Al haberse cumplido 31 años de democracia, existe la certeza de que este sistema regido por la racionalidad, el orden jurídico, el consenso y la participación de la gente tiene mucha vida por delante y muchísimos logros pendientes.
En el país, con la presidencia de Raúl Alfonsín, y en Salta, con Roberto Romero, se vivió una explosión de democracia, acompañada de poderosas expectativas de desarrollo.
El mundo cambió mucho desde entonces. En la Argentina, el poder se convirtió en un mero atributo del poderoso sin contenido, objetivos y ni proyecto de interés colectivo. En Salta, ese es también el gran desafío.
Romero pasó a la historia por la enorme dinámica que impuso desde su gobierno para apuntalar el desarrollo global de Salta a partir de la transformación educativa, la estrategia sanitaria preventiva, la vivienda, el turismo, la creación de infraestructura en el interior y el proyecto industrializador.
La dinámica de esa gestión lo ubica a Romero en el consenso salteño como un líder nato, con reconocida experiencia empresaria, que se convirtió en hombre de Estado para intentar aplicar desde ese lugar un modelo de desarrollo e integración regional.

Un visionario
Entre los cambios que brinda el mundo actual, todos los escenarios ubican a Romero como un visionario.
Cuando la gran demanda comercial y la clave de todos los negocios pasan por la alimentación y la minería, se confirma la impronta transformadora que Romero imprimió en Salta tres décadas atrás.
Salta está en condiciones de convertirse en una gran potencia agroindustrial siempre y cuando los devaneos ideológicos dejen de encubrir ambiciones mezquinas y como Estado, la provincia tome la decisión de conducir su propio destino. Es decir, sin dejar que el despliegue de la economía lo manejen intereses externos, carentes de inquietudes por la contención social de los trabajadores, que es un rasgo distintivo del desarrollo sustentable.
Romero fue gobernador en una época de estrecheces económicas. Sin embargo, demostró una notable fuerza de voluntad política para exigir a las autoridades nacionales lo que era de Salta. El juicio exitoso por el reintegro de cien millones de dólares por regalías hidrocarburíferas adeudadas es un ejemplo histórico.
La evolución económica y social posterior del país mostró numerosos vaivenes. Uno de los cambios productivos más importantes lo produjo el avance de la agricultura en la región central y el desplazamiento de la ganadería hacia el Noa y el Nea, que permitió a Salta triplicar su rodeo, aunque en los últimos años esta transformación positiva se paralizó.
Lo cierto es que la irrupción de Roberto Romero en la política salteña no solo puso en marcha un período de crecimiento con generación de empleo y radicación de inversiones, sino que dividió las aguas entre la política entendida como gobierno y la política entendida como mero poder, entre la distribución del ingreso a partir de la creación de empleo genuino y de una economía con efectos multiplicadores, la democracia entendida como cultura e la educación y el trabajo, y el clientelismo.
Esa dicotomía existe hoy, a niveles dramáticos.
Roberto Romero tuvo dos rasgos dominantes en su vida pública: fue un empresario que hizo todo en base al trabajo y a la visión de futuro y era un enamorado de Salta.
Aunque pasaron tres décadas desde que llegó al gobierno de la provincia y a pesar de las transformaciones ocurridas en los 23 años transcurridos desde su muerte, el compromiso que expuso a lo largo de su vida con la provincia, con sus comprovincianos y con el futuro sirven de referencia para la política en momentos decisivos, como los actuales,
Roberto Romero no era un nostálgico. Difícilmente hoy se empalagara hablando de logros pretéritos. Seguramente, en cambio, valoraría las inmensas posibilidades que se abren para transformar a Salta en una potencia agroindustrial, exportadora, a partir del desarrollo de Anta, Rivadavia, San Martín y Orán; a partir de la modernización de todo el sur de la provincia, la inversión minera y la recuperación del proyecto turístico que colocó a Salta como centro receptivo de excelencia a nivel mundial.
Como empresario y como estadista, el sello de Romero fue sencillo: trabajo, gestión, visión del mundo y sensibilidad social.
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