Isidoro Zang entiende la risa como un momento en colores. Y al blanco y negro como algo mucho más profundo que un modo de mostrar una imagen. Para él es la analogía perfecta de la vida, con instantes de luces y de sombras, a distintas escalas, variables intensidades.

Tiene 68 años y es de Buenos Aires, pero desde 1974 vive en Salta. Zang, fotógrafo de espectáculos y de su transitar diario por las calles de Salta, lleva 35 años recorriendo escenarios. Sabe del ambiente cultural de nuestra ciudad y es un privilegiado espectador del día a día.

En su casa recibió a El Tribuno y dijo lo suyo durante una cálida entrevista.

¿Cómo nace esta vocación por la fotografía?

No sé bien. Siempre me gustó al igual que todas las expresiones del arte, quizás porque en mi casa el asunto de la cultura y del arte se mamaba mucho. Yo tenía un padre a quien le gustaba mucho el dibujo y en Buenos Aires era ayudante de escenografía en un teatro de la colectividad judía progresista. Eso creo que fue lo que me dio el aprendizaje de ciertas cosas de la cultura. En mi casa también se juntaba mucha gente del ambiente cultural allegada a ellos.

¿Cuándo fue que llegó una cámara de fotos a tus manos por primera vez?

Creo que fue la primera cámara alemana que mi papá le compró a un marino mercante. Debo haber tenido unos 16 años, no me acuerdo exactamente. Ahí comencé a sacar fotos familiares, como hace todo el mundo. En ese momento no había color, la diapositiva que se utilizaba era blanco y negro.

Más adelante, con un amigo del barrio (Caballito, en Buenos Aires), pedimos autorización a mis padres para armar un laboratorio en una pieza de mi casa. Ibamos con mi amigo al teatro Caminito en La Boca, sacábamos fotos y al día siguiente las revelábamos y se las ofrecíamos a los actores. No era un trabajo profesional, estábamos probando, éramos un poco cararrotas.

Nunca estudié fotografía porque mis padres no querían que lo hiciera. Ellos eran de la idea de que debía ser óptico y en realidad esa es mi profesión. Cuando vine a Salta me dedicaba a eso. Fue en el año 1974. Tenía bastante tiempo libre y me empecé a juntar con gente de la fotografía en la Peña Española, el grupo se llamaba Foto Club 74.

Es decir que, casi desde el inicio, hubo un vínculo con el espectáculo...

Sí, siempre me gustó. Es que en casa éramos de clase media acomodada y mis padres en vez de comprar coches o viajar a Europa, utilizaban la plata para ir a los espectáculos que llegaban al país, de cualquier clase. Podíamos ir a ver desde Crazy Horse hasta Los Niños Cantores de Viena, en ese espectro todo. La condición: que fueran muy buenos espectáculos. No íbamos a ver cualquier porquería. Igual uno de joven bailaba las porquerías de los ritmos de la juventud (se ríe).

Y decías que siempre te interesó el arte, en todas sus ramas... ¿Qué más hiciste?

Hice dibujo que es algo que me gusta mucho pero que casi no practico. Además mi madre y la mujer que me crió luego eran profesoras de piano, entonces me mandaron a aprender piano y, por unos certificados que encontré el otro día, se ve que era buen alumno, pero la didáctica era mala y me cansé, terminé dejando.

La fotografía y la imagen siempre me gustaron así que cuando llegué a Salta me instalé y empecé a hacer fotografía, primero como hobby y luego, cuando cerré el negocio de óptica porque no resistía estar ocho horas detrás de un mostrador, comencé a dedicarme a esto. He tenido épocas económicas muy, muy malas, pero me recuperé dando clases de fotografía en la Casa de la Cultura cuando estaba Ramiro Peñalva de director de Cultura, en la década de los 80.

Además escribís poesía, que guarda gran relación con la fotografía... Ambas se ocupan de crear imágenes...

Sí, casi no muestro lo que escribo. No lo hago como oficio, es más bien algo para mí. Un día el semanario Propuesta hizo un concurso de poesía y yo de cararrota me presenté y gané. Fue una sorpresa. Y sí, coincido en que tiene mucha relación con la fotografía porque se trata de crear imágenes.

En tu trabajo hay dos cosas que aparecen con mucha fuerza. Sos un fotógrafo de cotidianeidades y también de puestas en escena... De momentos que van desde la espontaneidad hasta los más ensayados y pensados. ¿Cómo se captura la esencia de cada uno?

Hace 35 o 36 años que me manejo en el ambiente cultural, lo que me dio una rapidez de visión para hacer fotografía de espectáculos. Ahora es mucho más fácil porque la cámara te permite saca cientos de fotos y descartar las que no sirven. Por esos años había que usar rollos y de uno de 36, al menos 5 fotos tenían que ser buenas, sino eras hombre muerto. Eso te entrena el ojo y no disparo a todo lo que se mueve, sino que calculo el momento y saco la foto.

La vida cotidiana es lo que nos rodea. La gente ahora dice que cualquier arte debe ser conceptual. Yo no creo que un discurso sea más importante que una obra. Mi arte es la obra y no hay ningún discurso que la deba sostener. Te puede gustar o no, cada uno puede interpretarla si quiere, pero a mi me gusta fotografiar. Es muy rica la vida diaria, de la que se pueden obtener muy buenas imágenes. Hay que saber mirar lo que pasa alrededor nuestro.

Nosotros (la gente contemporánea a Isidoro), no vivíamos el arte como se vive ahora. Creo que con la llegada de los militares, luego con el gobierno neoliberal de Menem y luego con la globalización y el sistema capitalista, la ideología está puesta en el mercado, no en lo crítico.

