Aborígenes tomaron el hospital de Madres de Plaza de Mayo

Fue por años un emblema de la improvisación y el desmanejo de los recursos del Estado; quedó abandonado por varios años y en plena campaña, en octubre de 2017, fue nuevamente utilizado con fines que nada tienen que ver con la salud de las comunidades más postergadas del norte de la provincia.

El pequeño hospital que las Madres de Plaza de Mayo construyeron en el kilómetro 3 estuvo abandonado por prácticamente los últimos 7 años pero en octubre de 2017 el gobernador de la Provincia, en campaña con su entonces candidato a diputado nacional Andrés Zottos y varios ministros, anunciaron que la Provincia se haría cargo para que después de tantos años comience a cumplir con el fin para el que fue construido: asistir a las comunidades wichis que residen en diferentes puntos al costado de la ruta nacional 86.

"En dos meses va a estar en condiciones de funcionar. Estuvimos hablando con gente de la comunidad para que ellos participen junto con nosotros en la administración", indicó el primer mandatario provincial el 12 de octubre pasado, en plena campaña.

Pero el jueves los aborígenes volvieron a tomar el pequeño hospital aun a sabiendas que pasada la campaña electoral el efecto no será el mismo. "Acá nos vamos a quedar", aseguraron, instalados en el ahora deteriorado edificio que años atrás estuvo impecable, totalmente equipado pero que por la negativa de la Provincia a sumarlo para que funcione dentro del Ministerio de Salud Pública, hoy se encuentra vacío.

Instalado en un lugar estratégico

El hospital de las Madres de Plaza de Mayo comenzó a construirse en Tartagal en el año 2009, un par de meses después que un alud se abatiera sobre la ciudad y que provocó grandes daños materiales al ejido céntrico de la ciudad.

Fue el entonces apoderado de la Fundación, Sergio Schoklender, quien llegó a Tartagal para adquirir un predio de 10 hectáreas donde la Fundación tenía la intención de bajar su programa "Sueños Compartidos" y construir, en una primera etapa, un hospital de complejidad III y luego 300 viviendas, un SUM (salón de uso múltiple) con espacios verdes y de recreación. Schoklender abonó de contado parte del precio de las 10 hectáreas a la firma Unanini con el compromiso de abonar el resto en un tiempo estipulado entre el vendedor y la Fundación. Pero ese pago nunca se concretó por lo que se acordó devolver a los propietarios la mitad del predio.

Unos 9 meses después de comenzada la obra, el hospital de complejidad III estuvo listo; para la construcción se utilizó un sistema de rápida ejecución en el que trabajaron operarios que fueron capacitados por la propia Fundación que dirigía Hebe de Bonafini; se instalaron servicios esenciales como agua y electricidad, se dispuso de un espacio donde instalar cilindros de gas -las redes de gas natural no llegan a ese sector de la ciudad- y se lo dotó de un importante equipamiento médico. El lugar no fue elegido al azar sino que se tuvo en cuenta que se encuentre en un lugar al que los wichis pudieran acceder con facilidad y evitarles el traslado hasta el hospital. Constaba de dos salas de parto, consultorios de odontología, de pediatría, dos salas de internación con sistemas de oxígeno y de un moderno sistema para llevar todas las historias clínicas y salas de espera. Pero cuando estuvo listo, el Gobierno de la Provincia se negó a recibirlo porque eso implicaba designar el personal y dotarlo de insumos. Más tarde algunos que trabajaron en la obra y reclamaban sus pagos recibieron parte de costoso equipamiento en calidad de depositarios judiciales.

Una vez más, “a la buena de Dios”

Los indígenas se sienten discriminados en el hospital Perón y por eso se quedarán aquí.

Pero la campaña proselitista pasó y con ella la intención de ponerlo a funcionar.

“La última vez que tomamos esta medida fue antes de las elecciones y la promesa del gobernador fue que el 20 de diciembre iban a comenzar a refaccionarlo; vino con los ministros y, la verdad, no le creí pero tenía que esperar a ver qué hacían”, expresó la dirigente wichi.
Francisca explicó que “hace tres días que queremos sacar turnos y no podemos conseguir; el hospital Perón tiene problemas para atender pero para los aborígenes es peor, por eso nos vamos a quedar hasta que nos den una solución definitiva. Este hospital tiene que funcionar y no vamos a salir de acá; nos hemos cansado de las promesas incumplidas pero no somos los únicos porque al hospital viene gente de Pacará y de otros lugares más lejanos”.

Alejandra es pobladora de la comunidad Lapacho II “y como dice Francisca, era que el 20 de diciembre pasado comenzaban a trabajar. Este hospital está abandonado hace años, con la necesidad que tienen las comunidades. Si vamos al hospital Perón, tenemos que esperar horas por más que el caso sea de urgencia”.

“Somos discriminados”
 
Isaac Medina es cacique de la comunidad El Carpintero y asegura que “los aborígenes sufrimos la discriminación y marginación en el hospital Perón, por eso necesitamos que se habilite este centro de salud. Algunos aborígenes no saben comunicarse en castellano porque utilizan su lengua materna, lo que hace más difícil que se les dé asistencia. Pero los problemas no son solo para los originarios, porque hay muchos criollos que sufren el maltrato. Nosotros nos vamos a quedar hasta las últimas consecuencias hasta que lo habiliten en forma definitiva”, dijo.

Cansados de promesa

En octubre pasado un grupo de aborígenes decidió ingresar al hospital y tomarlo exigiendo su puesta en funcionamiento.

“Queremos que lo pongan a funcionar porque nosotros cuando vamos al hospital no somos atendidos”, dijeron.

Entonces se apuraron en prometer alguna solución y lo hizo el propio Urtubey, quien llegó a la zona para entrevistarse con Francisca Sarmiento y otros dirigentes wichis, los mismos que el jueves volvieron a tomar el hospital. “Nosotros nos habíamos cansado de mandar notas y nunca nos respondían y por eso tomamos esa medida; ojalá que ahora lo pongan en funcionamiento”, dijo Sarmiento.

 

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