La bandera del Centro de Hemoterapia de Salta flameó en la cumbre del Aconcagua (Mendoza), la segunda montaña más alta del mundo después del Himalaya. Desde allí, a 6.962 metros de altura, el salteño Carlos Alberto Curi le pidió a la gente que done médula ósea para salvar vidas.
Carlos tiene 48 años y curiosamente decidió cerrar una etapa "fea" de su vida realizando esta gran hazaña. Estuvo sin poder caminar durante dos años debido a una necrosis en los huesos. La enfermedad desapareció sin mayores explicaciones médicas hace un año y dos meses.
Cuando volvió a sentir el placer de utilizar sus piernas se propuso un desafío: hacer cumbre en el Aconcagua. Para eso se preparó de forma intensa durante siete meses con la entrenadora Mariela Flores que le recomendaron en el gimnasio donde hacía musculación.
A través de Mariela y una amiga de ella (Vanesa Delgado), del Centro de Hemoterapia de Salta, sumó a su iniciativa de escalar la idea de transmitir un mensaje de vida desde la inmensidad de la cima. Las dos cosas fueron su gran impulso para lograrlo.
Carlos Curi se acopló a un grupo de ocho personas, todos hombres extranjeros, en Mendoza. La expedición comenzó el 6 de enero pasado y después de 15 días de caminar lograron cumbre solo dos: Carlos y un joven sudafricano.
Carlos Alberto Curi es el impulsor del proyecto de la Heladera Solidaria. Funciona desde marzo de 2016 en Balcarce 889.
"Llegar hasta la cumbre para mi fue un desahogo. Viví dos años terribles con la necrosis y pensé que nunca más volvería a caminar. Ahí arriba me sentí tan cerca de Dios, fue mi primera sensación, después lloré mucho, el cielo era un azul intenso, no había viento y mi estado de ánimo era bueno", describió el montañista.
El hombre que se dedica a la gastronomía y tiene dos locales en la Balcarce trató de sintetizar su experiencia: "Es muy exigente, extrema, además de los más de seis mil metros de altura, uno llega muy desgastado al día de cumbre".
El último tramo es el más difícil. Allí los expedicionistas que llegan tienen un desgaste físico y psíquico importante, además la montaña en esa parte es más empinada. "Primero mi compañero de carpa Dominic, un canadiense, con el que se creó un lazo de amistad fuerte, a las cuatro horas de haber salido del último campamento (donde empieza el ascenso a la cumbre) le agarró ataxia, que es la falta de coordinación y mareos, por lo que tuvo que bajar. Eso fue un primer golpe anímico importante, éramos cuatro los que intentamos cumbre: un canadiense, un inglés, un sudafricano y yo", relató Carlos.
Siguió: "Eso me hizo pensar si lo iba a lograr. Seguimos y a las dos horas, al inglés ya no le respondían las piernas, así que quedamos el sudafricano y yo. Faltando dos horas se me pasó dos o tres veces por la cabeza dejar. Pero el guía nos había anticipado: "Acá ya no tenemos físico, no hay piernas, no hay pulmones, solo es corazón y cabeza. Eso nos va a llevar a la cumbre. Esas palabras: corazón y cabeza, me retumbaban y así llegué". Por suerte, no hubo sol ni viento y eso atenuó las dificultades de la montaña aquel 19 de enero.

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