Dolores Lávaque: “Con mi libro aporto mi grano de arena a la industria del vino”



El resultado es una construcción comunitaria, polifónica, que lleva al lector a transitar también por aspectos culturales que se entroncan con la actividad como la gastronomía regional, la arquitectura colonial y propician el descubrimiento para el ojo no entrenado de cuán abundante es esta industria que se derrama en riqueza comunitaria, costumbres e incluso en un léxico propio que en este particular rescate se presenta riquísimo. 

¿Había una inquietud ancestral agitándose durante el viaje y la preparación de este libro? 
Sí. Tenía la intención de reconstruir mis raíces. Mi familia procedente del Líbano arribó al Valle Calchaquí y mi abuelo Gilberto fue el último en nacer en Cafayate. Si bien mi padre nació en Buenos Aires quiso volver al valle a reencontrarse con sus raíces y yo quise reconstruir esa historia e ir mucho más allá de nuestra familia y llegar hasta las familias en torno de eso. 
En este viaje tuvieron que ver no solo los bodegueros, sino sectores que acompañan la vitivinicultura con gastronomía, construcciones, tejidos y otros cultivos que toman parte en la ruta del vino. Fue un viaje en sí mismo. Fue subirnos primero al avión editor, fotógrafo, asistentes y luego a las camionetas y recorrer los valles bodega por bodega, pueblo por pueblo y hablar con cada uno de los personajes, hacer fotos, comer con ellos, escucharlos contar anécdotas y después a eso bajarlo a la computadora. Hablar con el fotógrafo para ir tomando de cada personaje lo que nos transmitía. 

¿Qué aspectos desconocidos se te rebelaron sobre tu padre y tu abuelo durante esta investigación? 
Por un lado me encontré con gente que me hablaba de mi padre y de mi abuelo con mucho cariño apenas sabían que yo era Lavaque. “Yo le tenía tanto afecto”, “a mí me dio esto”, “por mí hizo lo otro”, y me encontré con aspectos de mi padre que no conocía o una historia que desconocía por completo. Yo no estaba todo el tiempo pegada a él o él no me contaba todo lo que le pasaba en la vida entonces me iba enterando de pequeñas cosas que él había hecho. Tal vez para uno eran pequeñas, pero para otros enormes. Evidentemente había marcado muchas vidas por lo que me contaban. 

¿Cómo te recibieron las otras familias de bodegueros?
Estoy agradecida con los bodegueros porque viniendo de una familia vitivinícola agradezco mucho que le hayan abierto las puertas a este proyecto, que es cien por ciento mío. Me presentaba y les decía que quería escribir esto y ellos confiaron en que les pusiera mi impronta a sus historias de familia y proyectos y ahora lo ven como un gran aporte para la industria y el valle. 


¿Cómo se vive la vendimia en Cafayate?
Se vive con mucha tensión por un lado, porque es el momento clave y decisivo, cuando se ve la verdad del fruto de lo que se va a venir. Es el resultado de tanto tiempo y tanto trabajo, pero por otro es una fiesta en la que se celebra lo que nos regala la Madre Tierra. Son días de trabajo constante, arduo, y noches sin dormir, hay que estar cuidando los tanques, levantando las uvas 24 horas. 

¿Cómo ves el desarrollo actual de la ruta del vino vos, que en 2005 diseñaste el plan maestro para la Provincia?
Lo veo muy bien. Para mí el museo necesita una actualización, pero ya están mejorando la cartelería. Se están haciendo cosas y me parece la mejor ruta del vino del país por lejos. También es una región con gran accesibilidad. Las bodegas están cerca de la ruta y son fáciles de señalizar. Tiene buena hotelería y gastronomía. 

 
Uno de los mejores terroirs del mundo


Dolores Lavaque forma parte de la quinta generación de una familia dedicada a la vitivinicultura. Dice que halló su destino visitando viñedos por Cafayate junto a su padre, el bodeguero Rodolfo Lavaque. Ella estudió Hotelería y Comercio Exterior, trabajó en los establecimientos Bodegas Lavaque y Michel Torino y en 2001 fundó la Consultora STG, especializada en el negocio vitivinícola. En diálogo con El Tribuno se refirió también a la cultura que se nutre del vino cultivado en el Valle Calchaquí, a alturas que van de los 1.600 a los 2.000 metros sobre el nivel del mar. “En mi libro está la cultura paralela incluida, porque a mí me seduce completamente. Me parece que nutre un montón a la ruta y a la industria, y está dentro de la botella. El nombre del libro ‘La cima’ es un juego para indicar que los vinos salteños hoy están en su máximo esplendor por su calidad, el posicionamiento que adquirieron y ahora el desafío es mantenerlo”, señaló. Luego enumeró los pros y los contras de uno de los terroirs más altos del mundo. 
“Uno es que está aislado de todo, y por ello llegar con los insumos y botellas es complicadísimo. También lo es plantar y trabajar allá. Después, es casi orgánico, naturalmente, comparado con otras regiones. Va a ser muy saludable la plantación porque tiene mejor instalación y ventilación. No está encerrado ni expuesto a plagas”, sostuvo la escritora, quien al final de la presentación de su libro firmó ejemplares a la concurrencia. 


 

 

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