, me lle‑ vo por la palabra del cliente. La confianza en la palabra es en lo que todavía creo”, expresó Boni‑ lla, orgulloso de ejercer su oficio siempre con buenas intenciones pues siempre encuentra entre el público a personas de buena fe. “Le diría a la gente con alguna discapacidad que trate de ser feliz, porque todo se supera y es posi‑ ble valerse por sí mismo, sólo hay que animarse y no rendirse por‑ que siempre hay una luz al final del túnel”, finalizó.

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