Jesús “Torito” Calisaya dedica su vida a mantener las tradiciones y la alegría del carnaval salteño

Ya está todo listo para que arranque el carnaval en la casa de Jesús “Torito” Calisaya.

Hay un suri de tamaño casi real en madera de algarrobo, cajas chirleras colgadas, flores hechas con papel y tapas de botellas descartables, ollas gigantes, parrillas limpias, mesas y sillas apiladas, malvones y alegrías del hogar y un escenario que espera impaciente llenar de alegría el alma de los carperos que se llegarán hoy hasta el rancho ubicado en Las Lomitas, a unos 30 kilómetros de Salta capital.

“El ‘Torito’ no vive del carnaval, sino que trabaja para él”, define y personaliza su hermana Felisa.

El hombre está al frente de la única carpa tradicional que queda en Salta, de las denominadas “de antaño”, y se mantiene firme aunque su rodilla le haya ganado una vieja apuesta.

“Este es mi carnaval número 19, en la última carpa auténtica que queda en la provincia. Yo comencé con esto en el año 1999, sin embargo ya venía desde antes trabajando para el carnaval”, dijo el “orito” con aire melancólico.

Su vida laboral comenzó cuando tenía 9 años. La familia Calisaya vivió siempre en Las Lomitas y, junto a su mamá, llevaba todos los días a una vaca lechera hasta Campo Quijano para vender vasos de leche.

“Todas las mañanas salíamos a ofrecer leche al pie de la vaca. Antes no había heladera y las familias más pudientes compraban diariamente los vasos para los niños. Ya cuando se cansaban de tomar todos los días, compraban un pan y con eso pasaban el alimento diario”, recuerda el “Torito”, sentado en un sillón antiguo de hierro y almohadones.

En sus recuerdos vive su madre Justina y la nombra a cada momento. Fue ella quien lo hizo conocer las fondas festivaleras. Justina vendía comida en las fiestas patronales como la del Cristo de Sumalao o el 8 de diciembre en La Silleta. La fija era la del 9 de Julio en Campo Quijano y, por supuesto, el carnaval.

En todo está Justina. “Ella le enseñó a mi esposa a cocinar las mejores empanadas, a elegir los mejores ingredientes para los tamales, a saber el punto del locro y el secreto de elegir los mejores choclos para las humitas”, dijo el “Torito” mirando a su compañera.

Florinda asiente y no quiere revelar cómo se conocieron. Le da mucha vergüenza contar. Se tapa la boca y se agacha de la risa. No confiesa y, finalmente, es el hombre quien habla.

Luego de varias vueltas declara: “En abril del año pasado cumplimos 50 años de casados. Un día yo salí de trabajar en el campo de mi patrón, que trabajábamos con vacas, y luego del mediodía terminaba mi tarea porque era domingo. Me fui a buscar algún baile en Campo Quijano. Como allí no me estaba gustando nada, me tomé el tren, me fui para Rosario de Lerma y me metí en la carpa de Rafael Jorge. Ahí la vi a Florinda. La invité a bailar y fue en una zamba cuando supe que nunca nos íbamos a separar”.

Así, asegura, al amor de toda su vida lo encontró gracias al carnaval. Florinda se pone morada de la vergüenza y dice: “Hasta ahora seguimos bailando en el centro de la carpa; ni la rodilla lo puede detener al ‘Torito’”.

Fue con su esposa que decidieron armar la carpa que hoy están abriendo en el lugar donde viven, pero todo fue desarrollándose lentamente, casi sin proponérselo.

“Los domingos al mediodía abríamos una fonda y ofrecíamos comidas y bebidas. Como somos conocidos, luego comenzaron a llegar los músicos, los bailarines, las copleras, las viejas cuenteras, los amigos y se armaba la fiesta y los bailes a campo abierto. Fue la gente la que me pidió que abriéramos un pedacito del patio para poner las mesas y bailar luego. Luego fue viniendo más gente y las demandas fueron aumentando. Entonces comenzamos a techar con chapas. Cada año le íbamos agregando un pilar más. Cuando no hubo más lugar, nos ampliamos para el costado”, dijo riendo el “Torito”.

