La semana de la moda se está desarrollando en Salta y miles de personas concurren al Centro Cultural América (Mitre 23) para apreciar productos de vanguardia. Desde la aridez del desierto puneño hasta el verde lujurioso de la selva, pasando por valles y quebradas pronunciadas. Todos los paisajes y todos los colores que les sirven de inspiración a los diseñadores salteños reverberan en sus productos. Cada uno busca una impronta para su marca. El coordinador de eventos del Centro Cultural América, Juan Francisco Nicastro, explicó a El Tribuno que de esta séptima edición están participando 21 expositores, pero que son 23 los diseñadores de textil y calzado que difundieron sus creaciones en el desfile que se realizó ayer por la tarde. Además expresó su satisfacción porque la progresión desde que se inició la muestra en 2007, con cinco emprendedores, fue creciente y hoy se diversificó con la incorporación de diseñadores industriales, de interiores y arquitectos. También aumentó el interés del público. De 200 personas que asistieron el primer año se pasó ahora a una afluencia diaria de 300 personas. “Ellos están buscando cuestiones innovadoras, pero sin perder la identidad regional que muchos en Argentina no tienen y por eso sobresalieron en el Mercado de Industrias Culturales Argentinas (MICA) 2013”, explicó Nicastro.

A muchos de ellos se les abren prometedoras perspectivas al participar en muestras nacionales e internacionales y resulta llamativo que les resulte tan complejo ingresar y mantenerse en el circuito salteño. Parece que en su caso se cumple el destino de que “nadie es profeta en su tierra”.

Lucrecia Rodríguez Zubieta, de Awa, expresó al respecto que “desgraciadamente el diseño salteño tiene que apuntar al turismo porque el salteño es marquero. Es muy difícil que el público salteño lo consuma y que los mayoristas aquí lo compren. Tengo clientes que me compran al por mayor en Córdoba y Tucumán, por ejemplo”. Coincide con ella María Fernanda Perales del Castillo, de MAFE. “Esta nueva generación de diseñadores que se prenden en estas movidas lentamente se va haciendo conocer. Aprendimos el oficio fuera de la provincia y ahora volvimos al territorio”, sintetizó. Parece un motivo suficiente para desalentar a los compradores salteños, muchos de ellos conservadores en su vestimenta y calzado, los colores primarios pero muy vivos. Marianela Zorrilla, de Marizó, cuenta que “en Buenos Aires es otro mercado porque la gente tiene la cabeza más abierta a opciones diferentes. Yo por eso hago dos líneas: algunas multicolores, más jugadas, y otras monocromáticas en la gama de los grises y marrones”, argumentó. Apoyar el trabajo salteño con la compra de algún objeto o, simplemente, con la presencia, es la consigna que plantea este semillero de creativos, inspirados en el valor de la naturaleza.

 Zapatos surgidos de una búsqueda de materiales continua

María Fernanda Perales del Casti­llo, de MAFE, trabaja con su marido en la confección de calzado artesanal. Estudió diseño de indumentaria en Buenos Aires y el oficio de zapatero en La Plata. Empezó haciendo pares para sus amigos. Utiliza como base el
cuero en forrería y capellada, pero lo combina con materiales alternativos como picote (tejido en telar con lana de oveja). Vende en Buenos Aires y Córdoba. Expuso sus productos en París y Santa Cruz (Bolivia). Los pre­cios de las botas y botines de la tem­porada pasada tienen un piso de $600.
 

Cuadros oníricos y a puro detalle

Elena Véliz, de Eterno Saludo (32), es ilustradora y pinta cuadros sobre madera con acrílico, acuarela y tinta china, a los que da un acabado de barniz que les otorga una apariencia de mosaico. En la colección que expone se destacan los motivos andinos, cósmicos y de gestación, las familias y los animales domésticos. Cuenta que desde 2012 los trabajos que había confeccionado para las habitaciones de sus hijas se transformaron en su forma de vida. “Lo difícil es iniciarse y mantenerse solo con esto, y le encontré la vuelta al hacer reproducciones de dibujos míos y así puedo colocar los productos a varios precios”, cuenta. Los cuadros valen: $40 (10x10), $50 (12x12), $80 (17x17). Vende sus productos en comercios céntricos y su objetivo es llevarlos a otras provincias.
 

 

Prendas de punto sin productos sintéticos

 

Lucrecia Rodríguez Zubieta ideó Awa, una marca de autor en cuyos productos trabaja hace veinte años toda su familia. Se dedican a la fabricación de prendas de punto confeccionados con lanas, algodones y linos. En el pasado hacían tejidos para otras marcas, pero desde hace dos años quieren imponer la propia. “Compro camélidos de la zona, merino, seda, algodones y lino de las hilanderías que me garantizan excelente calidad”, explica Lucrecia. Comercializa sacos, vestidos y chalecos. Por ejemplo, un saco de seda vale $400 y a los sacos de lana los liquidan al mismo precio, porque se está terminando la temporada. “Hay productos exclusivos que por costos de material y trabajo artesanal agregado se encarecen, pero hay para todos los gustos y bolsillos”, asegura.
 

 

Joyería textil contemporánea, sin piedras ni metales

Marianela Zorrilla, con Marizó, trae una propuesta revulsiva. Explica que elabora sus accesorios con la premisa de que la materialidad del producto pase a un segundo plano y lo que resalte sea la técnica empleada en la confección de las piezas. “Uno piensa en joyas y piensa en metales y piedras preciosas. Pero a mí me gusta el concepto orgánico de las piezas”, expresa. Las particularidades no se agotan allí porque trabaja sin bocetos previos: “Siempre tengo ideas pero voy descubriendo la pieza y la voy creando. Le pongo un límite: hasta dónde llego, hasta dónde sigo”. Comercializa prendas únicas porque se manifiesta incapaz de copiarse a sí misma. Así se aleja de los prototipos de la moda, aunque el mercado le cobre revancha y le sea difícil colocar sus piezas.
 

 

De basura a objeto de decoración

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Víctor Miguel Vinograd (29), diseñador industrial y fundador de Eco-diseño, hace un año fabrica sillones con cubiertas de automotor. Denominó a su marca Sushi. Dice que sus productos apuntan a la innovación tecnológica y vienen a demostrar cómo una basura puede transformarse en un objeto de decoración porque están en la línea del diseño sostenible. Los precios oscilan entre $1.000 y $2.500. La forma la dictamina la cubierta, pero dentro tiene estructura de madera y está tapizado. “Está en auge en este momento el ecodiseño. La gente de las gomerías hasta me agradece porque no sabe qué hacer con las cubiertas, sobre todo las de gran tamaño. Me pone contento que se esté apoyando este tipo de proyecto, por lo menos para la difusión de nuestro trabajo”, dice.
 

 

 

 

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