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Ramón Ayala: mi recuerdo de un Cantor

Domingo, 10 de diciembre de 2023 00:35

Ahora me viene a la memoria, hace de esto "una temeridad de años", al decir de Atahualpa Yupanqui, cuando una noche en la ciudad de Posadas, Misiones, y participando de un Congreso de Escritores en el cual se privilegiaba la Literatura del Interior nos llevaron a El Mensú, una emblemática Peña folclórica a orillas de lo que se conoce como La Bajada Vieja. Subían los cantores al estrado y algunos de ellos sabiendo de nuestra presencia, nos dedicaban sus bellos cantos litoraleños. Todo transcurría bajo el hechizo de un excelente clima poético musical, magnificado por la proverbial simpatía y amistad de los misioneros. De pronto un grupo musical arranca con los sones de "Posadeña linda", primero un silencio para a continuación y dando lugar a la aparición de un espontáneo, sentido y entonado coro de los ahora enfervorizados misioneros. Los que conocíamos su letra nos unimos al mismo y de allí en más, la bella canción pasó a ocupar todos los espacios del recinto.

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Ahora me viene a la memoria, hace de esto "una temeridad de años", al decir de Atahualpa Yupanqui, cuando una noche en la ciudad de Posadas, Misiones, y participando de un Congreso de Escritores en el cual se privilegiaba la Literatura del Interior nos llevaron a El Mensú, una emblemática Peña folclórica a orillas de lo que se conoce como La Bajada Vieja. Subían los cantores al estrado y algunos de ellos sabiendo de nuestra presencia, nos dedicaban sus bellos cantos litoraleños. Todo transcurría bajo el hechizo de un excelente clima poético musical, magnificado por la proverbial simpatía y amistad de los misioneros. De pronto un grupo musical arranca con los sones de "Posadeña linda", primero un silencio para a continuación y dando lugar a la aparición de un espontáneo, sentido y entonado coro de los ahora enfervorizados misioneros. Los que conocíamos su letra nos unimos al mismo y de allí en más, la bella canción pasó a ocupar todos los espacios del recinto.

Luego nos enteramos, la creación del gran Ramón Ayala, pronto y a partir de su aparición, había pasado a convertirse en el himno musical de la capital misionera. Aquí se pone en evidencia el más alto espacio que puede llegar a ocupar un artista en este caso de la canción: que su música y su poesía deje de ser suya, para ser celebrada por todos, a punto tal que comience a habitar los espacios de lo anónimo finalmente, una gloria que solo les corresponde a los grandes. Alguna vez -más de una vez- ahora lo recuerdo, tuve oportunidad de tratar personalmente a don Ramón Ayala, pude deleitarme con su amistosa sencillez, hasta me regaló un libro suyo en el cual relataba sus años de viajero, por países fuera del circuito turístico en su mayoría y embellecido con ilustraciones muchas de ellas a plumín, las que ponían de relieve sus altas virtudes de artista plástico. Años más tarde e invitado por la Academia Nacional de Historia, diserté sobre Sucesos de la Historia en la Canción Criolla, recuerdo que lo había invitado a mi propuesta en Caba donde él residía, en la oportunidad y excusándose por una dolencia física su esposa asistió, como una irrefutable manera de decir presente.

Otra vez y en casa de un amigo chaqueño residente en Buenos Aires, tuve oportunidad de escuchar su canto inequívocamente litoraleño -vuelvo a citar a A. Yupanqui-, es que el hombre tenía paisaje en su voz. Primeramente con mi amigo chaqueño, fuimos a esperarlo a la terminal de ómnibus de Retiro, él venía con su esposa desde el Paraguay. Qué deleite y emoción, qué privilegio quiero decir, todo eso junto y más, porque esa tarde-noche -dejando de lado su cansancio del largo viaje-, Ramón Ayala también nos deleitó con sus conocimientos artísticos, eso sí, sin el menor atisbo de pretender darnos una charla magistral.

Todo allí iba fluyendo en un clima de inolvidable algarabía musical. Como no podía ser de otra manera en un momento, se hizo presente el Gualambao, esa especie musical fruto de su creatividad y talento a partir no ya de ser un observador de la naturaleza sino, condición de todo artista: sentirse parte de ella, Ramón arrancó con los bellos sones primero, el poema:

"Verde Paraná, verde silencio,/ El urutaú canta en lo hondo./ Hablan los cristales del arroyo/ y en las garzas de inasible vuelo,/ sube la floresta su misterio./ A lo lejos se pierden los venados/ y en luz de la tierra el gualambao/ se hamaca con su luz de agua...".

Ahora bien, el Gualambao no es el fruto de una súbita inspiración compositiva, de Ramón Ayala, aquí y a partir del hondo saber y seguimiento de la evolución de especies ancestrales que, como feliz simbiosis determinan la fusión de la Polca y la Galopa ellas. se enancan al decir de su creador, en: la necesidad de sintetizar en una sola especie los ritmos regionales de influencia fronteriza que tanto identifica a nuestra provincia de Misiones. Así Polca y Galopa, hijas a su vez de antiguas culturas afro-guaraníticas, se ven aquí cabal y hermosamente representadas gracias primeramente al profundo y minuciosos estudio previo hecho por Ramón Ayala de la cultura que lo representa luego, al rigor y talento creativo poético musical del artista. Y como fondo temático, como una levísima correntada yéndose en camalote, su guitarra de diez cuerdas, para llevarnos río abajo, perdiéndonos entre la alta y selvática floresta. Todo ello, bajo el aromoso amparo de las sombras de un inolvidable atardecer.

