"¡Ahí vienen los peregrinos!", gritó un chango que andaba en bicicleta con sus amigos. Con las últimas luces de la tarde, a la oración, las banderas y los misachicos avanzaban hacia el pueblo de Seclantás. Son unos 150 fieles de Cóndor Huasi, Alumbre, La Sala, La Puerta de Luracatao, Pata Pampa y Refugio que llegaban al primer destino de una larga travesía. Habían comenzado a andar a las 5.30 del martes 8 de septiembre. "Estamos cansados pero queremos llegar hasta la Catedral", dijeron Natalia López, de 17 años, y Enzo Pistán, de 20, una parejita de promesantes.
Después de un mate cocido caliente entraron en la iglesia para la misa, en la que hasta les rociaron con agua bendita. Nadie en el pueblo se perdió la celebración, hasta los perros jugueteaban en la puerta. Cerca de las 22, los peregrinos se repartieron en los salones para descansar y recuperarse. "Son cinco días que compartimos como si fuéramos una familia. Somos una comunidad muy unida", comentó la seclanteña Juana Barrionuevo, de 54 años, que lleva 4 caminando y 5 en el apoyo logístico.
Beatriz Morales nació "en medio del campo donde hay una antena", a unos 15 kilómetros de Seclantás. Bajaba las cabras del cerro y desde los 9 años ya andaba a caballo. "Yo me he criado andando así y no lo siento al cansancio", comentó. Ahora tiene 70, peregrina hace 12 y "hasta cuando Dios diga". Ha sido una de las pioneras, cuando solo eran 22 personas. Ahora ya son más de 300. "Mientras yo pueda, voy a caminar porque es lindo, es muy lindo. Hay mucho entusiasmo, fe. Uno camina tranquilo pidiendo por la paz, por la Argentina, por trabajo y por salud", señaló. Tiene nueve hijos repartidos entre Río Turbio, Buenos Aires y Salta Capital. Beatriz caminará con sus sobrinos, sobrinas, vecinos y conocidos. Sus hijos irán a verla a Cerrillos y su marido, Gregorio Figueroa, se quedará a ver las ovejas y los perritos de su rancho.
"Peregrino por el trabajo que han conseguido mis hijos, por los estudios, que se han podido recibir. También pido por todo el valle, que no sucedan las cosas que suceden en la ciudad, porque aquí donde vivimos es lindo, es tranquilo, uno pasa la vida feliz. Si deja algo por ahí, no se le pierde y nunca tenemos violencia o robos. Por eso decimos "hay que seguir la peregrinación, hay que seguir llevando gente", dijo convencida. "Se necesita ir con fe y con mucha emoción. Nosotros, antes, rezábamos y cantábamos. Ahora tenemos bombo, parlante", comparó. El anteaño pasado hizo una promesa porque una hija tenía mal los riñones y había que hacerle un trasplante. "Le hice la promesa a ella, le llevé la fotito y entonces caminé pidiendo, rezando por ella. Le preparamos un ramo de flores y allá le hemos dado pa' que presente. Teníamos que llevarla agarrando de los brazos a la Catedral", relató. El año pasado su hija ya estaba "bien sana", pero todavía con medicamentos. Ahora solo toma una pastilla. 'Decía el médico que fue una suerte, porque no le han hecho trasplante. Un milagro de Dios', aseguró.
Un duro esfuerzo
Durante cinco días caminará desde Seclantás hacia Salta capital. "El año pasado hemos mermado porque llegábamos a los cuatro días. Pero todos decían que hemos ido muy bien el primer año, porque hemos caminado distancias lejos. Yo estoy acostumbrada a caminar", afirmó.
"Van peregrinos que tienen mucha fe y consiguen lo que ellos piden. Yo quisiera que los jóvenes sigan la misma fe que uno tiene, porque ahora no es como la gente de antes", comentó con la sabiduría que dan los años.
Los jóvenes peregrinos
Todos marchan con sus historias a cuestas, pidiendo por su familia y por salud. Un sacrificio único. Para sorpresa de doña Beatriz, muchos jóvenes se encontraron para peregrinar. Cristian, hijo de Robin Cañizares, cuya familia es de Seclantás adentro, tiene 30 años y vino a dar gracias al Señor y la Virgen del Milagro por la salud de la familia y a pedir que no falte el trabajo. "Para que siempre estemos unidos; por la seguridad, la salud y la educación, lo que más le preocupa a todo el pueblo argentino", sentenció.
Viajó desde Salta para caminar con su hermano Emilio y con la familia Guaymás, también de Seclantás adentro. "Si uno piensa que no va a llegar, se cansa psicológica y físicamente. Si uno va rezando y alabando se le va de la cabeza que está cansado y puede seguir", relató Cristian, y confesó que a la gente de la ciudad le cuesta más, por el clima y porque no está acostumbrada. El año pasado peregrinó desde San Antonio de los Cobres y fue "una experiencia inolvidable".
Lo invitaron los veteranos de guerra que son enfermeros y van como grupo de apoyo. Allí una señora leía cartas que habían escrito chicos de una cárcel de menores. "El arrepentimiento que tenían lo plasmaron en esas cartas. A veces es tarde para arrepentirse, porque ellos son jóvenes y ya perdieron parte de su vida", recordó.
Emilio Cañizares tiene 36 años y es la primera vez que peregrina. Vino desde Salta para acompañar a las hermanas Guaymás. "Espero que estemos tranquilos en la caminata, que no nos agarre la lluvia porque con los pies se complican", comentó. "Mucha gente quiere venir, pero por estudio o trabajo no pueden", señaló. Daniela Guaymás, de 12 años, le hizo una promesa al Señor y a la Virgen del Milagro. "Mi hermano se ha muerto y yo quiero que descanse en paz. Tenía 22 años y se llamaba Pablo Maciel. Le decían Chito y era conocido por toda la gente de acá. Le querían mucho", dice.
"Es mi retiro espiritual"
A Tomás Sánchez, de 19 años, le recomendaron hacer esta peregrinación por la experiencia. Es la primera vez que lo hace y tiene buen estado físico, ya que hace natación y va al gimnasio. Vino solo, aunque ya se hizo amigos y no le tiene miedo al cansancio. Gastón Coronel, de 26, también llegó desde Salta capital. "Es mi retiro espiritual. De acá vuelvo sedita", contó minutos antes de partir. Seclantás se convirtió en un suave murmullo el miércoles, a las 4.
Mientras unos pocos dormían, los peregrinos se encontraron en la plaza con la mochila a cuestas. Llevaban lo esencial: agua, una remera, el celular y la billetera. Media hora después, cuando ya estaban todos, comenzaron a marchar juntos. Las banderas se agitaban adelante y los misachicos avanzaban seguros entre las luces amarillas de los faroles del pueblo. Cerca de las 6 pasaron por lo del Tero Guzmán, el tradicional artesano de ponchos y tejidos, cuyo oficio quedó en las manos de su hijo, el Terito.
Durante toda la mañana anduvieron bajo el sol intenso de los Valles Calchaquíes, al ritmo del bombo y de las oraciones. Las botellas iban llenas de ulpada, una mezcla de agua, azúcar y harina criolla cocida, para revitalizar las almas, cuando los tonos de los cerros se ponían colorados.


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