Sarmiento y los gauchos. Sarmiento, como muchos de nuestros forjadores de la Argentina, poseía numerosos atributos, como haber sido político, pensador, periodista, educador, militar y ensayista polémico, además, por supuesto, de Presidente de la Nación.

También era manifiesto su rechazo hacia el "gaucho", a quien consideraba ignorante y fácilmente manipulable por los caudillos del interior, rechazo que se puso de manifiesto en muchos de sus escritos, por ejemplo, en una carta al general Mitre en la que le recomendaba que "no ahorre sangre de gaucho". Sin duda, esta frase de Sarmiento y otras por el estilo resultan chocantes e indudablemente son injustas. Es como si, en el presente, se deslizaran frases despectivas relacionadas con nuestra población más frágil, lo que nos produciría indignación, porque la fragilidad que padecen no es una elección propia sino el resultado de la poca visión y decisión de nuestros gobernantes para resolver este grave problema.

Expresiones y acciones

Ahora bien, la importante diferencia entre las expresiones y las acciones de Sarmiento es que su indignación con los gauchos hacía referencia al deseo de que salieran de su situación de ignorancia porque, como él mismo constató en el primer censo que se hiciera en la Argentina bajo su presidencia, en 1869, el 87 por ciento de la población era analfabeta, y a partir de su preocupación porque se superara esa situación, llevó adelante, junto a sus contemporáneos, tanto bajo su presidencia como posteriormente como colaborador de las presidencias siguientes, la más formidable y titánica obra educativa que se hiciera en la Argentina y en toda América Latina, trayendo para ello maestras de Estados Unidos, país al que admiraba por su elevada educación que Sarmiento veía como sinónimo de democracia, destacando que no se inclinó por las maestras estadounidenses por su condición de protestantes, sino por su idoneidad para la formación de las personas.

Similitudes y diferencias

Es claro, como se decía anteriormente, el paralelismo que puede notarse entre el gauchaje de la época de Sarmiento y nuestra población bajo la línea de pobreza de hoy.

En efecto, en ambos casos, su número es importante a la vez que preocupante, y en ambos casos también se aprecia el "uso" que muchos políticos hicieron y hacen de esa población postergada. En los tiempos de Sarmiento, el gaucho nutría las montoneras que se rebelaban contra el nuevo orden de la Organización Nacional, y en los tiempos actuales, la población frágil de la Argentina alimenta el "ejército electoral de reserva" que permite ganar elecciones y mantener en el poder a aquellos políticos que se apoyan en su voto.

Sin embargo, son también claras las diferencias. Sarmiento no era "políticamente correcto" y decía lo que pensaba, o lo que su impotencia e indignación le llevaban a decir arrebatadamente. Sin embargo, esa rabia justamente expresaba su frustración porque los argentinos no dispusiéramos de la herramienta que a los estadounidenses les había permitido cimentar su democracia y su poderío económico y militar creciente, no obstante haber sufrido, ellos también, amargos enfrentamientos civiles. Esa rabia fue para Sarmiento la inspiradora para su titánica obra educativa, mérito que por supuesto comparte con sus contemporáneos de entonces, en especial, su sucesor en la presidencia, Nicolás Avellaneda.

Por su parte, muchos de los políticos de hoy, que expresan a viva voz su rechazo a Sarmiento en sus expresiones, al momento de las acciones no solo no hacen absolutamente nada para sacar a la población que necesita perentoriamente trabajo, educación, vivienda y obras esenciales de saneamiento, sino que la usan impúdicamente como "ejército electoral", perpetuando su condición cuando no incrementándola aunque sea por omisión, al no hacer nada para modificar su estado de cosas.

¿Bárbaros e ignorantes?

La paradoja, que también asombra a muchos países del mundo, tal vez principalmente a nuestros hermanos de América Latina, es que la formidable obra educativa que se acometiera desde las "presidencias históricas" y por varios años a continuación (por ejemplo, el segundo censo arrojó una tasa de analfabetismo del 53 por ciento, contra el 87 por ciento de 1869, y el censo de 1914, una tasa del 36 por ciento) se estancara y retrocediera posteriormente, creando esta masa actual de población frágil que une a su condición de pobreza extrema, una baja educación, sin que una gran parte de la dirigencia de la Argentina pudiera, o quisiera, modificar esa situación, tal vez, como se decía en líneas anteriores, porque esa condición es funcional, al menos a un sector de la dirigencia política, que no realiza esfuerzos o no quiere realizarlos, para cambiar ese estado de cosas.

Existe, no obstante, otra paradoja, que consiste en que quienes serían el equivalente de los “civilizados” de los tiempos de Sarmiento y sus contemporáneos, a diferencia justamente de estos, no solo no llevan a la práctica acciones transformadoras, o al menos no las logran, sino que parecería que ignoran los mecanismos para llevarlas a la práctica.

En efecto, además de la creciente pobreza e indigencia que asola a la Argentina aunque no independiente de ella, está el endémico problema de la inflación que agobia a nuestro país desde la década de los 40 del Siglo XX y que, como es sabido, afecta de manera especialmente cruel precisamente a esta parte más frágil de nuestra población, resultando francamente curioso que, a diferencia de otros países que también han padecido este flagelo las propias economías de América Latina, sin ir -literalmente más lejos, la Argentina pruebe permanentemente con recetas que no dan ningún resultado, e incluso proporcionan respuestas que, en lugar de abatir el flagelo, lo exacerban. Por cierto, la paradoja se encuentra en que, quienes están al frente de la conducción de las herramientas de política económica, se supone que pertenecen a los grupos “civilizados”.

En otras notas se han señalado algunos aspectos los advertidos por el autor, que parecen no ser tenidos en cuenta para resolver, cuanto menos, el problema de la inflación que es sin duda condición previa para hacer frente a los otros muchos problemas de la Argentina. Cualesquiera sean las causas que explican de manera integral el problema de la inflación, es evidente que la forma de abordarlo consiste en el empleo del método científico que se basa principalmente, en la observación y no, como parece apreciarse en la conducta de muchos de los responsables de política, en el principio de autoridad que, como es sabido, es tal vez el más peligroso enemigo de la ciencia. Ojalá la sabiduría de los “civilizados” se imponga en definitiva, y sea la ciencia y no los dogmas los que rijan las decisiones que se tomen para cerrar la verdadera “brecha” de los argentinos, que es la que media entre la parte frágil de la población que es cada vez mayor, y la “civilización”, que muchas veces parece no comprender el problema.

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