Cuando hablamos de “grito libertario” es inevitable la asociación con emancipación, con independencia. Entonces vienen casi mecánicamente a la memoria fechas clave de nuestra historia, como el 9 de julio de 1816. Pero existen investigaciones que amplían la perspectiva y rescatan el protagonismo de los descendientes del inca en el primer proyecto de integración sudamericana, surgido allá por el 1800. La primer figura andina que irrumpe claramente en la escena con perfil libertario es José Gabriel Condorcanqui Tupac Amaru, líder de la mayor sublevación indoamericana, ocurrida el 4 de noviembre de 1780 contra el gobierno realista de la provincia de Tinta (Cuzco). En conmemoración de esta fecha se celebra mañana el Día del Primer Grito de Libertad Indoamericana.

José Gabriel y casi toda su familia fueron ajusticiados seis meses después del “Grito de Tinta”. Su hermano menor, Juan Bautista Condorcanqui Tupac Amaru, se salvó del descuartizamiento colectivo de casualidad, porque lo confundieron con un reo común. “Fue apresado y encerrado en Cuzco; y el 22 de noviembre de 1783 fue enviado a un calabozo del Callao. De ahí fue embarcado rumbo a Cádiz. En 1813, el padre Marcos Durán Martel, religioso agustino y revolucionario peruano, lo ayuda a conseguir su libertad y lo embarca rumbo a Buenos Aires”, narró la investigadora peruana, radicada en Salta, Katia Gibaja.

Juan Bautista es, justamente, uno de los personajes más interesantes de la historia que omitieron durante muchos años los libros escolares. “El fue mucho más que la figura elegida por Manuel Belgrano para el "Plan del Inca', un proyecto que impulsaba la restauración de un descendiente de la casa de los Incas en el "trono de las Provincias Unidas de Sudamérica'. Un anhelo en el que también se había embarcado José de San Martín”, sostuvo Gibaja. Para la presidenta de la Fundación Ecos de la Patria Grande y responsable del Centro de Información Andina del Museo de Arqueología de Alta Montaña, el último inca vivo arribado a Buenos Aires, casi por casualidad, fue uno de los principales ideólogos del proyecto de integración sudamericana al que adscribieron algunos de nuestros próceres.

Gibaja narró que “cuando Tupac Amaru llegó a Buenos Aires conoció en persona a Manuel Belgrano y a José de San Martín. La amistad del inca con los dos generales no figura en los libros, pero sí está documentada en las memorias que escribió Juan Bautista bajo el título "Cuarenta años de cautiverio', editada en 1824”. La investigadora tuvo acceso a este texto en la Universidad San Antonio Abad del Cosco.

Según Gibaja, la idea de Belgrano no prosperó “no porque no tuviera consenso entre el grueso del pueblo y de las tropas, sino porque había hombres de peso que eran proeuropeos. Lo que menos querían era una monarquía inca”.

Un dato importante que habla de la fuerte influencia que debió tener Juan Bautista Tupac Amaru en el proyecto libertario es el hecho de que el acta de independencia redactada el 9 de julio de 1816 está escrita en aimara, en quechua “y hasta en jeroglíficos del Tiahuanaco”, tres idiomas que él conocía, ya que era un hombre muy culto.

La investigación de Katia Gibaja confirmó no hace mucho que los restos de Juan Bautista Tupac Amaru, descendiente en 7ª generación de los reyes incas, reposan en una fosa común en el Cementerio de La Recoleta. Murió en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1827, a los 88 años. En las actas de entierro figura claramente su nombre.

La historia de este personaje increíble se va armando poco a poco. Más allá del relato puntual de sus acciones (cuya omisión en la historia oficial denota el relato anestesiado del que fuimos objeto), Gibaja rescata la posibilidad de que su vida sirva “para probar que el proyecto de la unidad sudamericana estuvo presente ya desde nuestro pasado amerindio”.

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