LA QUIACA (Corresponsal). En medio del trayecto de la ruta provincial 5 que parte desde La Quiaca hasta Yavi, se levantan majestuosos un grupo de cerros gemelos que un día aparecieron misteriosamente. Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo en que los Incas habitaban esa región, en una chocita construida con piedras de laja, techo de barro y paja, vivían 7 hermanos varones junto a su madre. Eran muy parecidos uno al otro, sólo que no tenían la misma edad, el mayor pasaba los 12 años y el menor por los 4. Junto a ellos vivía un primo al que sus padres recogieron de muy pequeño porque había quedado huérfano y fue criado como un hijo más.
Aunque niños aún parecían mayores por lo sufrido de sus rostros con callos en sus pies y manos. No poseían juguetes, se divertían arreando las llamas y vicuñas, atrapando suris, juntando piedras para su rancho o cazando animales.

El “tata” de los indiecitos fue tomado prisionero y llevado a trabajar en las minas de Potosí, desde entonces se quedaron solos con su mama. Una mañana de invierno, la madre amaneció muy enferma y los niños no sabían que hacer, prepararon todo tipo de yuyos, le colocaron emplastos de papa y barro, le hacían masticar hojas de coca pero no se recuperaba. Estaba a punto de morir y los niños se reunieron para verla por ultima vez, se sentían muy tristes, lloraban desconsoladamente y tenían mucho miedo por lo que les podía ocurrir al quedarse solos.

Entonces salieron en busca de ayuda pero no sabían con quien dejar a su madre, si salían los mayores los menores no sabrían como atenderla, si lo hacían los más chicos podían perderse en el campo. En ese momento de incertidumbre apareció la abuela, los pequeños se sorprendieron, no era posible que esté allí, si ella falleció el año anterior por una grave enfermedad. “Vayan tranquilos a buscar remedio, yo me quedare a cuidar de mi querida hija”, les dijo. Con un poco de temor, los niños prepararon el viaje, se pusieron los ponchos grises que les había tejido su madre, chulos para cubrir sus cabezas y protegerse del frío. Cargaron un poco de charqui, mote, harina de maíz para comer y beber en el camino, también llevaron sus quenas para tocar las melodías que aprendieron de su padre y darse ánimos durante la caminata. Cuando emprendieron camino se dirigieron hacia “Yawi”, un pueblo muy conocido y amistoso, allí se encontraban varios curanderos que sabían hacer desaparecer cualquier mal. El camino era largo y hacía un calor insoportable que les provocaba mucha sed y hambre a pesar de todo siguieron sin detenerse, sus ojotitas dejaban el rastro cansado de sus pisadas.

Cuando estaban a mitad de camino empezó a perderse el sol y no lograban ver el pueblo, todo quedó en penumbras. Los niños decidieron sentarse en medio de un tolar, se acomodaron pacientemente allí, comieron un poco de charqui y bebieron jugo preparado con harina de maíz y le pidieron al Dios de la noche que los proteja y se acurrucaron debajo de sus ponchos, abrazándose muy fuerte para darse calor y lentamente comenzaron a dormirse.

El frío castigaba a los pequeños hasta hacerlos llorar, sus lágrimas caían en silencio por los rostros curtidos, poco a poco los cuerpitos comenzaron a endurecer, ninguno decía una palabra y los niños quedaron ahí para siempre todos juntitos y abrazados como buenos hermanos. Al amanecer el Dios Sol se sorprendió al ver semejante escena, descendió del cielo, se acercó a los niños, intentó hablarles, estaban tan fuertemente abrazados que no pudo separarlos. Entonces para que nadie olvide a aquellos niños Inti decidió hacer crecer los cuerpitos con sus ponchos y sombreros de tonos grises, hasta convertirlos en grandes y hermosos cerros. Desde entonces protegen al pueblo de Yavi, localidades cercanas y los animales, la madre murió ese mismo día y su cuerpo se convirtió en una gran Laguna Colorada que acompaña a los hermanitos para darles agua...
 

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