Luego su canto, su amplio registro de voz afinada al servicio de un discurso musical que no admitía el más leve asomo de duda a lo que el genio del artista quería transmitirnos. Lejos de agotarse su creatividad musical en varias y diversas canciones todas ellas al amparo del citado, Gualambao, Ramón Ayala es reconocido por haber contribuido a la cultura musical de su querida Misiones a través de sucesos como: "El cosechero", "Canto al río Uruguay", "Obraje yerbatero" y su emblemático: "El Mensú", donde el autor pone en evidencia las penurias e injusticias a las que se ve sometido el peón de los yerbatales. Un hijo de la tierra que al brutal castigo del Capanga (capataz del obraje) quien, látigo mediante y aun siendo como él, de la misma raza, no duda en ensañarse ferozmente merced vaya a saber qué hondo y ancestral odio de clase le potenciándole a su vez, un feroz e inhumano proceder. Pero el autor deseoso de que estas antiguas injusticias del hombre por el hombre acaben de una vez, desde su poesía, nos brinda un canto de esperanza:

"Neike, neike/ El grito del capanga va resonando./ Neike, neike/ Fantasma de la noche que no acabó./ Noche mala/ Que camina hacia el alba de la esperanza./ Día bueno,/ Que forjarán los hombres de corazón...".

Todo eso y más como privilegiados oyentes, nos seguirá por siempre en nuestra memoria musical, los sones de su genial creatividad. Toda epifanía llega a su fin y esta suerte de demiurgo de su paisaje comarcano nos deja en la permanente emoción, su inolvidable y altísimo mensaje.

Así por estas horas, a bordo de una etérea canoa, Ramón Ayala y en un levísimo hundir de remos sobre espumas nubosas, ya debe andar fondeando al abrigo de unas radas donde la floresta, juega su eterno verdor.

Gloria a un Cantor al cual la selva misionera será de ahora en más tu eterna agradecida.

por Augusto Berengan (colaboración)

Jujuy, 8 de diciembre de 2023

Sobre la larga trayectoria de Ramón Ayala

El misionero Ramón Ayala, creador original, exuberante y plebeyo, referencia por excelencia de la música litoraleña y ejemplo de una forma de acercamiento del hecho artístico inasible para los medios de comunicación, falleció este viernes a los 96 años en la ciudad de Buenos Aires. Allegados al artista indicaron que Ayala murió en el Sanatorio Güemes donde se encontraba internado y en delicado estado desde hace poco más de 10 días a causa del agravamiento de un cuadro de neumonía. Su nombre real era Ramón Gumercindo Cidade y sus oficios múltiples: compositor, intérprete, guitarrista, pintor, narrador de historias, todos ejercidos sin detenerse en la barrera de la exageración.

Su acta de nacimiento está fechada el 10 de marzo de 1927, en Garupá. Músico intuitivo y genial, se atribuye ser el creador de un ritmo, el Gualambao, y es el compositor de canciones de envidiable belleza, a la vez portadoras de una voz de denuncia social: “El jangadero”, “El mensú”, “El cosechero”, “Canto al Río Uruguay”, entre tantas. Más allá de los datos biográficos duros sobresalen al menos dos méritos: en un ambiente folclórico en el que irrumpieron en un momento Los Chalchaleros, Los Fronterizos, y tantas formaciones copiadas en espejo hasta el hartazgo, Ayala trabajó en otra línea, más cuidadosa.

Así como en Salta y Tucumán se levantaron Eduardo Falú o el Dúo Salteño, en el Litoral, Ayala, forjó su propia tradición. Habrá que computarle, además, que irrumpió en una escena dominada, en el litoral, por la música correntina y allí también se las arregló para construir un camino propio. Nació en 1927 en el pueblo de Garupá, a 15 kilómetros al sureste de Posadas, frente al río Paraná, y en la frontera con Paraguay. Fue el mayor de cinco hermanos. En la adolescencia, tras la muerte de su padre, se trasladó a Buenos Aires, y comenzó el aprendizaje de la guitarra.

Acompañó al cantor cuyano Félix Dardo Palorma y, alentado por el maestro Herminio Giménez, comenzó a trabajar el repertorio litoraleño. A lo largo de los años 50, Ayala formó parte del trío SanchezMonjes-Ayala (junto a Arturo Sánchez y Amadeo Monjes) con el que recorrió una amplia variedad de canciones, de las guaraníes a las más porteñas, sin descuidar los boleros. Hacia 1960 creó el Gualambao, único en su provincia. Ayala, creador de más de 300 composiciones, grabó en 1976 su primer disco solista, “La vuelta de Ramón Ayala El Mensú”. “Posadeña linda”, “El río vuelve”, “Mi pequeño amor”, “Zambita de la oración”, son otras de sus reconocidas obras.