Ella dice que siempre fue medio “torcida”. Eso pensaron, seguramente, los que la devolvieron a su casa sana y salva, después de que, a los 12 años, decidiera fugarse para subirse a un escenario a cantar. Menudita como es, no le costó escabullirse en la bodega de un colectivo y acomodarse entre bolsos y fardos para viajar como polizonte desde su San Carlos natal hasta Tafí del Valle, en Tucumán. Acalorada y a los tumbos arribó a destino, pero claro, nadie tomó demasiado en serio a una niña que llegaba sola y con lo puesto, y que se presentaba como “Mariana Carrizo, coplera”.

Tres días deambuló golpeando puertas. Era pleno febrero y el sol brillaba tanto que los girasoles no sabían hacia dónde apuntar. Pero como del otro lado de cada dintel no encontró más que indiferencia, al cuarto día decidió volver a su casa “a poner el lomo”. Fue una paliza importante, recuerda, y la picardía se le vuelve destello en los ojos.

Hoy, precisamente, Mariana está emprendiendo otro viaje. Esta vez en avión, a Cuba. Y a diferencia de aquellos tiempos de fugitiva, allá hay un escenario y un público que la espera, en el marco de la XIX Fiesta de la Cultura Iberoamericana de Holguín. La coplera salteña participará, junto a unos 300 delegados de 21 países, de este encuentro artístico y cultural que tendrá como tema central los procesos de integración y de emancipación en Iberoamérica. Mariana Carrizo se sumará con su canto, pero también ofrecerá una charla y proyectará un documental que recorre la dinámica de un tradicional encuentro de copleros, en su tierra. El “combo” no es casual; es producto de un fuerte compromiso. “Soy una ferviente luchadora por la preservación y la revalorización del canto ancestral de la copla. No puede ser de otra manera porque yo soy eso. Mi identidad siempre ha sido muy fuerte, no trastabilla. No sé hacer otra cosa que cantar coplas; es todo mi ser. Cuando voy a mi pueblo el contacto con mi gente se da naturalmente. Cuando copleamos hablamos el mismo idioma. No hace falta hacer ninguna gestión externa. Es lo que te sale por los poros”, cuenta.

La charla con Mariana tiene testigos casuales: los clientes del bar “La Tacita”, uno de los rincones menos contaminados de la Salta de antes. El mostrador de madera oscura, las mesas y sillas descoloridas, los retratos de entrañables poetas que nos miran desde el otro lado de la vida. Y un santiagueño “entonado”, agarrado a un vaso de vino tinto, que se emociona hasta las lágrimas al ver a la coplera. “­Qué lindo verte! -le dice con voz zigzagueante-. Te conozco desde que eras así, apenas...”. Y completa la frase con un gesto: los dedos de la mano derecha amontonaditos en un punto invisible. “Una cagadita”, completa Mariana, entre risas. El turista le confiesa que ella lo retrotrae a su infancia, cuando su papá vidaleaba fuerte, bajo la parra en la casa de Añatuya. Ella agradece. Y explica de dónde viene la omniprescencia de este canto: “La copla es literatura oral universal. En ella lo que fluye con mucha fuerza es el espíritu de cada lugar. Pasa por ejemplo con el canto del flamenco, que es visceral y pasional, y pasa con la copla de nuestros Valles Calchaquíes”.

La referencia viene con vagón de cola: “Cuando vuelva de Cuba, cerca de fin de mes, voy a estar cinco días en Argentina y de ahí me voy a España. Tengo un show compartido con el cantaor flamenco David Palomar, de Cádiz. Lo conocí en Cosquín. Juntos vamos a hacer un encuentro de nuestras respectivas culturas ancestrales. También voy a dar un concierto en la Casa de las Américas en Madrid, y otro en islas Canarias. De ahí me voy a Francia y Polonia y vuelvo recién en diciembre”, redondeó la sancarleña.

