El salteño Carlos Juárez Aldazábal fue reconocido la semana pasada con el Premio Alhambra de Poesía Americana, junto al mexicano Alvaro Solís. Este galardón nació con el objetivo de conectar las nuevas voces hispanoamericanas con los lectores españoles. El autor nacido en Salta fue reconocido por su libro inédito “Piedra al pecho”, que será publicado en la península ibérica y presentado en mayo. En él, Aldazábal incluye algunas elegías dedicadas a artistas que han marcado una “ética del arte”. Es el caso de Ariel Petrocelli (“Ahora que tu sueño se vuelve real/ las nubes te acunan”), Miguel Angel Pérez y Patricio Jiménez (“Así hemos quedado con tu viaje: tristes de la lluvia porque moja tus huesos”) y Jesús Ramón Vera (“No importa lo que digan./ Pronto florecerás./ Hay un pueblo que canta./ Ya estás resucitando,/ igual que el carnaval cuando es febrero”).

El Premio Alhambra no es el primer reconocimiento que recibe Aldazábal. En la cosecha del salteño figuran un Primer Premio Regional de Poesía (NOA) de la Secretaría de Cultura de la Nación y el Primer Premio del Segundo Concurso “Identidad, de las huellas a la palabra”, organizado por Abuelas de Plaza de Mayo.

El jurado ha descripto a “Piedra al pecho” como “una renovación de la poesía argentina aprovechando la altura urbana del tango en diálogo con otras tradiciones poéticas latinoamericanas como la representada por César Vallejo”.

¿Te sentís alcanzado por esta apreciación?

Es una descripción generosa que se agradece. Cuando publiqué mi segundo libro, “Por qué queremos ser Quevedo”, el crítico argentino Nicolás Rosa también habló de César Vallejo como una de mis influencias. Sin dudas que Vallejo entra en mi tradición, como en la de muchísimos poetas argentinos y latinoamericanos. Pero también es importante para mi poesía la gran tradición de la canción popular, incluidos el tango y el folclore.

¿Escribiste estos poemas pensando en este concurso, o pensaste en el concurso una vez que el poemario ya había sido gestado?

Nunca escribo pensando en un concurso. Este libro se fue armando durante varios años, y pasó por la lectura de maestros y amigos como Alberto Szpunberg, Santiago Sylvester o Leonardo Martínez. No nació como un poemario unitario, sino que lo fui escribiendo lentamente, y después, mientras seleccionaba y ordenaba los poemas, me di cuenta por dónde pasaba la unidad: la idea de la música, la idea del tiempo, la perdurabilidad y el devenir. Ciertas obsesiones recurrentes en mis libros.

¿Qué te deja particularmente este poemario?

Siempre publicar un libro abre la posibilidad de iniciar un nuevo proceso de escritura, que quizá sea el mismo, pero esa sensación de punto final crea la ilusión de que uno se ha liberado de un peso, de una piedra urgente que cantaba. Pero irremediablemente ocurre que después, como en el fútbol, el pase vuelve y hay que parar el balón poniendo el pecho.

Tengo entendido que “Piedra al pecho” incluye varias elegías. ¿A quiénes y por qué?

Hay varios homenajes. A Ariel Petrocelli, Miguel Angel Pérez, Patricio Jiménez, Ramón Vera, Joaquín Gianuzzi, admirados artistas que son de Salta o tuvieron que ver fuertemente con la provincia y que, en mi opinión, marcan un deber ser, una ética del arte.

En Salta se ha dado un particular desgaste del término “poeta”. ¿Creés que existe una “ética del poeta” que es preciso recuperar?

La tradición de Salta (y cuando hablo de “tradición” no hablo de algo opuesto a “modernidad”, sino de ese pasado que se actualiza constantemente en el presente, incluyendo las lecturas de los mayores, que reviven en los nuevos poetas) es rigurosa y generosa al momento de proponer una ética. Hay pocas provincias en el país que tengan autores de la calidad que tenemos y tuvimos. Basta mencionar, entre los vivos, a Jacobo Regen, Santiago Sylvester o Leopoldo Castilla para advertir la responsabilidad que significa hacer poesía desde nuestra tradición. Por otra parte, la sociedad poética no es lo mismo que la poesía, y que alguien se piense poeta sin serlo es algo que a la poesía la tiene sin cuidado.

¿Quiénes son hoy tus poetas de cabecera?

Toda la vanguardia hispanoamericana, incluyendo a Lorca en el corte, son lecturas a las que vuelvo constantemente. También me gusta releer viejos poetas de Salta, poetas olvidados como Julio César Luzzatto, o referentes más cercanos, como Walter Adet. También vuelvo a Gianuzzi, Gelman, González Tuñón. Y estoy atento a toda la poesía que, de un modo u otro, se manifiesta en el mundo.

¿Crees que la poesía sea la antimateria del mercado editorial?

En Argentina, el deterioro del mercado editorial tiene que ver con procesos históricos muy concretos: la dictadura, el neoliberalismo. De a poco se va reconstruyendo, se va reparando, pero es muy difícil que nuestro país recupere el lugar que tuvo en la industria editorial hispanoamericana de las décadas del 60 y 70. Hacen falta políticas muy activas para eso. Ejemplos como la editorial estatal venezolana “El perro y la rana” podrían indicar un rumbo que beneficiaría la difusión de poesía incluso entre las clases populares.

Santiago Kovladoff escribió: “Una cultura que se ha marginado de la poesía se ha marginado de su propia esencia”. ¿Coincidís?

Es paradójico, porque mientras Kovadloff habla de “desinterés”, uno puede constatar una proliferación discursiva en las redes sociales muy enfocada en el género. Quizá el problema sea la proliferación del ruido. Pero hoy, aún en medio del estruendo, la poesía entona su canción, y lo demás no importa.

Escuchando a Lou Reed


La canción de las cenizas/
desgarra el aire con sus lamentos:/
prédica de lo que será, de lo que fuimos./
Afino la sintonía/
y la cortina que disimula la nitidez/
se desvanece para sacarnos una foto:/
vos con tu manía de lo verdadero,/
yo con la imaginación de una vejez perfecta./
Cuando la canción de las cenizas se calle/
todo volverá a su anestesia,/
ilusión de eternidad, espejismo de lo durable./
Pero la canción de las cenizas volverá a sonar/
para acunarnos./
Confundidos en sus notas,/
esparcidos en un mar a cuya orilla/
arderá la hoguera de unos huesos/
parecidos a nosotros.


(De “Piedra al pecho”)

 

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