Siewert estudios químicos sobre el petróleo salteño de los cuales analizó sus gases y parafinas.

Siewert está considerado como uno de los pioneros de la ciencia química en la Argentina.

La Salta del siglo XIX está llena de sorpresas. Por muchas razones fue atractiva a distintas personalidades extranjeras de gran valía intelectual que encontraron un terreno fértil para sus actividades, emprendimientos o estudios académicos. Entre ellos pueden mencionarse al médico y naturalista Joseph Redhead, al boticario José María Todd y al cirujano Robert Miln, todos ellos escoceses; al médico italiano Paolo Mantegazza, al farmacéutico irlandés Miguel Fleming, al enólogo francés Fran‡ois Durand, al industrial alemán Otto von Klix; los tres últimos genearcas de las familias en Salta con esos apellidos; así como numerosos italianos dedicados a la agricultura, franceses al comercio y alemanes a la minería. Salta se hizo cosmopolita en el siglo XIX y entre la pléyade de nombres que pueden rescatarse de la historia hay uno muy especial y que ha pasado casi desapercibido. Se trata del sabio alemán Max Siewert, quién está considerado como uno de los pioneros de la ciencia química en la Argentina junto a otros grandes como nuestro connacional Pedro Narciso Arata y el escocés Juan J. J. Kyle.

Max Hermann Siewert (1843-1877) nació en Marienwerder (Alemania), en tiempos de su pertenencia a Prusia oriental, el 10 de noviembre de 1843. Su padre quería que estudiara leyes pero su vocación era la química. Se doctoró en la Universidad de Halle en 1859 con una tesis sobre el ácido abiético, que es el ácido que generan los pinos para no ser atacados por hongos y que se extrae de las resinas. Luego pasó a la Universidad de Goettingen en la que trabajó sobre el cromo y sus óxidos y regresó más tarde a Halle, donde fue nombrado profesor extraordinario.

Hasta entonces había publicado numerosos artículos en las revistas científicas alemanas sobre los más diversos campos de la química inorgánica, orgánica, fisiológica y legal, que incluían el cromo, cadmio, cobre, sales, alcaloides, fósforo, ácidos, etcétera. El presidente Domingo F. Sarmiento le encargó al Dr. Carlos Burmeister que fuera a Europa y contratara los mejores científicos y profesores para la nueva Academia Nacional de Ciencias de Córdoba con un sueldo de 250 pesos fuertes (una fortuna). Siewert no lo pensó mucho, se casó con su joven novia el 21 de julio de 1870 y el mismo día de la boda emprendieron el viaje a Buenos Aires, adonde llegaron al comienzo de una epidemia de fiebre amarilla. Pasaron a Córdoba, donde se instalaron y el Dr. Siewert comenzó con sus actividades consistentes en montar un laboratorio químico de última generación. Allí analizaría toda clase de materias inorgánicas y orgánicas, aguas de diferentes naturalezas, fibras vegetales y animales, tinturas, betunes, ácidos vegetales, y en fin todo lo que le llegaba de parte de los distintos científicos que poblaban la academia. No solamente trabajaba en las cuestiones experimentales sino que además ponía énfasis en la aplicación de sus estudios a las incipientes industrias. Por ejemplo, cuando escuchó decir a Sarmiento que en Argentina no se fabricaba ni una hoja de papel, se puso a estudiar con ese objetivo cuantas fibras vegetales se le cruzaran, desde la corteza de los álamos, la paja del trigo y otros cereales, hasta los pastos pampeanos que se utilizaban para construir ranchos. Analizó decenas de minerales que le acercó Alfred Stelzner, el padre de la geología Argentina, entre ellos la columbita, apatita, fluorita, triplita, calizas, carbón de piedra, etcétera.

Estudió la leche de vaca, el excremento de los cóndores, la acción curtidora de las cortezas de cebil, quebracho, algarrobo y molle, las materias tintóreas utilizadas por los nativos, los petróleos procedentes de varias provincias, entre muchas otras cuestiones que publicó en distintos medios científicos de la época. Todo marchaba de maravillas, pero Burmeister era un viejo prusiano lleno de laureles académicos y, al parecer, bastante paranoico, que con un primer decreto presidencial hizo echar a la mitad de los científicos que había contratado y con un segundo lo expulsó también a Siewert y los que quedaban.

Adujo que él quería que éstos enseñaran, que formaran discípulos, y no que se la pasaran explorando -los naturalistas- o encerrados en su laboratorios los demás. Sarmiento no quería perder a sabios de tanta valía y tampoco quería contradecir al gran Burmeister. Fue entonces que designó al Dr. Siewert en la vieja Escuela o Quinta Agronómica de Salta y a su vez como profesor del Colegio Nacional. Nuestra provincia vio pasar así a uno de los grandes sabios de la química del siglo XIX, quién arribó en 1874 y permaneció hasta 1876. Siewert llegó con su esposa y sus cuatro “argentinitos”, los hijos pequeños que habían nacido en Argentina.

En Salta se enfermó de fiebre palúdica y eso lo tuvo a mal traer en sus investigaciones, ya que le producía muchas molestias y reducía su capacidad de trabajo.

Así y todo, se las ingenió para hacer aportes valiosos a nuestra provincia, especialmente en el estudio de las aguas, tanto las de los ríos como las termales y las subterráneas. Entre las termales estudió especialmente las de Rosario de la Frontera y las de El Bordo. En las de Rosario de la Frontera, tomó muestras y analizó las fuentes llamadas sulfurosa, salada, alcalina y silicosa.

También hizo un análisis de las aguas de pozo de la ciudad para comprobar su potabilidad. Tomó muestras y analizó químicamente las aguas de los ríos Arias, Calchaquí, Guachipas, Juramento y Salado. En todos los casos, los análisis lucen muy modernos, con gran precisión de los valores de los distintos aniones y cationes. Manuel Solá, en su famosa “Memoria descriptiva de Salta” de 1889, reproduce algunos de los análisis que fueron hechos por Siewert a quién, además, considera como un “distinguido químico” (pág. 58-62).

También se le debe a Siewert estudios químicos sobre el petróleo salteño de los cuales analizó sus gases y parafinas. Se dedicó a un estudio del lapacho, del cual obtuvo el “ácido lapacínico” que publicó en revistas nacionales y extranjeras. Hoy, más de 130 años después, los ácidos derivados de la corteza del lapacho se están estudiando por sus propiedades farmacológicas tales como las antitumorales, anti-infecciosas, anti-inflamatorias e inmuno-estimulantes.

Finalmente el Dr. Siewert regresó a Alemania a fines de 1876 y en 1877 fue nombrado director del Instituto de Experimentación Agrícola en Danzing, donde trabajó hasta su muerte, el 16 de febrero de 1890, a los 59 años de edad, dejando viuda y cinco hijos, cuatro de ellos nacidos en Argentina.

Murió mientras experimentaba con una autoinoculación y los elogios fúnebres lo destacaron como un mártir de la ciencia que falleció en su puesto de trabajo. Esta es la biografía sintética de un prócer de la ciencia que el destino quiso que llegara circunstancialmente a nuestra provincia y la enriqueciera con su sabiduría.

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