1983-2018: sueños y metas que siguen vigentes en Salta y el país

Los 35 años de democracia constituyen el período más prolongado de estabilidad institucional de nuestros dos siglos de historia como Nación. Detrás de ese dato se ocultan contradicciones, ya que ni la democracia ha logrado generar transparencia institucional, división de poderes ni representación genuina.

Es una democracia en borrador, todavía. Tal vez a todas las democracias les pase, no solo a la nuestra.

Pero en 1983 se clausuró para siempre el período inaugurado en 1930, cuando las fuerzas armadas comenzaron a funcionar como el partido alternativo del poder.

El autoritarismo, sin embargo, sigue inmerso en nuestra cultura y aflora en muchísimas manifestaciones políticas o ideológicas. 1983 fue un año fundacional para el país y para Salta.

Hace 35 años, Raúl Alfonsín llegó a la presidencia de la Nación con una impronta: la de restaurar el orden legal en un país "al margen de la ley". Si el exterminio de opositores -violentos o no- fue una violación de los derechos humanos, su develamiento eclipsó la gravedad de otras ilegalidades establecidas.

Esa bandera inmortalizó al ex presidente radical y fue su consigna llevada a los hechos minuto a minuto. Y la que le obligó a afrontar la oposición intransigente y arbitraria del poder sindical, y la insurrección sistemática de grupos militares antidemocráticos, los carapintadas.

Pero, a tientas y con tropiezos, la democracia pervive. Y la violencia política, en todas sus formas, quedó fuera de la escena.

Cuando Alfonsín llegó a la presidencia, Roberto Romero comenzó su gestión como gobernador de Salta.

A pesar de pertenecer a distintos partidos, ambos compartieron perspectivas y principios.

Romero apoyó a rajatabla la política de derechos humanos de Alfonsín, especialmente, los juicios a los jefes de las juntas militares.

También compartió con el presidente la visión plural de la política. No solo convocó a sus opositores internos del PJ al proyecto de gobierno, sino que designó en la Corte de Justicia a prestigiosos juristas representantes del más amplio espectro político y filosófico.

Y puso en marcha un proceso de reforma constitucional cuyos principios, con reconocimiento internacional, se mantienen plenamente vigentes.

Para nuestra provincia, por voluntad de los protagonistas y, también, por la evolución de los tiempos, al gobierno de Romero le tocó poner en el centro de la agenda y de la estrategia al problema social.

La creación de cientos de escuelas secundarias, que funcionaron a contraturno en primarias, el Bachillerato Salteño para Adultos y la consolidación de establecimientos terciarios corroboraron esos objetivos.

Al mismo tiempo, se fortaleció la Atención Primaria de la Salud, con una estrategia preventiva ejecutada en todo el territorio provincial por agentes sanitarios del Estado.

A esto se sumó la modernización de hospitales y la instalación del primer tomógrafo público del NOA.

La dictadura había triplicado la pobreza, sextuplicado la deuda externa y destruido la industria. El escenario económico del país era complejo.

El gobierno de Roberto Romero apostó fuerte al desarrollo de actividades que podía generar actividad y empleo y revitalizar la producción.

Los planes de vivienda permitieron construir 9.000 casas y unas diez mil soluciones habitacionales en cuatro años. Junto con la obra pública, produjeron un shock positivo en la construcción.

El proyecto turístico apuntó a potenciar las condiciones naturales de Salta como centro receptivo. El teleférico y el Delmi, dos obras que en su momento se consideraron faraónicas, formaron parte de esa estrategia. Pero el despliegue de la Secretaría de Turismo por mejorar y multiplicar la hotelería, el transporte y la atención a los visitantes fueron el envión poderoso que se proyectó hacia el futuro. Hubo publicidad pero, sobre todo, gestión y profesionalidad. Por sus condiciones personales, Romero alentó la iniciativa privada para desarrollos agroindustriales, mineros y de servicios.

Todo ese impulso era un signo de los tiempos.

Romero y Alfonsín coincidieron también en la imperiosa necesidad de fortalecer el interior y federalizar al país.

El presidente encaró el proyecto para convertir a Viedma en capital del país. Se proponía la descentralización administrativa, similar a la que décadas antes se concretó con Brasilia en nuestro principal socio. Alfonsín fue, además, artífice del Mercosur.

"Integración regional" fue la consigna que en la Salta de los ochenta se reflejó en el Geicos, el corredor bioceánico y en el proyecto del Norte Grande, que aún es una asignatura pendiente, pero que todos los gobernantes reivindican.

No es fácil, claramente.

El legado de 1983

Todo lo que se instaló como una semilla en aquel país requiere una construcción que demandará tiempo, porque requiere que la política y el Estado lo asuman generosamente, y que se haga cultura en la ciudadanía.

Democracia republicana y representativa, derechos humanos universales, equidad social, producción, empleo, educación y salud pública son columnas y pilares del desarrollo humano. Los libros y las películas de aquellos años expresan aquellas expectativas. Los de estos tiempos abundan en desilusión y cierta furia. Desde 1983, la pobreza se duplicó, se degradó la calidad del empleo y la inflación anual promedia un 70%. Más allá de ciertas manifestaciones extremas, todos los argentinos seguimos necesitando y soñando un país normal, que era lo que se buscaba en 1983.

Y que será posible si se logra un acuerdo para construirlo.

 

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