La renuncia de Guzmán le echa más leña al fuego

La renuncia de Martín Guzmán era la crónica de una muerte anunciada. El kirchnerismo lo detestaba, Sergio Massa lo ninguneaba y el Presidente comenzó a desautorizarlo a medida que radicalizaba su discurso. Se trata del ministro más empoderado por Alberto Fernández desde el inicio de su gestión, lo que reduce aún más el círculo íntimo del mandatario en medio de una interna feroz en la coalición gobernante.

Guzmán no fue inocente y eligió difundir su dimisión justo cuando la vicepresidenta Cristina Kirchner se encontraba criticando la política económica del Gobierno en Ensenada. El mensaje del exfuncionario buscó mostrar que la expresidenta es la responsable de que él no haya podido aplicar sus recetas económicas, que en realidad no eran otras que las del acuerdo con el Fondo Monetario.

El exministro deja el cargo en medio de un desabastecimiento masivo de gasoil, de una disparada histórica del dólar paralelo, de una inflación que en junio volverá superar el cinco por ciento y de un empleo privado que no genera nuevos puestos de calidad hace diez años. Más allá de la simpatía o no que puede tenerse hacia la figura de Guzmán, los resultados de su gestión fueron muy lejanos a los esperados.

Si bien lo deja más aislado, Alberto Fernández sabe que esta renuncia descomprimirá momentáneamente la presión del kirchnerismo sobre su persona, pero también está al tanto que eso será sólo por unas semanas, ya que el verdadero objetivo a vencer del Instituto Patria es él y no Guzmán. "Nosotros tenemos en claro que Martín (Guzmán) hizo esfuerzos incansables por enderezar la economía y por ordenar las cuentas públicas, pero su permanencia estaba haciéndose insoportable para él y para todo el Gobierno, ya que su figura tensaba al extremo la interna entre Alberto y Cristina", señaló anoche a El Tribuno de Jujuy un funcionario muy cercano al Presidente que pidió reserva de su identidad.

La mesa chica de Alberto se reduce ahora al canciller Santiago Cafiero, la secretaria Legal y Técnica Vilma Ibarra, la portavoz Gabriela Cerrutti, el secretario general de la presidencia Julio Vitobello y el subsecretario de Asuntos Estratégicos Gustavo Béliz. Demasiado poco para la administración de un país tan complejo como la Argentina.

¿La salida de Guzmán es la carta de defunción del acuerdo con el Fondo? Esa era la pregunta que circulaba ayer entre los empresarios del país y una buena parte de los economistas. La respuesta dependerá mucho de quién sea el reemplazante, ya que por estas horas hay varios nombres en danza. Se habla de Sergio Massa, de Martín Redrado, de Emmanuel Álvarez Agis, de Marco Lavagna, de Silvana Batakis y de Cecilia Todesca. Sólo la última responde políticamente al mandatario. De todos modos, la sensación generalizada es que ningún ministro que asuma querrá pagar el costo del ajuste que exige el FMI, y que por ende lo más probable es que caiga en saco roto.

Desde el punto de vista político Cristina se anota esta renuncia como otra victoria personal, justo en momentos en donde varios ministros de Alberto y gobernadores empiezan a reunirse asiduamente con ella. El poder de Cristina, en gran parte cedido por Alberto, se incrementó de manera exponencial tras la salida de Matías Kulfas. En sólo tres semanas se desarmó casi todo el equipo económico del Presidente, el único que queda es el titular del Banco Central, Miguel Pesce, quien también viene siendo hostigado hasta el cansancio por la escasez de reservas.

El contexto

No existe ningún remedio adecuado si no se cuenta con un diagnóstico preciso. La frase, que se usa mucho en medicina, es totalmente aplicable a la impredecible política nacional. Los últimos días fueron un ejemplo muy gráfico de ello, ya que el presidente Alberto Fernández salió a instalar que Argentina vive una curiosa "crisis de crecimiento" y Cristina Kirchner a reiterar que el déficit fiscal no genera inflación.

Las disputas públicas entre ambos dirigentes, que se profundizaron fuerte la última semana, continúan esmerilando la confianza de los mercados y también las expectativas de una recuperación económica sostenible en el tiempo.

¿Puede hablarse de un crecimiento real cuando los salarios y jubilaciones en dólares son los más bajos de toda la región? ¿Tiene sentido mencionar un gran movimiento económico cuando las únicas medidas que se anuncian son más restricciones a las importaciones y más cepo cambiario? ¿En qué se basa el jefe de Estado para hablar de mucho crecimiento cuando los planes sociales aumentan en vez de disminuir? ¿Qué Argentina tenga el riesgo país más elevado que Ucrania, un país en guerra, es un ejemplo de crecimiento? ¿Qué tipo de crecimiento no permite a la población cuidar su capacidad de ahorro para que su dinero no se esfume con el paso de los meses?

Tanto en el arco oficialista como en la oposición, esta teoría fue tomada más como una justificación de los problemas actuales que como una premisa cercana a la realidad. El jefe de Estado, por momentos, parece algo desorientado sobre la dura realidad que le toca enfrentar y se muestra demasiado enfocado en los temas de política doméstica, que le importan sólo a un puñado de dirigentes pero nada a la sociedad en su conjunto.

En ese contexto, la sorpresiva visita de Fernández a Milagro Sala, condenada en varias causas de corrupción, le trajo mucho más críticas que beneficios al mandatario. Lo acusaron de haber usado fondos públicos para una visita de orden privada, de haber estado reunido con una persona acusada de delitos graves y también lo cuestionaron por no abocarse a la agenda más urgente del país. ¿Qué buscó Alberto con su visita? Simple, congraciarse con el electorado kirchnerista que ve a la dirigente social como a una "presa política". La jugada no le salió bien a Alberto, ya que desde el kirchnerismo más duro salieron a decir que no alcanza sólo con una foto sino que debería aplicarle el indulto. Está claro: haga lo que haga, Alberto será criticado y ninguneado por los socios mayoritarios del Frente de Todos, pero lo que a él realmente le importa no es la relación con los dirigentes K, sino con los votantes que lo llevaron al sillón de Rivadavia.

"El Presidente sabe que Cristina no lo volverá a designar con el dedo para la reelección, pero también sabe que si no atrapa un porcentaje importante de los votos oficialistas, su sueño para 2023 estará pulverizado", reflexionó ayer un diputado nacional muy cercano al jefe de Estado. Y agregó: "No es que Alberto se lanzó a la reelección, es que no puede afirmar que abandona la competencia porque inmediatamente su poder se esmerilará exponencialmente más a falta de casi dos años para el fin de su mandato. Todos saben la suerte que cobran los patos rengos".

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