Si bien es conocido que el general Martín Miguel de Güemes con un pequeño ejército de gauchos venció a tropas experimentadas y más numerosas de soldados españoles, nunca se mencionan las destrezas que acompañaron esos logros. Existe poco material y, en general, la lucha revolucionaria salteña ha sido “ninguneada” por la historiografía oficial argentina.

Sin embargo, se trata de la gesta de un pueblo en armas. Y, aunque se lo pase por alto, fue central en la liberación de varios países y en la eliminación total del resabio español en América. Su exposición renueva el conocimiento de la progresión de nuestro pueblo en el tiempo.

Estirpes criollas

Los ejércitos de Güemes se constituían por lo que actualmente conocemos como “milicias populares”. “El soldado era pastor, arriero, labrador o artesano, según la región o lugar que habitaba. Pero en todos los casos, era un gaucho. Es decir, diestro jinete y hombre valiente. Conocía su tierra palmo a palmo y se hallaba familiarizado con la montaña, el bosque o la llanura (los tres aspectos del territorio regional), donde trabajaba y tenía su hogar. Pero donde también ejercía su cualidad de gaucho, como domador de potros, corredor del monte o cazador de tigres. Ahí se hizo rastreador y baquiano, para convertirse un día, ante el asombro de propios y extraños, en el más extraordinario soldado de caballería”, explica Miguel Solá, en la recopilación de Manuel J. Castilla “Gemes ante la historia”(1971), donde reúne diversas miradas alrededor del héroe gaucho. En la selección de Castilla, una de las razones del tratamiento que aún tiene la gesta salteña: sus héroes pertenecen a una estirpe criolla, morena, en una Argentina de héroes europeos.

Castilla reseña las “Memorias” del general español García Camba, retrato que por ser de un enemigo, dibuja a Güemes y sus soldados sin el filtro de la pertenencia.

“Los gauchos”, dice Camba refiriéndose a la invasión realista de 1816, “eran hombres de campo, bien montados, todos de machete o rifle, de los que se servían alternativamente sobre sus caballos, con sorprendente habilidad. Se acercaban a las tropas con tal confianza, soltura y sangre fría, que admiraban a los militares europeos que por primera vez observaban aquellos hombres extraordinarios a caballo. Y cuyas excelentes disposiciones para la guerra de guerrillas y de sorpresas, tuvieron repetidas ocasiones de comprobar”.

En continua alarma

Camba completa su retrato con estas palabras: “Entre tanto los gauchos, individualmente valientes, tan diestros a caballo que igualan, sino exceden, a cuanto se dice de los célebres mamelucos y de los famosos cosacos, tuvieron en continua alarma al cuartel general y a sus puestos avanzados”, dice.

El general Camba había luchado en varios países, pero de esos escenarios a ningún otro destaca como al gaucho. Para terminar de conceptualizar la gesta salteña en la suerte del continente, mencionamos la carta de José de Sucre, donde le agradece al general Antonio de Arenales: “Querrá dignarse V.E. a dar gracias de mi parte y la del Ejército Libertador a los bravos salteños, que desamparando sus hogares y los objetos más queridos al corazón humano, se han precipitado a alistarse a las filas de V.E., para cooperar con nosotros en la libertad del Alto Perú. Los salteños, siempre valientes y heroicos, fueron la barrera que se opuso a la tiranía española, para que el poder de los enemigos de América no inundase a las Provincias Argentinas y al Ejército Libertador, que en su corazón lleva la suerte del Nuevo Mundo, sin distinciones locales. Y agradece este bien que, rendido a las Provincias Argentinas, refluye y excita a la libertad de toda América”, concluye. Así, Sucre rubrica de puño y letra la gesta salteña en la historia americana.

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