A los 12 años Mariana se empecinó en emprender sola su primer viaje. Después de tragar el polvo del camino, encerrada en la bodega de un colectivo, y de superar la tunda de su padre, a la salteña se le abrió de par en par el planisferio. Ha llevado su copla -además de a cada provincia de nuestro país- a Uruguay, México, Colombia, Venezuela, Chile, Italia y España. El año pasado estuvo en la “Festa da Lavadeira” que se lleva a cabo en Recife, Pernambuco. La artista fue convocada para cerrar ese festival de culturas tradicionales, que es el más grande de Brasil. Copleó ante 80 mil personas que no hablaban su idioma: “Lo que tiene Brasil es que es muy espiritual. Aunque no compartíamos la misma lengua me entendieron. Creo que en el canto hay palabras que son muy hondas y el idioma no cuenta”.

Hablás de la copla como quien habla de una divinidad...

Es una divinidad. Pero está bien que no todos la entiendan así. La copla es inmensa; el ser humano, no. La copla tiene música, tiene una literatura milenaria y tiene paisaje geográfico y espiritual.

¿Cual es el primer registro que tenés de la copla?

Cada vez que canto, me sitúo en paisajes. Todo mi canto y mi interpretación surge de las emociones que me dicta el paisaje que tengo en mi cabeza en ese momento y que, a su vez, siento en mi piel. La copla que quizá tengo como primera referencia lejana y que me lleva a mi infancia y a la conciencia de existencia como ser minúsculo ante el universo es una que escuchaba en la casa de mi abuela, en Angastaco. Ahí nos quedábamos a dormir, a veces, en la galería.


  A LOS OCHO AÑOS, EN LA ESCUELA DE SAN CARLOS.

La casa estaba en la quebrada, recostada sobre un cerro, y detrás había un cardón inmenso. Desde la cama veía salir la luna por el frente y la observaba mientras rotaba hasta perderse detrás del cardón. Era como si rodeara y vigilara la casa de mi abuela. Esa imagen siempre me eleva y me transporta hacia un estado sensorial que es mágico y real a la vez. La copla popular que me remite a ese instante dice: “Yo soy hija de la luna, nacida del rayo del sol, hecha con muchas estrellas, mujer de mucho valor”.

Mariana Carrizo hizo su primera presentación en público a los 8 años, en el Festival del Poncho de Molinos. A partir de ahí fue siempre materia dispuesta para cualquier acto en su escuelita y para todo acontecimiento popular capaz de sacudir la rutina del pueblo. La copla le había prendido adentro como un gajo fuerte que busca echar ramaje hasta sentirse árbol. Pero no le resultó fácil encontrar espacio para ese ascenso. “Yo siempre fui medio torcida. Y mis padres siempre fueron para mí ese “no” que uno toma como un desafío. No entendían que yo deseara tanto cantar. A mí siempre me alucinó el vuelo del cóndor: esa posibilidad de desaparecer de la vista de los otros, en las alturas. Cuando era chica y pastoreaba me decía: “Un día voy a volar como el cóndor’. A los 8 años, cuando canté por primera vez en Molinos, sentí esa sensación de vuelo que tanto buscaba. La sentí al dejar salir mi voz. Ese es mi vuelo hasta el día de hoy”, describió Mariana.

¿Contra qué peleaste para poder hacer lo que querías?

Contra toda adversidad. Cuando tenía 12 años me escapé en la bodega de un colectivo. Me fui de San Carlos a Tafí del Valle porque quería cantar. Nadie me vio subir. Me desaparecí durante tres días. Me presenté a los organizadores del festival. Les dije que quería cantar pero no me dejaron. Yo no tenía plata ni ropa. Fui a tocar puertas, a pedir por ahí. Nadie me dio bolilla. Me acuerdo que llegué hasta una iglesia, les conté mi situación a unas monjas y me cerraron la puerta en la cara. Después volví y le puse el lomo a mi padre... No me olvido de esa paliza.

Después de eso, ¿cuánto tiempo demoraste en retomar el canto?

No... hasta el siguiente festival nomás (ríe). No escarmentaba. Mi mamá por ahí comprendía mis impulsos, pero claro, el que mandaba era el jefe de familia. Yo recibí mucha influencia de mi abuela. Ella era una mujer fuerte. Nunca se casó. No digo que yo haya procesado eso como elección de vida, pero lo que siempre tuve claro fue que no quería ser como mi mamá. No quería estar bajo la opresión de un hombre. Esa fue siempre mi naturaleza.