Lo concreto es que ahora, de largo, son unos 50 metros de patio de baile con un escenario al fondo y un ala en donde primero se come y luego se despejan las mesas, las sillas y los vasos a la hora de la chacarera. También tiene un espacio verde en otro sector, donde los enfrentamientos con nieve, agua y harina se disputan a “sangre fría”.

Al lugar fueron las grandes personalidades del folclore salteño, que empujaron al “Torito” a la aventura. Entre ellas estuvieron Silvia Barrio, Laura Serrano, el Bagualero Vázquez, Severo Báez y su esposa Rafaela. Hubo muchos otros tantos diablos que lo tentaron a este sufrido oficio de carpero.
Sus presencias fueron fundamentales a la hora de convocar a gente y provocar el efecto dominó.

Fortunato Ramos, integrantes de Las Voces de Orán, Los Cantores del Alba y los hijos de Gustavo Leguizamón son los primeros que llegaron a sentarse en las mesas a disfrutar de las tardes domingueras y luego se animaban a una o dos canciones.

Pero no todo es simple. La carpa es una estructura difícil de mover y los preparativos se acumulan. Hay 12 personas que trabajan en estas jornadas de domingo de fiesta de carnaval. Las 5 cocineras comienzan el viernes a preparar los dulces y el sábado hacen las comidas saladas. Se trabaja hasta el lunes en la limpieza.

El “Torito” confesó que se encuentra con muchos condicionantes para funcionar. “La comuna dice que mi rancho es una bailanta y no se da cuenta de que esto es un espacio para la familia. En todos estos años no hubo ni una pelea o accidente. Para sacar todas las habilitaciones son trámites eternos. Ponen condiciones que desvirtúan el tradicional carnaval de antaño. Por ejemplo, el año pasado no dejaron entrar a los niños y ahora ni los termos dejan entrar. El secretario de Cultura de la Municipalidad de Campo Quijano debería pensar que esto es cultura y no una bailanta”, dijo Calisaya.

“Yo puedo tener otros trabajos, pero al que me lo tomo más en serio es al de brindar las alegrías del carnaval. Acá nos preparamos durante todo el año para esta fiesta que es de todos, de la familia y la última criolla que queda”, concluyó.

La salamanca, su maestra

Jesús “Torito” Calisaya saca un bombo legüero y lo empieza a estirar. “No podés vivir para el carnaval si no sabés tocar o cantar”, dijo con una sonrisa endiablada.

Mientras lo fue probando remató con un enigma: “Cuando yo andaba arriando las vacas por los cerros del oeste había una salamanca, o al menos yo la escuchaba”, dijo el hombre, que desde joven llevaba a pastar a los animales y que en consecuencia tenía varias horas para estar solo.

Y enseña: “En el campo, a la Salamanca también se le dice Bandurria. Y en esos tiempos en que yo era mozo yo escuchaba el bombo. Es decir, escuchaba música, pero solo ejecutada con el legüero”, dijo y ante el relato todos los presentes se quedaron mudos.

“Como tenía el tiempo que transcurría mientras las vacas comían, cierto día me busqué un bombo y me lo llevé a mi ronda de pastoreo. Entonces comencé a seguir el ritmo de ese bombo con el que seguramente el Diablo me quería tentar. Ya tenía yo mi destino enderezado para su fiesta.

Comencé a tomarle los tiempos de las zambas, las chacareras y los gatos. Aprendí los estilos y los repiqueteos. Yo digo que fue finalmente la Salamanca la que me enseñó a tocar el bombo”, dijo y dio una pequeña muestra sobre cómo se interpreta la santiagueña doble. “Ahora tengo tres bombos, para cuando los músicos se olvidan”, dijo, y largó una carcajada.

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