Día del Maestro
Ser maestro y poner el alma en el aula

“El poder, la riqueza y la fuerza de una nación dependen de la capacidad industrial, moral e intelectual de los individuos que la componen. Y la educación pública no debe tener otro fin que aumentar esta fuerza de producción, de acción y de dirección, sumando cada vez más el número de individuos que las posean”. Lo escribió y lo sintió, con el alma, Domingo Faustino Sarmiento.

Hoy se conmemora el Día del Maestro, al cumplirse un nuevo aniversario del fallecimiento del padre del aula. Ser maestro, hoy, es involucrarse con las distintas realidades de los alumnos. La escuela, de alguna manera, se ha hecho cargo de problemáticas transversales a la vida familiar. Cuestiones que van desde la imposibilidad del total de la población de gozar plenamente de sus derechos, hasta la cotidianidad de chicos que pasan mucho tiempo solos en casa, que reciben educación solo en el ámbito escolar, que precisan de contención.

El Tribuno reunió, a modo de homenaje o especial manera de saludar en su nombre a todos en su día, a cuatro maestros salteños que, desde diferentes perspectivas, proponen reflexiones y nuevas maneras de pensar la educación.

Las historias de vida de Carmen, Angeles, Mario y Felisa son ricas en anécdotas e ilustran las miradas que cada uno tiene desde su propia experiencia. Los cuatro coinciden en que sin vocación, no se puede ser un buen maestro. Coinciden, también, en que tampoco se puede serlo sin la vista puesta en el contexto de cada alumno. No es fácil, por eso es tan meritorio y por eso tan merecidos los homenajes que se concentran cada 11 de septiembre.

“Si peleamos por la educación, venceremos a la pobreza”, dijo también Sarmiento. Una premisa que debiera volverse estandarte.

Carmen, especial en todos los sentidos

La historia de Carmen Brito como maestra de educación especial comenzó en 1980. Ese año se recibió en el Profesorado de Educación Especial. Ejerció su carrera durante 32 años y hoy, jubilada, sigue trabajando en un gabinete psicopedagógico. Enseñar le gusta con el alma.

“La tarea del docente especial es muy gratificante porque lo poco o lo mucho que puedan lograr los chicos es algo que uno siente también como propio. Se trata de poner empeño y sabiduría para ayudar a esos alumnos a ser personas independientes”, dijo Carmen. “Los padres de los alumnos son maravillosos. Son muy agradecidos de la tarea que hacemos los docentes especiales”, agregó.

Dice que eligió la profesión porque una historia, la de su propio hermano que es discapacitado, la tocaba de cerca.

Carmen se recibió a los 22 años. La primera escuela en la que trabajó fue la Hospitalaria Andrés Cornejo, que por aquellos años funcionaba en el hospital de calle Sarmiento, sin aulas. Las clases, recuerda Carmen, se dictaban en las distintas habitaciones en las que permanecían internados los niños. Allí trabajó casi dos años, enseñándoles a chicos con meningitis tuberculosa, aunque también rotaba por el área de traumatología y otras.

Cuando terminó ese período, la nombraron en la Escuela Miguel de Cervantes Saavedra, una escuela común que tenía grados lentos (como se llamaba a las divisiones a las que asistían niños con dificultades de aprendizaje). Más adelante trabajó en la Escuela de Educación Especial Dr. Mariano Castex.

En 1984 se casó con Eduardo Villa. Ese año la nombraron docente titular por primera vez de la Escuela de Educación Especial Dr. Julio Cintioni. Carmen dice sentir un cariño particular por esa escuela, que funcionaba en una casa de familia en General Gemes.

Al poco tiempo llegaron sus dos primeros hijos: Javier y Sabrina. Luego llegó Andrea. Carmen recuerda las tardes de picnic con sus alumnos en un paraje que se llama El Codito. Los 23 años que siguieron Carmen fue maestra de la Escuela de Educación Especial Tobar García. También fue vicedirectora de esa escuela en la que, el año pasado, se jubiló. Hoy, junto a un grupo de profesionales integrado por una psicóloga, una psicopedagoga, una psicomotricista y una fonoaudióloga, trabaja en Matices, un gabinete psicopedagójico que brinda apoyo e inclusión escolar para niños discapacitados del primer nivel, que concurren a escuelas comunes pero necesitan un mayor acompañamiento.

El maestro Mario, desde un pueblo chico

Clima de algarabía. Así era ayer la postal en el patio de la escuela Virrey Toledo, de La Silleta, mientras se ultimaban detalles para dar inicio al acto por el Día del Maestro. Uno de los homenajeados sería Mario Betancourt, el maestro de 3er. grado B, quien trabaja en la institución desde 1994.

Mario recuerda sus años de juventud, cuando pensaba en qué carrera elegiría una vez que terminase sus estudios secundarios. Por aquellos tiempos, dice, los muchachos contemporáneos a él se iban a las fuerzas armadas. El se sintió motivado a imitarlos pero cuando estaba por terminar el secundario comenzó a pensar en estudiar en el magisterio.

Terminó sus estudios e inmediatamente fue nombrado en Cámara, camino a Corralito, a unos 30 kilómetros de La Silleta, su pueblo natal. Tenía solo 22 años cuando se puso al frente del aula por primera vez. Más adelante enseñó en Cerrillos, en La Merced Chica, en La Colonia y finalmente en la escuela Virrey Toledo, de La Silleta. Desde 1994 trabaja en esa institución.

