Los policías de Drogas Peligrosas tuvieron que realizar un operativo fuera de lo común en el barrio Fátima de Tartagal para detener a dos dealer que se acantonaron en una verdadera fortaleza, a la que habían rodeado con un cerco electrificado. Pero, además, en el patio circulaban cinco mastines adiestrados: dos rottweiler, dos boxer y un dogo argentino. Los animales, lanzados al ataque, fueron repelidos con abundantes disparos de balas de fogueo.

Lo tenían todo calculado: el cerco y los perros debían darles tiempo para escapar en caso de un allanamiento. El perímetro había sido acondicionado para dificultar el ingreso de los policías y, entre tanto, que los traficantes se deshicieran de la droga.

La elección de los perros muestra un fino conocimiento en materia canina: todas las razas descienden de los molosos del Himalaya, que fueron llevados a Europa por los romanos, que los usaron como perros de guerra. Los acusados fueron identificados como Héctor Pablo Miranda Benítez (34), y su hermano Luis Fernando Miranda Benítez (30). Fuentes policiales señalaron que son conocidos por los adictos que les compraban los estupefacientes como los “chilenos”, por su doble nacionalidad argentino-chilena. El mayor de ellos tenía un pedido de captura.

La investigación se desarrolló durante seis meses. La puerta exterior del pasillo que da hacia la calle siempre estaba abierta para que los compradores ingresaran. Pero la puerta interior estaba tan reforzada que solo iban a poder ingresar por la ventana.

Finalmente, la tarde del viernes los policías solicitaron una autobomba de bomberos, para simular un operativo antiincendio en esa cuadra. Cuando se aprestaban a ingresar vieron a dos clientes que salían de la casa, los siguieron y los detuvieron a las pocas cuadras. Se trataba de José Antonio G. (19) y Matías Federico T. (23) a quienes les secuestraron dosis de droga en “ravioles”. Los policías regresaron al inmueble, tomaron una cadena, ataron una punta a una reja y el otro extremo a la autobomba, que arrancó la estructura metálica abulonada a la pared. Mientras tanto, dentro de la casa los acusados intentaron deshacerse de la droga tirándola por el excusado.

Cuando lograron reducir a uno de los dealers, el hermano ordenó a los perros que atacaran. Los cinco animales se arrojaron con ferocidad sobre los policías, que no habían calculado que les tocaría enfrentar a mastines adiestrados. Afortunadamente para los uniformados, el entrenamiento de los perros no había incluido el acostumbramiento a los disparos, así que los policías lograron disuadirlos con disparos de salva.

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