La Tierra, por su dinámica erosiva, tiene la capacidad de borrar las heridas infligidas por la caída de cometas.

Los planetas están sometidos a la caída permanente de material cósmico desde el espacio exterior. La intensidad en la craterización de una superficie planetaria se usa como escala de tiempo para conocer su mayor o menor antigüedad.

Gracias a ello se pudo establecer una escala cronológica para los terrenos marcianos. Es más, entre las primeras fotografías tomadas de la superficie marciana unos 30 años atrás y las actuales, es posible identificar claramente nuevos impactos.

Nuestro planeta, desde finales del “gran bombardeo meteorítico” que aconteció hace 3.900 millones de años, ha sufrido regularmente la caída de meteoritos y asteroides que han causado daños diversos, desde un simple cráter hasta la desaparición de numerosas formas de vida.

La extinción de los dinosaurios, junto a otras ramas de vertebrados, invertebrados y plantas, es coincidente con la caída de un asteroide de 10 km de diámetro en Yucatán que generó un cráter de más de 300 kilómetros. Otras extinciones de vida a lo largo del pasado geológico parecen estar también relacionadas con el bombardeo cósmico, entre ellas la del Pérmico/Triásico.

Sin ir más lejos, nuestra región del Chaco santiagueño fue afectada cinco mil años atrás por la caída de una lluvia meteorítica de grandes bloques de hierro y níquel, algunos con más de 30 toneladas, cuando ya la comarca era recorrida por cazadores recolectores que seguramente fueron testigos del inesperado espectáculo cósmico.

Todavía se busca por allí el mítico “mesón de fierro” de los conquistadores. En 1994 pudimos seguir por televisión el impacto sobre Júpiter de un rosario de 21 cometas que eran engullidos por el gigante gaseoso. Tenerlo a Júpiter representa una suerte doble ya que por un lado no entró en ignición para convertirse en un segundo sol con lo cual la vida en la Tierra no habría aparecido y en segundo lugar representa un eficiente escudo natural de nuestro planeta al atraer para sí muchos de los meteoritos que se escapan del cinturón de asteroides que se encuentra entre Marte y Júpiter.

Todo el mundo escuchó hablar del famoso impacto de Tunguska en Siberia (Rusia) ocurrido el 30 de junio de 1908 a las 7.14 hora local. Aquel día un tremendo superbólido arrasó más de 2.500 kilómetros cuadrados de bosques siberianos.

Ochenta millones de árboles que parecían palitos de fósforo quemados y una manada de 1.500 renos fundidos fueron parte del inventario que realizó el geólogo Kulik cuando visitó el lugar 30 años después. Se produjeron ondas sísmicas y de presión atmosférica que dieron la vuelta al mundo varias veces e incluso rompieron vidrios en Londres.

Lo que resulta turbador es saber que si el evento hubiese ocurrido cinco horas antes habría dado de lleno sobre la ciudad de San Petersburgo. Al parecer el evento de Tunguska no es un caso único y aislado, sino que ahora se sabe que hubo al menos cuatro impactos de superbólidos o caídas de meteoritos gigantes en el último siglo y que en todos los casos ocurrieron en áreas remotas y de allí que pasaran casi desapercibidos.

Es probable que otros fenómenos hayan ocurrido y ni siquiera se hayan registrado o la información esté dispersa en diarios de la época y atribuidos a lejanas explosiones volcánicas, incendios forestales naturales, o cosas así. La identificación de cráteres de impacto de asteroides, superbólidos y otros fenómenos cósmicos son algunos de los resultados de las investigaciones que lleva adelante el experto argentino en meteoritos Max Rocca.

Entre los superbólidos identificados se tiene el de Río Curacá, Amazonas, Brasil, donde el 13 de agosto de 1930 a las 8, hora local, cayeron tres superbólidos simultáneos en una zona selvática generando fuertes estruendos y ondas sísmicas.

También el fenómeno de Rupununi en la Guyana Británica donde el 11 de diciembre de 1935, a las 21 horas (local ), un gran superbólido arrasó más de mil kilómetros cuadrados de selvas tropicales. Tanto Curacá en la Amazonía brasileña como Rupununi en la Guyana Británica han sido considerados como eventos del “tipo Tunguska”. Téngase presente que un bólido tiene frente a él una masa de aire comprimido e incandescente.

El “huracán de fuego”

Cuando el impactor golpea la tierra, ese aire sale disparado generado un devastador “huracán de fuego”. Hay una sospecha de que el impacto de la Amazonía brasileña pudo estar relacionado con la lluvia de meteoros de la Perseidas, mientras que el de la Guyana Británica a la lluvia de meteoros de las Gemínidas. Otro evento fue el de Sikhote Alin (Rusia) el 12 de febrero de 1947 a las 10.38 hora local.

Allí un meteorito metálico gigante (octaedrita gruesa) impactó en la zona montañosa de Sikhote Alin cerca del límite Rusia- China, dejando más de 70 toneladas de meteoritos en la comarca y abriendo cráteres de varias decenas de metros de diámetro. En 1976 se registró otro evento en Irian Jaya, en el oeste de la isla de Nueva Guinea, donde algunos centenares de metros de selva fueron arrasados.

El 24 de septiembre de 2002, a las 23.50, hora local, se produjo el impacto de un muy fuerte superbólido en Río Vitim (Siberia, Rusia). El superbólido fue detectado por los satélites de la USAF. El evento arrasó más de 100 kilómetros cuadrados de bosques siberianos. Uno de los más recientes fue el evento de Carancas (Perú) donde el 15 de septiembre de 2007 a las 11.45, hora local, un meteorito de tipo condrita ordinaria H4-5 produjo un fuerte superbólido con detonaciones y ondas expansivas atmosféricas y luego impactó abriendo un cráter de 15 m de diámetro.

Todos los días caen sobre la Tierra varias toneladas de polvo cósmico y algunas decenas de meteoritos la mayoría de los cuales se destruyen en la alta atmósfera, se pierden en el mar o con suerte pueden rescatarse de las arenas del Sahara o de los hielos antárticos.

Nada cambió, el peligro potencial de los superbólidos impactando fuera de regiones despobladas sigue siendo motivo de preocupación permanente de los astrónomos y estudiosos del espacio exterior.

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