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Ortiz de Zárate, el venerable

Por Fernando Zurueta 

Domingo, 26 de noviembre de 2023 01:00

La importancia de don Pedro Ortiz de Zárate no solo se establece por su misión evangélica, como también por su actuación en cargos públicos. Desde temprana edad -veintidós años- ocupa funciones como alcalde ordinario interviniendo no solo en el gobierno de la jurisdicción sino con facultades de administrar justicia. Como que tuvo una activa participación como fundador en la segunda fundación de Jujuy en la zona conocida como Punta Diamante el 13 de octubre de 1575 , imponiéndosele el nombre de San Francisco de la Nueva Provincia de Alava la que en poco tiempo fue destruida.

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La importancia de don Pedro Ortiz de Zárate no solo se establece por su misión evangélica, como también por su actuación en cargos públicos. Desde temprana edad -veintidós años- ocupa funciones como alcalde ordinario interviniendo no solo en el gobierno de la jurisdicción sino con facultades de administrar justicia. Como que tuvo una activa participación como fundador en la segunda fundación de Jujuy en la zona conocida como Punta Diamante el 13 de octubre de 1575 , imponiéndosele el nombre de San Francisco de la Nueva Provincia de Alava la que en poco tiempo fue destruida.

Sus padres lo formaron en los principios religiosos que brindaban los jesuitas quienes fueron los encargados de su educación cristiana. Eran épocas difíciles en que los sacerdotes imponían con fuerza su fe merced a enseñanzas que debían ser aprendidas y obedecidas tal como se las trasmitían sin ser desvirtuadas. Igual fue en el manejo de las armas y de la aplicación de leyes, importantes en la formación que se le implementaba.

No podía ser menos, Ortiz de Zárate nació en una familia en que debía demostrar carácter y férrea voluntad haciendo honor a su situación de encomendero y entre su decisión tan dispar de ser guerrero o sacerdote inclinó su interés por las armas lo que así hizo durante algún tiempo.

La lucha de ese entonces y el anhelo de extender territorios conquistados hizo que el enfrentamiento con los indios lo obligue a don Pedro a asistir, dirigir y compartir las peleas cotidianas marcando conquistas, conservando y acrecentando las grandes extensiones de tierras inexplotadas.

En ese entonces los derechos de los indios no existían y cuando eran dominados debían cumplir tareas bajo la autoridad del español en un estado de esclavitud y servilismo denigrante. Los guerreros con sus armas se imponían ante la diferencia de condiciones sociales, culturales, económicas. El salvajismo y la furia acumulada de los nativos al tener que ceder sus lugares trajo irritación y resentimiento hacia los conquistadores. El deseo de venganza estuvo latente y cuando tenían la oportunidad, hacían valer sus lanzas y macanas demostrando a los españoles su destreza, por lo que sufrían pérdidas considerables a pesar de su condición de inferioridad.

De esta forma, en estos encuentros, los indios envalentonados dejaban a más de un guerrero español tendido y sangrando que servía como escarmiento para luchas futuras. La decisión de terminar con los indios de cualquier manera y sobre todo con el uso de las armas, daba lugar a que se cometan atropellos lo que Ortiz de Zárate no comprendía ante su profunda educación religiosa. La dicotomía de la guerra sangrienta que no escatimaba medios para avanzar en contra de los indios y los principios cristianos producía en los sentimientos del guerrero, serios conflictos: se luchaba con el fin de exterminar a los indios y en paralelo se pensaba que con la conversación, la plegaria y el rezo se lograría la pacificación lo que no era tal.

Pero la vida le imponía estas condiciones y así siguió adelante con su trabajo arrastrando las condiciones de pobreza y de esclavitud que sufrían los que ocupaban estas tierras. Ser encomendero, guerrero y católico eran títulos que brindaban poderío y orgullo los que había que mantener de alguna manera por lo que, la pesada carga familiar obligaba a continuar con las luchas.

Junto a todo ello el linaje familiar tenía una gran importancia y entre los postulados que mantenía acompañaba a la familia y a sus afectos. Pedro con 22 años, contrajo matrimonio con Petronila de Ibarra y Argañaraz quien fuera biznieta del fundador de Jujuy Argañaraz y Murguía.

La novia integraba una de las familias más prestigiosas y de mayor rango de la sociedad en ese entonces y ella, con sus escasos 17 años conforme al contrato que le muestran firma su casamiento por escritura "juramentando no ir contra ella en manera alguna, ni pedir restitución ni entrega de todo lo allí pactado en ese acto lo que tienen tratado y concertado". Los intereses económicos eran muchos y debían establecer pautas de convivencia. Quedaron atrás las rencillas que se daban en estas familias. Los permanentes conflictos acompañados de interminables litigios entre los Ortiz de Zarate y Argañaraz y Murguía finalizaron con el casamiento y así el escándalo judicial, quedó concluido dejando atrás enfrentamientos de más de cincuenta años.

