“En principio, creo que cualquier familia en la que se presenta una dificultad con un niño necesita orientación”.

“Me parece que cada niño se presenta de un modo particular y uno tiene que ubicar qué es lo adecuado para ese niño” .

Los seres humanos somos iguales en muchos aspectos, pero indudablemente somos también diferentes en muchos otros. En la antigua Grecia, particularmente en Esparta, se limitaba la vida de quienes no tenían un cuerpo perfecto, y aunque las épocas han cambiado y se ha avanzado en muchos aspectos, todo aquello que “se sale del molde” genera rechazo en muchos ámbitos.

¿Cómo reaccionamos socialmente ante la diferencia? “Sin demasiada tolerancia”, asegura la licenciada Graciela Currás -quien desde 1998 dirige el equipo asistencial de El Duende, especializado en tratar a chicos con autismo- en dialogó con El Tribuno sobre este tema.

“Es un modo de presentación subjetiva, contemporánea. Son niños que están en el lenguaje de un modo particular. En general, tienen todo un sistema defensivo en el que la dificultad está en forjar vínculos con los otros”, apunta Currás sobre una definición de la patología. Y agrega: “Yo los llamo "los niños del uno solo'. Son chicos que no crean lazos con el otro o con lo otro. Son niños uniláteros, no hay otro lado”.

¿Cómo se estimula a un niño con autismo?, ¿cuál es su recomendación para las familias?

En principio, creo que cualquier familia en la que se presenta una dificultad con un niño necesita orientación. Es muy difícil que esa orientación sea uniforme para todos. Me parece que cada niño se presenta de un modo particular y uno tiene que ubicar qué es lo adecuado para él. Esto es uno por uno, no es que el diagnóstico habla de la generalización, porque sino uno perdería la singularidad de ese niño.

Las nuevas corrientes pedagógicas tienden a la integración, ¿qué sucede en el caso del autismo?

Es muy difícil universalizar, hablar de “el autismo”. Porque me parece que si bien hay niños que con ese diagnóstico no pueden acceder a la educación común y necesitan un tratamiento más especial, hay algunos que con el mismo diagnóstico pueden ir a una escuela común con integración. Y hay otros que pueden ir a una escuela común sin integración. Por eso digo que es uno por uno. No es que el diagnóstico orienta el tipo de escolaridad. Hay niños que necesitan más permanencia y más asistencia en el acompañamiento y hay niños que no. Es un espectro bastante amplio, no es que todos responden a lo mismo. No hay un protocolo escolar para esos niños. Creo que la propuesta es integrarlos a espacios donde haya otros niños. Después, cuál es el formato de ese colectivo, es uno por uno.

Marcando las diferencias de cada niño, ¿cómo cree que la sociedad puede facilitar esa integración?

Bueno, volvamos otra vez al uno por uno. Si uno puede ubicar que ese niño tiene alguna habilidad, algo que lo atraiga, por ejemplo la natación, puede que la natación sea un espacio de integración con otros niños.

Está también el niño que se siente llamado por el campo de la mirada, entonces se busca algún taller de pintura. Hay chicos a los que los convoca el movimiento, ahí tenemos espacios de juego, de armado de espacio, como puestas en escena. Hay chicos a los que los convoca la escucha, ahí tenés la música, el canto, el baile. Según la particularidad, eso puede ser un lazo de intercambio con otros, donde el espacio de integración sea más facilitado, no sólo para el que lo recibe, sino también para él que se va a sentir cómodo.

Los chicos acceden fácilmente a poder empezar a trabajar si uno observa que ellos pueden entrar por el campo de la mirada, el movimiento o la voz. Es un tratamiento que tiene que ver con lo sensible. Cuando alguien encuentra donde expresarse se conecta con la vida.

Usted se ha especializado en autismo y desde 1998 preside una asociación, ¿cómo ha avanzado la psicología desde entonces?, ¿qué cuestiones le siguen generando interrogantes?

Preguntas siempre hay, es difícil cerrar todas las preguntas que tienen que ver con la existencia humana. Me parece que, en principio, en esta última década, lo que se produjo fueron detecciones tempranas, lo que ha hecho que estos niños sean ayudados más anticipadamente y no cuando ingresan al ámbito escolar, como pasaba antes. Cuando empezaban recién el primer grado, ubicaban que era un niño con dificultades. Todos los profesionales están más atentos: pediatras, neurólogos, docentes, son agentes de detección temprana. Esto hace que se oriente más fácilmente.


Porque no es lo mismo un niño al que la patología se le detecta tempranamente, a un niño que pasó mucho tiempo y no tuvo ninguna estimulación, ningún espacio de tratamiento. El tiempo corre y eso es importante.
En relación con las preguntas, creo que los humanos vamos presentando distintos modos de estar en el mundo, según también el campo de fuerzas y de tensiones que hay en cada lugar. Por eso la salud mental está muy ligada a momentos sociopolíticos y económicos. No se puede pensar a un individuo fuera de un colectivo y una sociedad. Me parece que es como poder pensar en aquellos que no responden a determinadas habilidades, de qué modo ubicar espacios posibles en cada proyecto de los que se presenta.
Lo que pasa es que estamos en una política donde hay una lógica muy binaria: o la gente está adentro o está afuera, o es de esta manera o no puede ser. Y esto, a veces, juega en contra de un tratamiento con la diferencia.

¿A qué se refiere puntualmente?

 

Me refiero a la sociedad en general. Hay una sociedad que tiene bastantes dificultades para hacer tratamiento con la diferencia. Entonces cada docente, cada profesional, cada persona que hace una integración tiene que pensar en qué tratamiento con esa diferencia hay que hacer para la inclusión. Es un trabajo también particular que hace el que recibe a ese niño. ¿Cuánto soporta la diferencia cada uno?

¿Por qué piensa que hay tanta intolerancia ante la diferencia?

Es una cuestión que está generalizada en la cultura. Es una dificultad que uno está ubicando que tiene que ver con la lógica del lenguaje. Cuando alguien piensa binariamente, es blanco o negro, está adentro o está afuera. La lógica binaria es una lógica de exclusión. Es esto o lo otro, no hay otra opción. Estos modos de pensar son los modos del mercado, que tiene una lógica binaria, producen mucha exclusión.

¿Cómo podría eliminarse ese estigma que se ejerce sobre el diferente?

Es complejo. No se puede pensar unidireccionalmente, no hay “un” camino. Es todo un entramado social, económico, político que hace que la gente tenga más lugar o menos lugar en ese entramado que se va generando. Por eso digo que un ser humano no es un cerebro o un cuerpo y una individualidad. La subjetividad es un efecto cultural. La subjetividad tiene diferentes marcas de la época donde se constituyó cada uno. Hay un modo de pensar la realidad que no da mucho lugar para pensar qué se hace con la diferencia. 
¿Qué se hace con el que no ingresa al mercado, que no es un sujeto de consumo? Se lo trata de ingresar en ese lugar de alguna manera. Y el que no se puede ingresar quedó fuera del mercado. Lo que pasa es que hoy los sujetos pueden llegar a ser mercancía, porque el mercado es bastante deshumanizante.

¿Esas son cuestiones que debemos repensar?

Creo que habría que sentarse a pensar, y eso es detenerse. Si cada uno no se arma un punto de detención para pensar algo, en general se va a una velocidad que impide poder detenerse y pensar.
 

 

 

 

 

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