Mariana tiene dos hijos. A los 16 años fue mamá de un varón y a los 18, de una mujer. “Ellos también fueron un pasaporte a la libertad. Cuando nacieron agarré el timón y seguí mi propio rumbo. Mis hijos son del viento; los padres se borraron. Las cosas se dieron así. Pero aparte a mí no me importa estar casada. No me interesa el casamiento como institución, en lo absoluto. Me hablan del tema y salgo corriendo a 200 kilómetros por hora”, advierte, convencida y risueña. Esas convicciones, claro, no son ajenas a su canto.

¿Cómo fue que empezaste a incluir en tu repertorio las coplas de tono feminista?

Siempre elegí cantar lo que a mí me divertía. Cuando era chica, se ve que por ahí yo elegía algunas coplas subidas de tono para mi edad, entonces mi mamá intervenía y me obligaba a cantar coplas filosóficas. Eran un bajón. Pero yo le decía: “Sí, sí”. Yo las memorizaba, ella me las tomaba y cuando subía al escenario me mandaba una de las censuradas intercalada con las otras. Era una especie de trato implícito con mi mamá.

¿Cuánto queda en la copla de improvisación y de contrapunto?

La copla tiene una particularidad que no he visto en otro género. Cuando hay rueda de copleros, primero se canta lo tradicional: las coplas preexistentes. Eventualmente, se agrega una copla nueva. Cuando empiezan los contrapuntos, el coplero tiene que tener la capacidad de improvisar a partir de las coplas que ya sabe y crear una justa para la ocasión. El talento está en seleccionar lo más conveniente de ese vasto archivo que hay en la memoria. Más que de improvisación se trata de agilidad mental.

A los 21 años, Mariana fue consagrada como “revelación” en el Festival de Cosquín. Poquitita cosa parecía parada ahí, sola, en medio del mítico escenario. Hasta que le dio el primer golpe a su caja y vibró la noche. Con mucha cintura, deshojó un repertorio que dio cuenta de las múltiples texturas y variaciones melódicas de la copla, y de su compromiso personal con la identidad y la femineidad. Pero las experiencias en los festivales -cuenta- son disímiles. A veces puro néctar, a veces trago amargo.

¿Con qué otras actitudes machistas te tuviste que topar a lo largo de tu carrera?

En los festivales percibo actitudes machistas y también actitudes xenófobas. Yo canto coplas, una expresión cultural vinculada con los pueblos originarios. Y el criollismo tiene una mirada un poco despectiva hacia ella. Además, tiene sus propias categorías dentro del folclore. Hasta el día de hoy todavía me dicen: “Cantate una coplita”, como si fuese algo menor. En Salta pasa una cosa triste que a mí ya no me hace mella porque estoy curtida: siempre me ubican entre dos grupos musicales, como relleno. Entonces tengo que cantar mientras todos se pasean por detrás armando y desarmando equipos. No se respeta lo que estoy haciendo y no respetan a la gente que quiere verme. Es una pena que pase esto en mi provincia.

Después de tanto andar, ¿qué cosas te asombran todavía?

Me asombra encontrar en este mundo tan cargado de cosas innecesarias, gente que vive con apenas lo necesario. Eso me conmueve.

Antes de irse, y después de las fotos, Mariana saca su caja y la presenta: “A esta me la regaló un luthier salteño. Tengo muchas. Cada una tiene un sonido distinto, de acuerdo al tiempo. Cada vez que voy a un lugar llevo varias porque el cambio de clima las puede romper. Hay diferentes hechuras. Algunas son de cuero de chivo, otras de cordero. Algunas tienen chilera y vibran, otras no”. Al santiagueño de la mesa contigua se le iluminan los ojos cuando ve a Mariana alistar su caja para cantar. Empieza con una vidala popular, algo triste: “Esta cajita que toco tiene boca y sabe hablar, solo los ojos le faltan para acompañarme a llorar”. El hombre canta a la par de ella, a viva voz, con mirada vidriosa. Y se para y levanta el vaso y brinda solo, por sus recuerdos.

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