Los artistas de una época acompañaban con su obra cierta ideología. Hoy se carece de identidad. Se pinta o se fotografía lo mismo que en Japón o Estados Unidos.

Muchos de tus trabajos son en blanco y negro. ¿Qué te seduce de ese modo de mostrar?

Estoy preparando una muestra para octubre en blanco y negro que lleva la consigna ?Heridas?. Yo estoy haciendo fotos sobre la historia familiar de la parte materna, impresas sobre lienzo. Según mi criterio el blanco y negro es más dramático. Lo que pasa es que hoy el mundo es en color, aunque la vida es blanco y negro. La vida de todos nosotros tiene blancos, negros y grises... Cosas de colores: una, cada tanto y a veces hay más sombras que momentos de luz. La gente sonríe en color, pero... (se ríe... en colores).


 RETRATO DE JAVIER CORBALAN AL FOTOGRAFO ISIDORO ZANG.

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Las sombras, durante la conversación con Isidoro Zang, se vuelven una paradoja: echan luz sobre una gestión cultural, a su modo de entender, débil y gris, que no termina de dar espacio a todos los artistas salteños y que intenta medirse con balances.
Las luces aparecen cuando habla de los fotógrafos a los que admira, de los que no da nombres y de quienes sigue aprendiendo, porque se dice un alumno eterno.
Luces y sombras, también, hacen equilibrio sobre el rostro del señor que dice lo suyo en esta edición porque el retrato que ilustra esta página es el homenaje de Javier Corbalán a Isidoro Zang.

¿Cuáles son los fotógrafos a los que más admirás?

En Salta hay muchos pero prefiero no dar nombres para no olvidarme de nadie. Pero siempre hay que volver a los grandes maestros. Mirando fotografía va aprendiendo los procesos. Hoy es todo muy fácil. Pero para que las cosas sean así hay ciento ochenta años de fotografía. Hay gente que hace su obra en dimensiones gigantescas, pero que no tiene idea de los procesos técnicos para que eso pueda hacerse con tanta facilidad.
Siempre les digo a mis amigos que en cualquier momento escribo un poema llamado ?La vida es un banner?. Para todo hay que hacer un banner. Desde los políticos, a los espectáculos, pasando por la venta de corpiños y collares... ¡Para todo hay que hacer banners! Hay espectáculos que son una porquería, ¡pero qué banners que tienen! (se ríe).

Hablabas antes de lo fácil que es sacar fotos. ¿Qué pensás de quienes se compran una máquina y ya se autoseñalan como fotógrafos?

Es cierto eso. Hacen fotos, las corrigen con cualquier programa de corrección y, en realidad, en los únicos lugares en los que se ven esas fotos son las redes sociales, el gran álbum de la humanidad del momento. Pero también hay un uso de esas fotos en contra nuestro, de los que trabajamos de manera profesional. Los medios de comunicación mismos incentivan a la gente a que tomen fotografías con cualquier tipo de cámara o los teléfonos, a cambio de visibilidad. La gente quiere verse en la pantalla y, en definitiva, ya a nadie le importa la calidad de la fotografía.
Y mucha gente que tiene una cámara o un teléfono inteligente piensa que eso lo hace parte del primer mundo. Decíles que digo yo que están equivocados. El primer mundo es otra cosa.
Por otro lado pienso que el mundo quiere estar en el mercado del arte, pero que eso es solo para algunos. Y hoy el arte es corrupto en el sentido del sistema que lo maneja, no es corrupto en contra de lo que pasa. Es decir, muy pocos artistas reflejan lo que nos pasa, pero sí muchos artistas quieren estar dentro del sistema capitalista, desesperados por la venta.

Los fotógrafos tienen una sensibilidad especial a lo cotidiano, al paisaje urbano que encuentran en su transitar diario... ¿Qué encontrás cuando te detenés a mirar las calles salteñas?

En una época pensé que culturalmente Salta iba a tener un vuelo un poco más alto. Hoy creo que hemos vuelto a cierta mediocridad a pesar de que se hagan muchas cosas interesantes.
Uno hace cultura para ofrecerle al pueblo algo. Pero, ¿qué medición podés hacer para saber qué le sirve al pueblo o qué no? A los festivales todo el mundo va, no pasa lo mismo con la Orquesta Sinfónica o el Ballet de Danzas de la Provincia. Entonces uno escucha a los secretarios de cultura haciendo balances. En la cultura no hay que hacer un balance. Hay que sacarle rédito político de otra manera. La cultura es algo para levantar al pueblo mentalmente. ¿Qué le ofrecemos para eso? El museo Casa de Arias Rengel en cualquier momento va a ser ocupado para oficina pública. Nadie le da ni cinco de bolilla.
Se necesita más gente capacitada para trabajar en determinados lugares. En una provincia en la que tenés que hablar de cultura con un asesor cultural que es abogado... ¡Que te puedo decir! ¿Cómo le voy a plantear a un abogado un plan de cultura? Todas esas cosas hay que reverlas pero parecen no importarles al Gobierno.
En Salta el Opus Dei es voz y voto. Seguimos viviendo como en la época de la colonia. No hay debate en torno a cultura.
Se piensa cultura casi como festival de folclore y nada más, con los mismos personajes entongados con el poder de siempre. En todos los festivales, la cartelera es la misma. Y hablo sólo del gobierno provincial porque creo que el federalismo nunca va a existir.
Pero hay muchos artistas haciendo cosas muy interesantes, de eso también estoy convencido.

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