¿Y si suspendemos la cumbre del G-20?

Vergonzoso, bochornoso, papelón. Hay cientos de adjetivos para evaluar la final de la una Copa Libertadores que se caracterizó por los “resultados de escritorio”, una copa llena de desprolijidades en donde la Conmebol fue la vedette de este mamarracho de la inoperancia.
Y como si esto fuera poco, la frutilla del postre.
Los graves incidentes protagonizados en la llegada del plantel de Boca al estadio Monumental de Núñez por una gran parcialidad millonaria y la ineptitud policial para contenerla, escribieron una página más de la historia negra del fútbol argentino.
Si un grupo de inadaptados pudo torcer por horas la final histórica de los dos principales clubes argentinos y tomando en cuenta que solo había hinchada local, qué seguridad puede brindar Argentina a los mandatarios de los países más poderosos del mundo cuando se reúnan entre el viernes y sábado de la próxima semana en Buenos Aires, en el marco de la decimotercera cumbre global.
El Gobierno nacional pagará unos 750 millones de pesos solo por el encuentro entre los “grandes”. En tanto para reuniones menores y otros gastos el Gobierno macrista gastará 3.000 millones de pesos, cifra ostensiblemente menor a los 4.977 millones de pesos gastados en la cumbre anterior organizada por Angela Merkel en Alemania.
Quizás los tiempos han cambiado para algunos y para otros no. Es que los últimos gobiernos argentinos solo se preocuparon en mostrar al mundo el paralelismo entre Argentina y Disney Word, donde todo es tan perfecto como bello.
Pero adentro es otra cosa. Pobreza, indigencia, violencia, droga, corrupción o impunidad, entre miles de “pestes” que hacen peligrar la raza argenta, se convirtieron en una marca registrada “made in Argentina”. 
Y pensar que aún se discute pagar un bono extraordinario y miserable de 5.000 pesos.

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Sección Editorial

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