“En el magisterio uno aprende la parte teórica, pero las vivencias solo están en la escuela. Aquí es donde uno ve las necesidades de los chicos, algunos buenos, otros regulares y otros con muchas dificultades no solo de aprendizaje, sino en otros aspectos de su vida. Es una satisfacción muy grande cuando uno ve que los chicos aprenden y uno se preocupa por aquellos a los que les cuesta más o necesitan más atención. Entonces uno llega a su casa y prepara sus clases teniendo en cuenta todas esas cosas”, dijo Mario.

“En la ciudad y acá son pocos los maestros hombres. En el interior sí hay más y quizás nos buscan para colaborar con ellos. A veces se piensa que somos buenos para dominar esos cursos en los que los chicos son más rebeldes. A mí, por ejemplo, siempre me quieren poner en los cursos más altos porque se piensa que tenemos mayor dominio de grupo”, comentó.

Mario piensa que tener una vocación es fundamental. “Tiene que ver con la paciencia que debe uno tener para que los chicos aprendan”, dijo.

No es lo mismo una escuela de ciudad que la escuela de un pueblo. Más que nada por el avance de la tecnología, piensa Mario. “Los chicos de la ciudad tienen acceso a internet y a muchas otras cosas, además son más mimosos, más sobreprotegidos. Los chicos del campo son más serenos, más tranquilos”, reflexiona antes de que toquen el timbre.

Angie formadora de formadores

María de los Angeles Denis es profesora para la enseñanza primaria, especializada en problemas de aprendizaje. También es profesora de Ciencias de la Educación, especialista en

análisis y animación socioinstitucional. Actualmente trabaja como profesora de práctica docente y de otros espacios curriculares en el Profesorado de Jardín de Infantes y Educación Especial y es una de las pedagogas que trabaja en El Tribunito.

“Soy maestra de alma. Cuando me recibí todos esperaban que siguiese una carrera universitaria pero no me pudieron convencer de ninguna manera. Elegí la docencia porque era lo que a mí más me gustaba”, cuenta.

Estudió en el Colegio de Jesús. Luego estudió Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de Salta, un poco para conformar a su familia.

Dieciséis años estuvo frente a niños de primaria solamente, hasta que empezó a trabajar paralelamente en la formación docente

“Ser formador de formadores, ­qué gran responsabilidad! Significa pensar en brindar a estas nuevas generaciones herramientas útiles, significativas, valores que le sirvan para hacer frente al trabajo del aula”, dice.

“Es importante recuperar la actualización permanente de los conocimientos implicados; el análisis de los contextos y de las consecuencias sociales de la labor profesional y la reflexión sobre la práctica en el contexto específico y el desarrollo de alternativas para la acción. Los alumnos de ahora no son los mismos de antes, porque las demandas sociales también son otras, porque la familia ha experimentado un desplazamiento de sus funciones y todas ellas han recaído sobre la escuela, entonces los formadores debemos preparar a los alumnos, futuros docentes, para que no pierdan de vista la función específica de la escuela que es la de enseñar y a la vez cumplan con las exigencias asistencialistas de las que se ha hecho cargo el sistema”, explica.

“El que elige la docencia debe vivirla y amar lo que hace. Debe dejar huellas en sus alumnos, entregar todo lo que sabe”, concluye Angie.

Felisa, una maestra de punta en blanco

En noviembre Felisa cumplirá 25 años desde que se jubiló. Tiene 75 años y, en total, trabajó 29 años. Pero Felisa quería ser odontóloga, el amor por la docencia vino después. Su papá le dijo que si primero estudiaba para maestra, luego podría hacer lo que quisiera. Después quiso seguir siendo maestra porque se enamoró de su profesión.

Comenzó a estudiar para maestra en el Colegio de Jesús y terminó en el Magisterio de la Escuela Normal. Cuando se recibió empezó a trabajar en una escuela de La Merced. Luego trabajaba a la mañana en la escuela Zorrilla y a la tarde en una escuela de Quijano. A la noche estudiaba Ciencias de la Educación.

“Me encantaba Quijano y tenía una hermana que se iba a casar con un muchacho de Vespucio. Entonces yo pedí que me cambien a la escuela de ese pueblo para luego hacer una permuta con ella que trabajaba en Río Ancho, pero justo ese año se acabó el tema de la permuta y me tuve que quedar ahí. Pero fue una experiencia hermosa”, dice Felisa. Habla con mucho cariño de los alumnos y docentes de la Escuela 117, a la que no olvida. Allí también ejercía como profesora de folclore, algo que también la apasionó siempre. Trabajó ocho años en esa institución, hasta que pidió el traslado a la ciudad, aunque dice que siempre le gustó más trabajar con los chicos del campo.

Le sobran las anécdotas. Recuerda a un alumno al que Felisa siempre le compraba zapatillas porque era muy pobre. Ella le prestaba especial atención a ese chico que también tenía un contexto familiar difícil. Hace poco se enteró de que ese joven es hoy un científico.

“Yo les exigía que vayan con corbata, de punta en blanco”, cuenta Felisa. Ella era así también. Es que está convencida de que eso tiene que ver con la disciplina y la formación. Finalmente la trasladaron a El Timbó, en Rosario de Lerma. Más tarde se jubiló y, luego de dos años, puso un colegio privado en Campo Quijano. “Todavía tenía ganas de seguir madrugando, parece”, dice y se ríe.

Felisa es soltera “de las de antes”, cuenta. No tiene hijos, pero tiene 27 sobrinos y 19 sobrinos nietos de quienes disfruta mucho. Hoy Felisa se dedica a descansar y se emociona cada vez que se encuentra con algún alumno. “Siempre nos quedamos abrazados un buen rato”, cuenta. Tiene alumnas que ya son abuelas. Hace poco, incluso, se encontró con una alumna que la culpó de su matrimonio, pues se casó con la pareja de baile que Felisa le armó.