Cafayate encierra una cultura bendecida por su paisaje, un clima generoso y una forma de ser de su gente que se transmite a través de sus artesanías, sus tapices, la gastronomía y el mejor vino. En ese entorno de privilegio, un grupo de jóvenes le agrega un especial valor a la vida de la ciudad vallista: se convierten en luthiers.

Aunque sorprenda, este envidiable rincón del mundo tiene, desde 2002, la única Tecnicatura Superior de Luthería, con título oficial nacional.

Y esto lo explica el profesor Federico Cosentino, quien deja en claro que hay escuelas de luthería en otras partes de la Argentina, pero con un perfil diferente a la salteña.

Licenciado de la Escuela de Luthería de la Universidad Nacional de Tucumán, ahonda en esa capacitación y deja en claro que, en su caso, egresó como un especialista en la construcción de violería, es decir, de instrumentos frotados, como violín, viola y violoncello. Comienzan con guitarras y luego deben realizar un cuarteto de cuerdas.

“En Salta la tecnicatura es de tres años; en el primero hacemos charangos, luego una guitarra y un violín, lo que habla de una especialidad que va más allá de lo clásico al incorporar instrumentos regionales. Esto nos da un perfil propio de nuestra zona”, remarca, estableciendo las diferencias que le dan particularidad a esta carrera, que funciona en la Escuela de Música ubicada en el edificio restaurado del viejo hospital.

Entre la estética y el sonido

Un promedio de cinco jóvenes cada tres años egresan de la escuela, cifra que esperan repetir este año.

“La luthería en sí misma es un trabajo extremadamente detallista, exigente en su calidad. Si bien utilizamos herramientas específicas para los cortes y procesos vinculados con la carpintería, el acabado final en los detalles exige mucha refinación. Todo ello lleva tiempo y cada alumno tiene, a su vez, sus propios tiempos de aprendizaje y perfeccionamiento”, explica Cosentino.

El diseño de la roseta o “boca”, esa circunferencia que condensa el volumen de aire de un instrumento, tiene detalles ornamentales proporcionados por cada luthier. Se suma el control milimétrico del armado y todo lo que implica la construcción artesanal que debe lograr una amalgama entre sonido y estética, aspectos que hablan por sí de los tiempos que demanda fabricarlos.

Actualmente hay jóvenes salteños, de Santa María de Catamarca, de San Juan, Neuquén, Buenos Aires y hasta de Colombia, quienes eligieron esta carrera no solo como futura profesión, sino “como una opción de vida”, dicen. Consideran que con el turismo hay una veta muy interesante para vender lo producido, además de dedicarse a la docencia extendida a la región o a la restauración, lo que abre una perspectiva laboral importante.

“Hay músicos que optan por tener un instrumento de autor, y a la vez, necesitan reparaciones. Todo eso puede hacerlo un egresado de esta tecnicatura”, asegura Cosentino.

Lo que se estudia

Los estudiantes, unos treinta en total, en el primer año comienzan con charangos, en el segundo siguen con guitarras y en tercer año cordófonos, es decir, instrumentos de cuerda. Se suman aerófonos regionales como quenas, quenachos y sikus y cajas bagualeras, de la familia de los membranófonos.

Estas son materias específicas, pero también hay complementarias como dibujo técnico y artístico, audioperceptiva, historia de la música y luthería, ejecución de charango, guitarra y violín, entre otros instrumentos.

Junto a Cosentino trabajan los profesores de taller, Angel Aguirre, uno de los primeros egresados de la carrera, y Daniel D'Amico, mentor de la tecnicatura, especializado en aerófonos andinos, y la dirección de Alicia Díaz de Tiberi.

Tocar lo que se fabrica

La capacitación no solo queda en la construcción de los instrumentos, sino que los estudiantes deben aprender a ejecutarlos.

En cada año aprenden a tocar aquellos que van armando, “porque el conocimiento musical es un vínculo ineludible entre músico y luthier. Hay innovaciones y detalles que hacen a la ejecución instrumental y para ello es imprescindible tener el conocimiento adecuado.

Sin el nivel de exigencia de un conservatorio, se debe tener las herramientas técnicas y el oído desarrollado para determinar que el instrumento está bien construido.

La vigencia del grupo Les Luthiers, que construyen sus propios y alocados instrumentos, incentiva la creatividad de los jóvenes. “Se trata de adaptar elementos de la vida diaria a la música; son cotidiáfonos, y desde una lata de galletas o aceite se logra un instrumento de frotación. Aquí radica la innovación y, a modo de ejemplo, tenemos la experiencia de chicos que, en proyectos de investigación para egresar, adaptaron un charango a otros materiales”, cuenta Cosentino.

Se trata entonces de lograr instrumentos con excelente afinación y puesta a punto, y para ello los jóvenes salen muy bien preparados”, concluyó el joven artífice del aprendizaje de los más chicos.

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