Hablar de la memoria de un país es hablar de su identidad, es hablar de aquellos hechos que marcaron fuertemente a una sociedad, y que no solo quedan en el recuerdo de quienes lo vivieron sino que se traslada a las siguientes generaciones, logrando de esta manera mantener presente lo sucedido sin que ello obstaculice la construcción del futuro.

En una entrevista concedida a El Tribuno, Jorge Jinkis, psicoanalista, y autor de varias obras y de ensayos publicados en Brasil, Francia e Inglaterra, ofrece su mirada sobre la memoria y la violencia.

Jinkis aseguró: “El futuro de un país, no está determinado por el pasado, sino por la relación que se mantiene con el pasado. Hay ahí una dimensión ética de la memoria”.

El psicoanalista afirmó también que la memoria se mantiene viva con independencia de nuestros propósitos.

¿Cómo definiría la memoria de un país?

Quizás hay un cierto abuso en considerar a un país como sujeto histórico. Admitido esto, un país, una sociedad histórica nacional (aunque sea multinacional), que se da alguna organización política en forma de Estado, adquiere una identidad por la forma de elaborar su pasado, por los modos de tratarlo, de facilitar o de rechazar su presencia en el presente.

Ese pasado, compuesto por ciertas tradiciones, por una lengua dominante y por acontecimientos que tienen un valor de fundación, es algo que, nosotros, “argentinos”, tenemos en común. Ese patrimonio común no asegura ninguna homogeneidad y los enfrentamientos de nuestra historia persisten en los relatos discrepantes e incluso antagónicos que definen nuestro presente.

¿Cómo explica el proceso de gestación de esta memoria?

Cinco siglos antes de Cristo, lo que los antiguos llamaban el arte de la memoria se origina en la posibilidad de reconstruir un hecho sangriento de violencia social. Se puede hallar este mismo lazo en la Biblia, en las tragedias griegas y en otras tradiciones culturales.

El comienzo de una nación, su individuación histórica, muchas veces glorificada, encuentra siempre anudada la guerra o la violencia y la memoria. Ese es uno de los sentidos que tiene el título del libro: “Violencias de la memoria” significa que la memoria es memoria de una violencia.

El siglo XX no solo conoció las más terribles matanzas y genocidios, sino también las formas más brutales de hacer desaparecer los documentos y testimonios, desde el ocultamiento y la destrucción de los cuerpos hasta la quema de libros. Son violencias ejercidas sobre la memoria que también han ocurrido en nuestro país.

El futuro de un país, no está determinado por el pasado sino por la relación que se mantiene con el pasado. Hay ahí una dimensión ética de la memoria.

Un escritor español decía “los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”...

Los acontecimientos penosos del pasado, si son negados, no reconocidos, no admitidos, se constituyen como agujeros de nuestra historia y retornan de maneras inadvertidas e indeseables. El pasado que se rechaza sigue vivo y en un sentido es inolvidable. No se puede olvidar por decreto.

La memoria, en cambio, como reintegración del sentido que tiene nuestro pasado, permite un cierto olvido.

El pasado deja de ser lo que hipoteca nuestras vidas; eso no garantiza el futuro, pero lo hace posible.

Según su obra, un país que defiende insistentemente su memoria corre el riesgo de que sus premisas se debiliten. ¿No sería al contrario, es decir, mantener viva la memoria llevaría a evitar los mismos errores?

Así como no se puede olvidar por decreto, tampoco se puede legislar sobre la memoria. Por supuesto que eso ocurre y tal vez sea inevitable. Por lo que ya le dije, la memoria se mantiene viva con independencia de nuestros propósitos.

Es cierto que cuando prima el rechazo, la negación, la falta de reconocimiento, estamos destinados a repetir de maneras imprevisibles lo peor de nuestro pasado. Admitirlo, asumir nuestra responsabilidad, es una construcción que dignifica nuestra identidad histórica, pero no estoy seguro de que los hombres sepamos aprender de la historia.

La memoria de un Estado puede recibir un sinfín de significados...

Desde el punto de vista teórico, hay una multiplicidad de concepciones de la memoria de historiadores y filósofos. Lo que digo lleva la marca de mi oficio, que es la práctica del psicoanálisis. Si la afirmación tiene un valor fáctico, la respuesta es por supuesto que sí. Bastaría confrontar cómo se cuenta la conquista de América por la historiografía española, ella misma divergente en muchos aspectos, cómo se incluye el hecho en los relatos legendarios de los pueblos originarios o en la obra escrita por los hijos de inmigrantes europeos. Respecto del mismo hecho, hay una multiplicidad de memorias. Y el historiador tiene el trabajo de contar cómo se fueron construyendo. Pero eso también afecta a la historia. El pasado no es idéntico a sí mismo y la historia es una obra en movimiento que lo resignifica continuamente.

¿Cuál es la relación entre memoria y poder?

Hay un consenso de que la historia la escriben los vencedores. Eso es innegable; es una prosecución de la violencia que muchas veces omite, tergiversa y hasta inventa. Se ha escrito mucho sobre eso. Bastaría atender a cómo se desentiende el Estado turco del genocidio de los armenios. En algún lugar, Georges Orwell escribió: “Quien controla el pasado, también controla el presente”. Sin duda, pero agregaría que quien controla el presente no controla el pasado. La memoria no se reduce al papel de víctima y he tratado de indicar algunos modos de su incidencia en los retornos sintomáticos del pasado. Muchas veces, la verdad se hace escuchar por medio de lo que se le interpone, irrumpe o se infiltra en los intersticios de los lugares comunes admitidos.

Los argentinos y la memoria. ¿Cómo definiría esta relación?

No estoy seguro de que haya una manera particular, específicamente argentina, de esta relación. Quisiera aclarar algo al respecto: las dictaduras y los regímenes que se llaman totalitarios, indudablemente han tenido en cada circunstancia histórica una política. Esa política de las dictaduras y el ejercicio del terror por parte del Estado conlleva, junto con todas las atrocidades conocidas, una prohibición expresa de la actividad política, no solo de los partidos políticos sino también la exclusión de toda implicación subjetiva en el ámbito de los asuntos públicos que no resulte funcional. Así ocurrió también en nuestro país. Por eso, no debería extrañar que el restablecimiento de la vida política en nuestro país, la posibilidad de participar en esta dimensión esencial de nuestras vidas, incluya como responsabilidad ciudadana esta recuperación de la memoria. Cualquiera sea el gobierno, el Estado debe hacerse cargo de lo que se hizo en nombre del Estado. Pero la política es una responsabilidad civil que no se la podemos ceder a los expertos ni a los profesionales; es nuestra, de cada uno y de todos nosotros. La política así entendida tiene la tarea de construir un futuro.

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