Así como hasta hace poco tiempo los economistas se desvelaban por indagar acerca de las tendencias de la economía estadounidense, para poder inferir el comportamiento de la economía mundial, el ejercicio constante al que se ven compelidas las grandes consultoras internacionales en el mundo de hoy es el de prever lo que sucede en la economía china, erigida en la nueva gran locomotora del sistema global. Esta obsesión es aún más acentuada en los países emergentes exportadores de materias primas agropecuarias, energéticas y minerales, cuyas economías están supeditadas a la evolución de la demanda asiática.

La economía china creció el 7, 8 % en el 2012. Es menos que el 9,3% de 2011 y el 10,4% de 2010 y la cifra más baja desde 1999. La expansión prevista para 2013 es de 8% en 2013. Se trata de números inferiores al promedio histórico de los últimos treinta años, pero que igualmente impresionan, más si se considera que para este año los pronósticos vaticinan que la Unión Europea crecerá un 0,2% y Estados Unidos alrededor de un 2%.
De todos modos, los datos oficiales del último trimestre de 2012 resultaron muy esperanzadores. La producción industrial china subió un 10%, las ventas minoristas un 14% y hubo también un repunte del sector inmobiliario, que representa el 13% del producto bruto interno, aunque este último dato encierre una inquietante incógnita por los presagios sobre el peligro del estallido de una burbuja.
Esta amortiguación del crecimiento chino se manifestó también en el comercio exterior, que en 2012 aumentó solo un modesto 6,2%, contra un 22,5% en 2011. Las exportaciones subieron un 7,9% y las importaciones un 4,3%. Esto no implica que el coloso asiático deje de ser el primer exportador mundial, sitial de privilegio del que desplazó a Alemania en 2011.
Esa performance menos espectacular obedece, en parte, a la restricción a las importaciones de los países europeos y también a la revaluación del yuan y al énfasis que Beijing puso en promover la expansión del consumo como eje de su estrategia de desarrollo para los próximos años.

Adiós a los dos dígitos

En términos de largo plazo, cabe imaginar que se acabaron los crecimientos de dos dígitos. A partir de ahora, y por un largo período, que puede medirse en décadas, China crecerá a un ritmo del 8% anual. Pero ese ritmo le alcanza para convertirse en cinco años en la primera potencia económica mundial.
No obstante, las autoridades de Beijing juegan todas sus cartas a un desarrollo acelerado. La dirección del Partido Comunista sabe que corre una carrera contrarreloj. Solamente la continuidad de la expansión económica puede evitar una proliferación de estallidos sociales que alterarían la estabilidad política.
Un ambicioso plan de inversión pública, orientado a la construcción de grandes obras de infraestructura en todo el país, especialmente carreteras, puertos y aeropuertos, responde a la insoslayable necesidad de promover la integración territorial del país y reducir las desigualdades entre el interior y la China costera.
China cuenta hoy con la mayor red mundial de trenes de alta velocidad. La primera de esas líneas, que une a Beijing con Tianjing, se inauguró en 2008, pero la red ya tiene casi 10.000 kilómetros de extensión. El ramal ferroviario que va desde Beijing a Cantón tiene 2.298 kilómetros y es el más largo del mundo.
Pero el vertiginoso crecimiento económico convirtió en insuficientes a obras que eran el paradigma de una infraestructura de avanzada. El aeropuerto de Beijing, inaugurado para los Juegos Olímpicos de 2008, tras llegar a los 81 millones de pasajeros anuales, quedó pequeño en apenas cinco años.
Pero la principal apuesta gubernamental es a la expansión del sector privado. A fines de 2012 ya estaban registradas alrededor de diez millones de empresas particulares, un 12% más que el año anterior, con un capital 21% superior al de un año atrás. A su vez, el número de negocios individuales había llegado a los 40 millones. El aporte privado al producto bruto interno chino es de cerca del 60%, un porcentaje que revela hasta qué punto el colectivismo económico quedó atrás.
Para incentivar la inversión se acaba de aprobar una reforma impositiva que perjudica a las empresas públicas y a la especulación inmobiliaria para favorecer la competitividad de las empresas privadas. “Se trata de cambiar todo el flujo de ingresos en la economía”, explicó Andrew Bastón, director de investigaciones de GK Dragonomics, una de las consultoras más respetadas de Beijing.
En 2012 la inversión extranjera directa ascendió a 117.000 millones de dólares, una cantidad algo más baja que los 116.000 millones invertidos en 2011, pero que ratifica la condición de China como la segunda receptora mundial de capitales, luego de Estados Unidos, una inyección que funciona como formidable palanca de crecimiento y de modernización tecnológica de la economía.

2013, año de cambios

En la visión estratégica de los líderes comunistas, el aumento de la inversión privada, en detrimento de la inversión estatal, tiene que acompañarse con una expansión del consumo interno. Hay un cambio cualitativo: China ya no está en condiciones de desarrollarse centralmente hacia afuera, sobre la base de una elevadísima tasa de ahorro interno, que se nutría del bajo nivel consumo de su inmensa población. En el futuro, las prioridades se focalizarán en la ampliación del mercado doméstico y el desarrollo económico de su vastísima geografía interior.
El viejo axioma de que el desarrollo chino podía basarse ininterrumpidamente en el aprovechamiento intensivo de una mano de obra extremadamente barata, relativamente educada y virtualmente inagotable empieza a tropezar ahora con un obstáculo demográfico. La población china envejece, debido a la política del “hijo único”. En consecuencia, la población económicamente activa disminuyó por primera vez en 2012 en tres millones de personas, sobre un total 937 millones de puestos de trabajo.
La distribución del ingreso es una fuente de conflicto. Los salarios aumentan, pero también las desigualdades sociales. Un reciente informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), publicado en diciembre, consigna que los salarios de los trabajadores se triplicaron, un fenómeno inédito en la historia económica del capitalismo. Pero, simultáneamente, la participación de los trabajadores en el producto bruto interno ha venido descendiendo. Actualmente no alcanza al 40%. Xi Jinping, el flamante presidente chino, viajó a Shenzhen, ciudad que constituye el símbolo de la apertura económica china, para prometer más reformas. También se desplazó a Luotowan, una aldea extremadamente pobre, situada a 300 kilómetros de Beijing, donde sus habitantes sobreviven con rentas que apenas superan los 150 dólares anuales, para ratificar su compromiso con la búsqueda de una mayor equidad social.
Todo indica que, en coincidencia con el recambio político que se avecina, 2013 marcará un nuevo punto de inflexión en la historia del país más poblado del planeta, que se prepara activamente para reemplazar a Estados Unidos como primera economía mundial.
 

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