El Acay forma parte de las cadenas montañosas altas que flanquean la Puna en su borde oriental.

Su presencia, sus hielos y su ubicación geográfica llevaron a que los incas la consideraran una montaña sagrada.

Si hay un cerro con una rica historia y geografía en Salta, ese cerro es el Acay. El Nevado de Acay (5.716 m) es una montaña joven con rocas jóvenes, al revés de otros cerros de la región como el Cachi y el Chañi que son recientes, ya que se formaron con los últimos levantamientos andinos, pero que están compuestos de rocas muy viejas. Todos están formados por rocas ígneas plutónicas, a las cuales se las designa generalizadamente como granitos o granitoides. La roca que conforma el núcleo principal del Acay ha sido definida como una monzodiorita y el cuerpo plutónico que le da origen como un “stock”. Quiere decir entonces que el Acay es un stock de monzodiorita o, lo que es lo mismo, un viejo cuerpo de magma cristalizado pero de tamaño reducido cuando se lo compara con los enormes batolitos, masas ígneas plutónicas que superan los 100 km cuadrados tal el caso del granito de Tastil, más conocido por albergar la vieja ciudad preincaica salteña. El Acay forma parte de las cadenas montañosas altas que flanquean la Puna en su borde oriental. Integra la línea divisoria entre el territorio de la Puna al oeste y los valles profundos de la Cordillera Oriental al este. Es a su vez una especie de “gran nudo tectónico” donde se cruza la fosa del Valle Calchaquí, de orientación norte-sur, con el lineamiento transversal Calama-

Olacapato-Toro de rumbo ONO-ESE. Y es a la vez un tronco serrano, donde confluyen y derivan distintos cordones montañosos, entre ellos la sierra de Cachi-Palermo, el cordón de San Miguel y la sierra del Chorro. Estas sierras, filos o cordones derivan hacia el sur a partir del Acay a la manera de un gigantesco tridente y en los cajones que conforman entre ellos se encuentra el Valle Calchaquí con su río homónimo (entre las sierras de Cachi y San Miguel) y la quebrada del río de Capillas (entre las sierras de San Miguel y El Chorro). Hacia el norte la sierra continúa como el bloque montañoso de Altos de la Aguada que va a rematar en el cerro Rosado (5.043 m) cerca de las Salinas Grandes. Es importante señalar que hay un Acay grande o Nevado de Acay (5.716 m) y un Acay Chico, al sureste, de 5.020 metros. Importantes ríos se derivan del Acay como divorcio de las aguas (Divortium Aquarum). Entre ellos ya mencionamos al río Calchaquí que corre hacia el sur hasta confluir con el río Santa María formando ambos el río de las Conchas, que pasará a llamarse río Guachipas en su ingreso al Valle de Lerma para entrar al embalse de Cabra Corral y seguir luego como río Juramento, río Pasaje y río Salado hasta alcanzar finalmente el Paraná a la altura de Santa Fe. Es importante destacar esto porque desde el Acay hasta la desembocadura en el Paraná es el río más largo que corre íntegramente en el territorio argentino a lo largo de 2.355 kilómetros. Otro río que nace en el Acay y drena hacia el sureste es el río de Las Capillas, afluente del río Toro con el que confluye algunos kilómetros al norte de El Alisal. El río Incahuasi drena sus aguas hacia el noreste desde el Acay y se une al río Toro en proximidades de Las Cuevas. Finalmente, otros dos ríos que drenan la ladera occidental del Acay, el Saladillo y Los Patos, se dirigen al interior de la Puna, donde se unen al río San Antonio de los Cobres que dirige sus aguas hacia las Salinas Grandes. Por su altura y por la llegada de los vientos húmedos orientales, el cerro mantuvo una importante cobertura glaciaria que le permitieron su reconocimiento como Nevados del Acay. Hoy esos hielos prácticamente han desparecido y sólo se mantienen glaciares de rocas o suelos congelados periglaciáricos cerca de su cumbre. Sin embargo, en el último máximo glacial del Pleistoceno, la línea de nieves permanentes estuvo a 4.500 m o menos aún y esa es la razón de que se conservan todavía vestigios de circos glaciarios, valles en “U” y depósitos de morrenas en sus principales laderas. Su admirable presencia, sus hielos y su especial ubicación geográfica llevaron a que los incas lo consideraran como una de sus montañas sagradas. Precisamente, los caminos del inca cruzan la región en varias direcciones. Para los conquistadores españoles fue un punto de referencia, ya que permitía unir las tierras del Alto Perú y la Puna con el río y el Valle Calchaquí, donde los nativos lavaban oro.

Actualmente, la famosa ruta 40 pasa por el Abra del Acay (4.950 m), un estrecho paso entre los altos cerros Saladillo (5.378 m) y Acay (5.716 m). Como dijimos, es un cerro de referencia y como tal lo observan los viajeros que hacen el recorrido en el Tren de las Nubes a través del ramal C-14 del FFCC General Belgrano; o los que transitan por la ruta nacional 51, ya sea desde o hacia la Puna; o los que suben por la ruta 40, a lo largo del Valle Calchaquí luego de pasar el pueblo de La Poma. La mole del Acay está allí, bien visible, como un enorme y portentoso mojón geográfico. La montaña y sus alrededores cubren un área entre 100 y 150 km cuadrados. Desde el punto de vista geológico, el Acay es como se dijo un intrusivo joven cuya edad se estima en unos 20 a 26 millones de años. La intrusión se produjo en las viejas rocas pizarrosas precámbricas de la llamada Formación Puncoviscana que forma el núcleo de la mayoría de las sierras de esa región. La penetración del magma monzonítico caliente atravesó y “quemó” a las rocas carbonáticas de la Formación Yacoraite, dando lugar a depósitos de “skarn” ricos en hierro magnético. Unos nueve millones de años atrás se produjo una intensa actividad volcánica que dejó depósitos de lavas como grandes manchones en el sector occidental y austral del Acay. Se trata de las lavas de la Formación Negra Muerta. Las rocas rotas por la fuerte tectónica andina sumado a la intrusividad del stock del Acay y la intensa actividad volcánica regional generaron el marco propicio para la inyección de soluciones calientes mineralizadas que formaron depósitos de sulfuros de plomo, plata, cobre, zinc y oro. Muchos de ellos fueron explotados por los españoles durante la época colonial, tal el caso de las minas de San Francisco. Algunas de ellas generaron conflictos entre los indígenas y los españoles como los que incitara Pedro Bohórquez, el falso inca. Entre las minas con registros actuales se encuentran Encrucijada, Saturno, Huaico Hondo y Milagro, algunas con más de un siglo en el catastro minero. Nadie sabe exactamente el significado del topónimo Acay, aunque para José V. Solá es voz cacana y significa “escoria de metal” (lo que se correspondería con las abundantes minas a su alrededor), mientras que Atilio Cornejo sostiene que es quechua y significa “estiércol”. Otros sostienen que viene del quechua pero de la voz “jacay” que significa “aquel”. Sea como sea, sigue siendo un preciado ícono y gran mojón de referencia de la geografía física de los Andes del norte argentino.

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