¿Inicio del fin de la era Trump?

El pasado 6 de noviembre tuvieron lugar en los Estados Unidos las que posiblemente hayan sido las elecciones de medio término más importantes de la historia reciente de ese país.

A diferencia de lo ocurrido en ocasiones anteriores, los comicios se transformaron en un referéndum no ya sobre la gestión de la administración de Donald Trump sino sobre la visión de país que el mandatario llevó a la Casa Blanca luego de su triunfo en el año 2016.

Una visión que, al decir del especialista Yascha Mounk (citado por la periodista Jennifer Rubin en el Washington Post), "arroja al nativo contra el recién llegado, prioriza a los blancos y cristianos por sobre los individuos de color y los musulmanes, y visualiza a los Estados Unidos como una nación en necesidad permanente de conflicto con otros países, incluidos los enemigos recientes y los viejos aliados, en lugar del centro de un sistema de alianzas diseñado para mantener la paz y la prosperidad tanto dentro como fuera del país" (una visión que prioriza además el culto de la personalidad por sobre el estado de derecho, agregaría Rubin).

Para los estadounidenses que ven en esta imagen una amenaza sin precedentes a la vigencia de los valores, las normas y los preceptos tradicionales americanos, los comicios del pasado martes representaron una oportunidad única para iniciar el proceso de recuperación del alma perdida de la nación. Decenas de miles de activistas se movilizaron en todo el país en apoyo de los distintos candidatos demócratas. Algunas de las personalidades más importantes del arte, la academia y la cultura se unieron para exhortar a los electores a vencer la apatía tradicional de los estadounidenses ante los eventos electorales y salir a votar. "Salí y votá, como si tu vida dependiera de ello, porque tu vida depende efectivamente de ese voto", fue uno de los mensajes más escuchados. Desde las redes sociales se predijo una "ola azul" sin antecedentes, que barrería, como un tsunami, con los bastiones del poder del presidente.

A una semana de realizadas las elecciones, vale la pena preguntarse sobre los resultados de ese esfuerzo ¿Se cumplieron las esperanzas y expectativas que levantó la gran ola azul? ¿Se inició el 6 de noviembre el proceso de quiebre y resquebrajamiento del poder de Trump en los Estados Unidos? La respuesta a esta pregunta es ambigua.

Un sacudón importante

Si bien el tsunami que muchos predecían, o esperaban, llegó al 6 de noviembre debilitado, su fuerza alcanzó para sacudir algunas de las columnas más importantes de la fortaleza "trumpista", produciendo en el camino enormes, profundos y duraderos destrozos.

Para empezar por lo que la ola azul no pudo lograr, habría que señalar, en primer término, que la misma no alcanzó para alterar la relación de fuerzas existente en el senado, en el que los republicanos tienen la mayoría de los escaños desde 2015. Los demócratas no sólo no lograron revertir esa situación sino que perdieron incluso un par de bancas (pasando de 48 a 46).

En segundo lugar, el vendaval no alcanzó para darle la victoria a algunos de los candidatos que mejor habían logrado expresar los sueños y las esperanzas del electorado demócrata, tales como Beto O'Rouke (que perdió en Texas la disputa por una de las bancas del senado frente al actual senador republicano Ted Cruz) y Andrew Gillum (que, hasta el momento en que se redactó esta nota, perdía la gobernación del estado de la Florida por apenas 0,4 puntos). Tampoco alcanzó para darle la victoria a la que hubiera podido convertirse en la primera gobernadora de raza negra en los Estados Unidos, la candidata demócrata a la gobernación de Georgia, Stacey Abrams. El tsunami resultó sin embargo letal para los republicanos en otras importantes áreas del entramado político estadounidense. En primer lugar, la oleada demócrata permitió arrebatar a los republicanos el control en la Cámara de Representantes, abriéndoles la puerta de ese cuerpo a más de 30 nuevos diputados.

A nivel estatal, el vendaval azul logró además sumar al partido demócrata siete gobernaciones, cinco cámaras legislativas y más de 300 bancas (tanto de senadores como de diputados). Más importante aún, el partido demócrata logró sumar al menos siete trifectas (término con el que se designa en los EEUU al cuadro que resulta del control de un solo partido político de la gobernación, la cámara de senadores y la cámara de representantes).

En un área poco conocida o difundida, la ola azul permitió a los demócratas alzarse además con importantes procuradurías generales (attorneys general), una figura electiva de considerable peso político en los Estados Unidos. Los votos aportados por la oleada azul permitieron asimismo aprobar, a nivel estatal, una serie de consultas sobre algunos de los temas más sensibles para los demócratas, tales como la ampliación del acceso al voto, el control de la venta de armas y ampliación de beneficios de los programas federales de salud.

Un resultado ambiguo

Si se analizan los números de las elecciones desde el punto de vista de lo que éstos significan para el balance del poder político, el resultado es igualmente ambiguo. Tras la victoria republicana en el senado, Trump parece haberse asegurado la posibilidad de nominar y nombrar los jueces que integran tanto la Corte Suprema como los diversos tribunales de apelaciones.

Dado el hecho de que los jueces federales tienen mandato de por vida, y teniendo en cuenta la importancia que tanto la corte como los tribunales tienen en el tratamiento y resolución de casos claves, la posibilidad de nombrar dichos magistrados no es un logro menor.

Los efectos de la ola azul en la Cámara de Representantes, por su parte, permitieron a los demócratas restablecer en el país uno de los elementos claves del sistema de división de poderes estadounidense, como lo es la facultad de fiscalización de los actos del poder ejecutivo por parte del legislativo ("congressional oversight").

La Cámara controladora

Si se tiene en cuenta esta circunstancia, las elecciones del 6 de noviembre abrieron para la administración Trump un panorama inédito. A partir del próximo 3 de enero (fecha en que asumirán los legisladores electos), el presidente Trump deberá enfrentar, por primera vez en su mandato, la posibilidad de que la Cámara de Representantes convoque a sus funcionarios a rendir cuentas, inicie investigaciones sobre episodios de corrupción en su administración o reabra la investigación que el comité de inteligencia había iniciado a principios del año pasado para determinar, entre otras cosas, la posible existencia de nexos entre miembros del equipo de campaña de Trump y agentes de los cuerpos de inteligencia rusa. Más doloroso aún, la comisión de presupuesto podría obligarlo a dar a conocer sus declaraciones de impuestos, cosa a la que el presidente se ha negado sistemáticamente.

Como era previsible, Trump reaccionó de forma iracunda ante la posibilidad de controles sobre su administración. En una caótica e insólita conferencia de prensa al día siguiente de los comicios, el presidente prometió librar una guerra sin cuartel en caso de que la nueva mayoría demócrata decida llevar a cabo sus promesas de fiscalización del poder ejecutivo ¿Sobrevivirá Trump a la configuración de fuerzas surgida del 6 de noviembre? Cualquiera sea la respuesta a esta pregunta, los próximos dos años de la presidencia de Donald Trump prometen contarse entre los períodos más agitados de la vida política moderna estadounidense.

 

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