¿Qué se entiende por heridas emocionales?

Por GABRIELA HEIDENREICH, Pastora y consultora psicológica.

Recuerdo haber leído hace mucho tiempo atrás la frase "La vida está herida", y en el transcurso de los años he comprobado la verdad de esta aseveración. En el entramado de la vida se cruzan hechos y experiencias de las más variadas, algunas que nos llevan a un disfrute y parece que quedamos embelesados y otras que nos laceran hasta lo más profundo del corazón. Estas últimas parecen instalarse en nuestra memoria generando emociones muchas veces difíciles de manejar.

¿Qué se entiende por heridas emocionales? ¿De qué hablamos cuando usamos esas palabras?

Tienen que ver con todas la vivencias que vamos teniendo a lo largo de la vida y que han dejado su huella, su marca su cicatriz, así como en lo físico cuando nos lastimamos, o nos rompemos un hueso genera una marca, queda una cicatriz, así también sucede en lo emocional.

El hecho de experimentar situaciones de trauma, de haber sido criados con falta de afecto y afirmación y sin las necesidades básicas cubiertas, el que nos hayan faltado pilares para la vida, todo ese tipo de vivencias deja marcas, algunas de las cuales son especialmente notorias y a eso le llamamos heridas del alma.

Cuando hablamos de alma, entendemos como tal el asiento del intelecto, el asiento de la voluntad y el asiento de las emociones. Por lo general, atendemos bien nuestra dimensión física, y muchos también se ocupan de nutrir su parte espiritual, pero es en la parte almática donde estas heridas se instalan. El hecho de desconocer nuestras emociones y no saber gestionarlas intensifica la herida.

Voy a recurrir a un ejemplo de la naturaleza, para mostrar las secuelas que dejan las vivencias traumáticas, los abandonos, los rechazos en la vida de las personas.

Hace unos años, una fuerte tormenta estival castigó duramente el jardín de mi casa. Ráfagas huracanadas amenazaron la seguridad de la vivienda. El fuerte granizo destruyó las plantas en floración, barrió con los frutos de los árboles. Cuando todo pasó, salí con mi hijo a evaluar los daños, tuvimos que abrirnos paso entre el hielo que había quedado acumulado en la galería.

El paisaje era desolador, tanto esfuerzo para cultivar el jardín, la huerta de árboles y en minutos tanta destrucción. Con algunas horas de trabajo al día siguiente, pudimos recoger las ramas, hojas trituradas, restos de flores. Por un buen tiempo cualquier observador se daría cuenta de lo que había pasado.

Al momento de escribir esto, ya pasaron años de esa tormenta, pero déjeme contarle que si hoy recorro el parque, muchos árboles tienen en su corteza la evidencia de lo que pasó, siguen vivos, crecen, pero del lado que recibieron el impacto de los granizos la corteza muestra profundas marcas. Incluso algunos de esos árboles ven raleadas sus ramas del lado en que el viento los castigó tan duramente. Mirando con algo de atención podríamos decir que el árbol muestra su autobiografía.

Del mismo modo sucede con las personas, apenas por debajo de las apariencias de realización, de personalidades fuertes, de imágenes de éxito descubrimos las profundas marcas de las tormentas de la vida. Se vive, se crece en algunos aspectos, pero frente a un buen observador queda evidenciada la lucha por sobrevivir a la tragedia. De igual manera que en la piel quedan las cicatrices cuando nos lastimamos, en el alma, hay huellas profundas de vivencias que experimentamos en las etapas evolutivas de nuestro desarrollo. Y esas huellas ameritan ser miradas, reconocidas, tratadas con misericordia y verdad para que sean sanadas.

Dentro de las heridas tal vez la más frecuente es la vinculada al rechazo, es como la matriz de otras heridas. Cuando las personas son amadas y cuidadas encuentran la fuerza para seguir adelante cuando la vida se complejiza. Y si eso falta, se ve cómo a esas heridas del comienzo de la vida se van sumando otras, generando personas que transitan la vida con emociones traumatizadas, con un bajo concepto de sí mismos, incapaces de disfrutar, atados a comportamientos inmaduros, llenos de resentimientos y muchas veces posicionados en una mentalidad de víctima.

Sería bueno recordar, a esta altura, que todo este sufrimiento emocional cobra sentido porque puede ser la posibilidad de marchar hacia el crecimiento y la madurez, convirtiendo esas heridas en recursos, metas apetecibles de alcanzar para cualquiera comprometido con su desarrollo personal.

Cierro este espacio recordando la verdad del Evangelio "La verdad os hará libres" palabras dichas por Jesús, también en este contexto de vidas heridas eso es sanador. Poner nombre a nuestras experiencias, reconociendo la verdad de nuestras historias, es el comienzo del camino de sanidad.

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