La selva del Darién, un tapón entre dos Américas

Por MARTÍN ÁLVAREZ PRADO

Nacido y criado en Jujuy, no vi gota de mar hasta mis 30 años, cuando conocí el Pacífico desde un mirador del barrio limeño de Miraflores. Nunca me imaginé, ni siquiera entonces en Perú, de la travesía que les voy a relatar, ni de las particularidades de aquella región fronteriza entre Sudamérica y América Central por donde anduvimos allá por el 2015.

Hace calor en el golfo de Urabá, la partecita afro de Antioquia. Por allí rodábamos, a través de cultivos de bananas, luego de duras jornadas de montaña y selva, hasta llegar a Turbo. Esperamos un par de días acampando, primero en un centro polideportivo y luego en el cuartel de bomberos (los hospedajes habituales cuando se viaja en bicicleta), hasta que se liberó una lancha hacia Capurganá, el último pueblo colombiano donde hacer los trámites migratorios para cruzar a Panamá. Atravesamos el golfo en dos horas, saltando sobre el mar Caribe con la pequeña embarcación cargada de mercadería, pasajeros y nuestras dos bicicletas en la proa. En Capurganános quedamos dos semanas, intercambiando alojamiento en un hotel por una postal ilustrada. Paseamos por la selva del Darién, fascinados por su exuberancia, y disfrutamos del cálido-cristalino mar Caribe, haciendo snorkel entre corales.

El tapón del Darién, donde la ruta Panamericana desaparece, es una zona complicada. No solo por lo impenetrable de su follaje (vegetación cerrada, pantanos y ríos), sino por diversos peligros, como serpientes venenosas, animales salvajes, paramilitares, guerrillas y traficantes. Ha habido aventureros que se animaron a la travesía a pie, pero comúnmente se la esquiva por mar o volando en avioneta desde Puerto Obaldía, primer pueblo panameño donde te sellan el pasaporte, a solo media hora en lancha de Capurganá.

En nuestras dos semanas en aquel paraíso perdido, nos fuimos enterando de la historia del pueblo. La población es mayoritariamente afrocolombiana, pero también se suelen observar indígenas emberás o kunas. En los ochenta supo ser un destino buscado por los capos narcos, de hecho hay un hotel que dicen lo construyó Pablo Escobar.

En esa compleja realidad, mezcla de naturaleza virgen e inaccesible, conflictos armados, narcotráfico, desplazados y el mar Caribe, nos topamos con la ola de migrantes cubanos rumbo a los EEUU. Cuando llegamos a Puerto Obaldía, lo que de a poco veníamos escuchando sobre aquella situación, explotó ante nuestros ojos. Cientos de cubanos durmiendo en una cancha de básquet techada. No había hospedajes, ni avionetas a ciudad de Panamá, tampoco lanchas; mientras tanto, llegaban diez embarcaciones por día, con diez personas cada una. Una crisis humanitaria sin asistencia alguna, ni de Panamá, ni de Colombia, menos aun de organizaciones internacionales. Los lancheros haciendo negocios con la necesidad de los migrantes, estos, presurosos por llegar antes de que se acaben los privilegios para exiliados políticos, por los acercamientos que por entonces tenía Obama con Cuba. Dos días estuvimos esperando lanchas que nos acerquen a ciudad de Panamá.

La alta demanda las hacía escasear. Angustiados por la incertidumbre y el entorno de caras ansiosas, llenas de dudas, miedos y esperanzas, acampamos la primera noche en las afueras del pueblo. La segunda no nos dejaron los agentes de migración y terminamos rodeados de los migrantes en la cancha de básquet. Al otro día, luego de algunos cruces con los agentes y los lancheros, conseguimos la embarcación que nos lleve hasta la comuna de Kuna Yala. Como seis horas navegando el caribe planchado y turquesa, junto a diez cubanos, dos panameños que timoneaban la lancha, dos chicas argentinas y un viajero polaco, a través del archipiélago de San Blas, admirando a sus habitantes, el sorprendente pueblo kuna. En canoas de una sola pieza, navegaban; las mujeres remaban con sus típicos vestidos de molas coloridas (figuras bordadas) y sus collares y narigueras.

Cuando llegamos a Kuna Yala nos subimos a los jeeps allí dispuestos para atravesar el bosque de dicha comuna y llevarnos, a través del istmo de Panamá, hacia la ciudad capital del Estado, en las costas del océano Pacífico. En dos horas de un mar al otro, a solo 70 kilómetros. Asombradísimos del contraste, de venir de selvas vírgenes y de encontrarnos en la moderna ciudad de Panamá y sus rascacielos, pero esa… es otra historia.

Si querés saber más del proyecto de vida en viaje: www.galopamundos.com | Ig: @galopamundos.

 

Últimas Noticias

Últimas Noticias de opiniones

Últimas Noticias de Edicion Impresa

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Importante ahora

cargando...