El 14 de junio pasado se cumplieron 26 años de la muerte del gran Jorge Luis Borges (1986).  En una conferencia brindada en Madrid, por su viuda, María Kodama, contó que está trabajando en las memorias de Borges: “Servirán para aclarar todo lo que la gente ha escrito e inventado sin preguntarme nada”, expresó.

Kodama, presidenta de la “Fundación Internacional Jorge Luis Borges”, aseguró que su esposo “no despreciaba” a ninguna obra o autor, aunque podía “no empatizar” con algunos pero incluso con estos guardaba “una actitud de comprensión”. Para él la crítica “era un juego”, precisamente por su personalidad “irónica y sarcástica que  aplicaba muchas veces a sí mismo”.

Las memorias, no tienen aún fijada una fecha de publicación debido a los viajes y compromisos de Kodama, pero para los que admiramos no solo la obra de Borges, sino su sarcasmo y su ironía, aquí hacemos una selección de algunos de sus dichos para deleitarnos con su fino humor:

 Sus ironías más famosas 

Durante la dictadura militar alguien le comentó a Borges que el general Galtieri, presidente de la República en ese momento, había confesado que una de sus mayores ambiciones era seguir el camino de Perón y parecerse a él... ¡Caramba! interrumpió Borges. “Es imposible imaginarse una aspiración más modesta”.

En otra ocasión Borges firmaba ejemplares en una librería del Centro. Un joven se acercó con Ficciones y le dijo: “Maestro, usted es inmortal”... Borges le contestó: “Vamos, hombre, no hay por qué ser tan pesimista”.

 Cuando los periodistas le preguntaron en Roma “¿A qué atribuía que todavía no le hubieran otorgado el Premio Nobel de Literatura? el escritor respondió: “A la sabiduría sueca”.

En una entrevista, en Roma, un periodista trataba de poner en aprietos a Jorge Luis Borges. Como no lo lograba, finalmente probó con algo que le pareció más provocativo: “¿En su país todavía hay caníbales?..."Ya no -contestó- nos los comimos a todos”.

Polémico como siempre, en plena Guerra de las Malvinas, opinó que “la Argentina e Inglaterra parecen dos pelados peleándose por un peine” y agregó que “las islas habría que regalárselas a Bolivia para que tenga salida al mar”.

En ocasión en que se debatía sobre la situación de la literatura argentina, alguien gritó: “¿Y qué vamos a hacer por nuestros jóvenes poetas?”... desde el fondo llegó otro grito, éste era de Borges: “¡Disuadirlos!”

En la pausa de un acto cultural, el novelista Oscar Hermes Villordo acompañó a Borges al baño, situado en un primer piso al que se llegaba por una empinada escalera de madera. Cuando volvían, Villordo notó que Borges descendía los escalones demasiado rápido y, temiendo lo peor, le preguntó: “¿No deberíamos ir más despacio?” “Pero no soy yo - aclaró Borges -, es Newton”

  Borges charla con Antonio Carrizo, en un bar. Por la radio del local se anuncia un tango con letra de León Benarós, amigo de Borges. El locutor propone escucharlo y el escritor acepta.
Cuando el tango termina, Carrizo le pregunta qué le pareció. Borges mueve la cabeza y dictamina, muy preocupado: “Esto le pasa a Benarós por juntarse con peronistas”.


Un joven poeta se acercó a Borges en la calle y le entregó una ejemplar de su primer libro. Borges le agradeció y le preguntó cuál era el título. “Con la patria adentro”, respondió el joven. “Pero qué incomodidad, amigo, qué incomodidad”.

El escritor argentino Héctor Bianciotti recordó una de las tantas salidas elegantes de Borges, cuando le incomodaban los halagos de la gente: Ocurrió en París, en un estudio de televisión.
-”¿Usted se da cuenta de que es uno de los grandes escritores del siglo?” ... “Es que este ha sido un siglo muy mediocre”, respondió Borges.

A principios de la década de los setenta, el escritor y psicoanalista Germán García invitaó a la Argentina a Daniel Sibony, matemático y psicoanalista francés. Sibony pidió conocer a Borges. Al encontrarse, el francés le preguntó en qué idioma deseaba hablar, “Hablemos en francés”, propuso Borges, y justificó: “Dicen que la lengua francesa es tan perfecta que no necesita escritores. A la inversa, dicen que el castellano es una lengua que se desespera de su propia debilidad y necesita producir cada tanto un Góngora, un Quevedo, un Cervantes”.

  En 1983, un periodista de La Nación pidió a Borges su opinión sobre la Guerra de Malvinas. “Absurda”, definió Borges. “Estoy triste, muy triste. Mandaron a esos pobres muchachos de 20 años a morir al sur. Tener 20 años y pelear contra soldados veteranos es algo atroz, inconcebible. Solamente en el crucero General Belgrano murieron cientos. Claro que los militares dirán que al lado de los desaparecidos esa cifra no es nada, pero no creo que les convenga ese argumento. No, no les va a convenir...”

El 10 de marzo de 1978, en la Feria del Libro, Borges se cruzó con un escritor al que quería y respetaba: Manuel Mujica Lainez. Se abrazaron e iniciaron una conversación que es interrumpida una y otra vez por los cazadores compulsivos de firmas. “A veces, se quejó Borges, pienso que cuando me muera mis libros más cotizados serán aquellos que no lleven mi autógrafo”.

  En 1975, a los 99 años, murió Leonor Acevedo de Borges, madre del escritor. En el velorio, una mujer dio el pésame a Borges y comentó: ‘Peeero... pobre Leonorcita, morirse tan poquito antes de cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poquito más...” Borges le dice: “Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal”.

Borges y un escritor joven debatiendo sobre literatura y otros temas. El escritor joven le dijo: “Y bueno, en política no vamos a estar de acuerdo maestro, porque yo soy peronista”. Borges contestó: “¿Cómo que no? Yo también soy ciego”.

 

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