Era la hora de la siesta en Salvador Mazza, la frontera más caliente y la principal puerta de entrada de casi la totalidad de la cocaína que ingresa al país, según datos oficiales. En la única estación de servicio se juntan algunos de los cientos de camioneros que todos los días tienen que pagar un peaje municipal para ingresar al pueblo, cono no se conoce en todo el territorio argentino, o los comerciantes, los únicos argentinos que tienen cupos limitados para la venta de sus productos, o los dirigentes de la clase política, que autorizaron al municipio a expender decretos como órdenes de pago, que llegan a endosarse como los cheques. Es uno de los puntos de encuentro, de café, de charlas o de reuniones de negocios. Cuando alguien entra, los demás saludan, algunos con abrazos y otros con la mirada. Es difícil saber cuántos viven ahí; el último censo dice que son el doble de lo que eran hace 10 años, aunque ahí todos saben que muchos tienen domicilio y DNI argentinos, pero en realidad viven en Bolivia, cruzando la quebrada. Pero en Pocitos la gente todavía se conoce.

“Chico. Me alcanza un café”, dice uno de la mesa de al lado. No es que el mozo de la estación sea un changuito, sino que el que pide el café es un colombiano. Durante media hora, El Tribuno vio pasar al menos a tres personas por su mesa transformada en oficina. El colombiano tenía una computadora portátil y una sonrisa franca para los que se sentaban a su lado y, aunque hablaba en voz baja, su tonada era inconfundiblemente caribeña. En ese mismo momento, y a 50 metros de ahí, otro equipo periodístico cubría el velorio de las víctimas de un doble crimen mafioso de un carnicero y su ayudante, fusilados con tiros en la nuca. Colombia, Salvador Mazza y Cocaína son tres palabras que, sumadas, dan como resultado una sola ecuación: miedo.

Fuentes de migración de Bolivia confirmaron a este medio que cada 30 días entran a Salvador Mazza 50 ciudadanos de nacionalidad colombiana. La cifra es casi idéntica, al menos, en los últimos tres meses. “Una cantidad similar podría estar entrando de manera ilegal, porque todos saben que es muy fácil hacerlo y en Yacuiba, que tiene 100 mil habitantes, no debe haber más de 100 colombianos radicados”, dijo el funcionario boliviano, que pidió no revelar su cargo ni su identidad.

Son pocos los que se animan a dar su nombre, de los dos lados de la frontera. Un medio de tirada nacional dijo hace semanas que había “1.300 colombianos radicados en Salvador Mazza y sus alrededores”. El dato fue desmentido por todas las fuentes consultadas. “No tendrían dónde dormir”, dijo un comisario salteño de la frontera.

Por su parte, las delegaciones de Migraciones de Argentina en el Norte no brindan ninguna información por orden de sus superiores: “Todo lo que tenga que ver con Colombia se tiene que consultar directamente a Buenos Aires, por orden de la casa central”. El Tribuno pudo averiguar, entrecruzando fuentes de Gendarmería Nacional, Policía de la Provincia, Ministerio de Seguridad de Salta y la Justicia Federal, que habría al menos 20 colombianos en Pocitos, cerca de 50 en Tartagal y otros tantos en Orán.

“Salvador Mazza es zona liberada y es verdad que los colombianos se están instalando”, dijo una fuente reservada con cargo jerárquico en la Policía de la Provincia, y que combate el narcotráfico en esa frontera. Según deduce el informante, de acuerdo a datos de Inteligencia, los narcos colombianos cuentan con el visto bueno de sus pares bolivianos y peruanos.

“Mientras se afina el proceso, los bolivianos y peruanos les brindarán seguridad”, agregó el especialista.

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