Se trasladaron y vivieron mucho tiempo en la casa de campo de "San Lorenzo del Molino", lugar este al que hice referencia en otras notas y que hoy es propiedad de la Asociación "Pan de los Pobres" la que está en pleno periodo de recuperación siendo ese solar tan caro a los sentimientos de los jujeños por el enorme valor histórico que tiene.

Petronila de Ibarra, educada en la religión católica, pide a su marido le construya en la sala de campo de Los Molinos un oratorio donde pueda hacer su recogimiento diario y a lo que, una vez terminado levantaba día a día sus oraciones para felicidad de toda la familia. No duró mucho el deseo del matrimonio. El 31 de mayo del año 1653 muere Petronila al desprenderse una de las torrecillas del oratorio ubicado en la casa de campo aplastándola, lo que produce una depresión y tristeza en su esposo que le cuesta superar. La desesperación de Pedro fue incontenible y la impotencia y la incredulidad lo apoderó sin saber cuál sería su destino futuro.

Así, vuelve nuevamente Ortiz de Zárate a tener sus crisis espirituales que ya las tenía cuando a temprana edad tomó como elección las armas en vez del sacerdocio. Cargando en sus espaldas todo su dolor y el peso familiar en la educación de sus hijos, resuelve dejar a sus herederos en manos de la abuela materna María de Argañaraz y Murguía.

Se incorpora en la Compañía de Jesús, y una vez ordenado sacerdote en el año 1657 lo destinan a cumplir su tarea a la Parroquia del Pueblo de Humahuaca. Se destaca por sus sabios consejos y oraciones lo que le fue reconocido por su obispo que lo consideraba un gran párroco, celosísimo de la honra de Dios y queredor de los indios designándolo capellán mayor del Ejército. Con los años fue patrón y prelado del Curato de San Salvador de Jujuy desempeñando y manteniendo su vocación en las tareas evangelizadoras y en mejorar la Iglesia Matriz con su propio peculio.

Continuando con sus tareas pastoriles y con la idea de seguir con su trabajo de pastor pide autorización para penetrar en el Chaco Gualamba evangelizando a los naturales de la zona. Hubo oposición a su idea y el "no vayas dada la peligrosidad de los indios de ese lugar" primó la voluntad y el empeño del sacerdote que ante la insistencia, parte junto a otros sacerdotes destacados como su compañero y amigo padre Juan Antonio Solinas acompañándolo en su misión pastoral.

Más de veinte personas formaban el grupo. Partieron convencidos que lograrían la tan ansiada pacificación y transformación de los indios al catolicismo. De pronto en su caminar encontraron más de quinientos indios que se acercaron y rodearon amenazadamente. Pedro Ortiz de Zárate con sus compañeros pretendieron conquistarlos y les regalaron alimentos, vestidos y cuanto objeto llevaban consigo a lo que los indios agradecían bailando a su alrededor.

Ante el convencimiento que los tobas los trataban con simpatía dispuso que sus acompañantes continúen con su tarea quedándose Pedro en el lugar para descansar hasta el regreso de sus compañeros. Pero fue grande la sorpresa al observar que nada de lo que pensaron se llevaría a cabo. Allí viene la traición de una forma cruel y salvaje. Encontrando indefensos a los sacerdotes, los tobas no tuvieron otra idea de dar por terminada esta misión evangelizadora de la manera más desastrosa. Rodearon a los sacerdotes y compañeros y a golpes de macanas (garrotes de madera dura), y dardos los mataron para luego decapitarlos cortándoles las cabezas y traspasando sus cuerpos con dardos. La fiesta de los indios alrededor de sus muertos conquistados continuó hasta que la borrachera los dejó tumbados en el suelo.

Así quedó el sueño de Ortiz de Zárate y José Antonio Solinas en esta acción misionera en el Chaco y sus cuerpos que fueron recuperados con el tiempo fueron traídos y enterrados : Pedro Ortiz de Zárate en la Iglesia Catedral de Jujuy y Juan Antonio Solinas en la Iglesia Matriz de Salta.

Pedro Ortiz de Zárate, llamado el Venerable por el heroísmo demostrado ante un respetuoso culto, se logró su beatificación hace muy poco tiempo atrás. Hoy los padres Ortiz de Zárate y Juan Antonio Solinas -mártires de Zenta- asesinados junto a veinte compañeros ofrecen como recuerdo su sangre al Redentor crucificados en su inmolación por la salvación de las almas.