Los resultados obtenidos recientemente en Salta por el Partido Obrero sorprendieron a los políticos tradicionales y a los hacedores de encuestas tranquilizadoras. Muchos de ellos, razonaban que los casi 60.000 votos obtenidos en las PASO nacionales eran fruto del error de votantes incautos; otros, sostenían que ni bien el reparto de bolsones y subsidios se intensificara, esos votos desorientados y desagradecidos volverían al redil del amo distante.

Sin embargo, las elecciones del pasado 27 de octubre desmintieron tan simplistas elucubraciones, y ratificaron la emergencia de una poderosa fuerza política construida pacientemente por dirigentes y activistas preocupados por apoyar nuevas y antiguas reivindicaciones ciudadanas insatisfechas.

En cualquier caso, resulta ciertamente llamativo que, en pleno siglo XXI, un partido de izquierda -de inspiración trotskista-, haya logrado afianzarse en nuestra provincia, industrialmente subdesarrollada y con fuertes improntas conservadoras.

A mi modo de ver, los 120.000 sufragios finalmente alcanzados por el Partido Obrero no pueden atribuirse a la súbita adhesión de tan apreciable cantidad de ciudadanos a las descollantes ideas de León Trotsky (1879/1940).

Una crisis sistémica

Una primera explicación del resultado electoral tiene que ver con la crisis terminal de una cierta forma de “hacer política” con eje en el clientelismo y el nepotismo, y centrada en la ignorancia cívica y en la manipulación del imaginario peronista. Vale decir, en el desprecio a los ciudadanos pobres y no pobres por parte de personeros que apelan al maquillaje y juegan con las necesidades vitales.

Sucede que cuando los ciudadanos descubren la impostura, sufren la ineficacia y se hartan de la corrupción de los gobernantes, aumentan las ansias de rebelarse, de luchar contra un presente penoso y un futuro cargado de presagios desalentadores. Cuando esto ocurre, los mapas políticos tradicionales están llamados a experimentar, tarde o temprano, sacudones que expresan indignaciones y alumbran cambios regeneradores.

Si bien en el ámbito de las fábricas las fuerzas de izquierda vienen ganando terreno a los sindicatos oficiales, la conformación del aparato productivo salteño y de su mercado de trabajo, descartan la emergencia de un partido de los obreros.

En realidad, el Partido Obrero de Salta está convirtiéndose en el receptáculo de muchas de las indignaciones que provoca el sistema político tradicional; de multitud de demandas vacantes y de esperanzas malogradas.

Comparte este papel con un creciente número de organizaciones no gubernamentales nacidas para defender el ambiente, los derechos fundamentales de libertad e igualdad, la seguridad individual y barrial, entre otras aspiraciones ahogadas por estrategias de poder que mezclan la política con la sangre y con los negocios.

En Salta son miles los que sufren violencias y exclusiones; miles las víctimas de las drogas; miles los que asisten impotentes a la depredación de bosques y ríos, o padecen la prepotencia de administraciones y empresas que tratan a ciudadanos y clientes como súbditos. Son miles y miles los que soportan atónitos la especulación inmobiliaria que, alentada por el intendente, está destruyendo el centro histórico de nuestra ciudad. Forman legión los que sufren la politización y la morosidad de los tribunales, ante la pasividad de quienes deberían bregar por una justicia republicana.

Los vecinos saben que nadie atiende sus reclamos contra los cortes de agua, las pestilencias de un sistema cloacal desbordado o los accidentes de tránsito. Saben que no hay donde ir cuando la policía golpea a los detenidos, cuando los traficantes se apoderan de sus hijos o de las instituciones, o cuando se degrada la calidad de la salud y la educación públicas.

Las viejas rebeldías peronistas perecen lentamente ante la mercantilización de la política. Las Unidades Básicas, van dejando atrás su glorioso pasado solidario para convertirse en centros de movilización de los impostores dueños de sellos, símbolos e historia. El Partido Justicialista es, en realidad, una oficina de la Casa de Gobierno.

En este contexto, no es de extrañar que un número de voluntades -que no para de crecer- busque, muchas veces a tientas, nuevos canales, nuevas caras, nuevas ideas, nuevas actitudes frente a la política, a los riesgos y a los asuntos humanos.

Votos, legisladores y gestión

Tras los festejos, el Partido Obrero tropezará pronto con las tramposas reglas electorales conservadoras que benefician a los poderosos de turno impidiendo que los votos se transformen proporcionalmente en legisladores. Además, una vez celebradas las elecciones municipales, tendrá un doble desafío: Poner fin a la degradación ambiental y urbanística de Salta, y regular el crecimiento de la ciudad sin guetos ni asentamientos inhumanos.

Conviene no olvidar que los paupérrimos debates políticos nos han impedido conocer hasta dónde alcanza la lealtad del Partido Obrero (y de otras fuerzas) a los principios republicanos y a las reglas constitucionales. Pero hay tiempo para ello.

 

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