Día Internacional de la Felicidad
Sonreír y reflexionar en el Día Internacional de la Felicidad
Mientras que otros países celebran, en Argentina la fecha no tiene repercusión. La búsqueda del estado de bienestar es inagotable para el ser humano.

Jigme Singye Wangchuck imprimió sus letras en la Historia el 2 de junio de 1974, cuando, como cuarto rey de Bután y con 16 años, se convirtió en el monarca más joven del mundo. Al comenzar su reinado, el públicamente reconocido como Rey Dragón IV decidió que la filosofía de su gobierno iba a basarse en hacer felices a sus súbditos. Para ello, concibió un concepto revolucionario: la felicidad nacional bruta (FNB). La FNB es hoy un indicador de nivel de vida que se utiliza internacionalmente como complemento del producto bruto interno (PBI). La FNB se calcula midiendo nueve puntos: el bienestar psicológico, el uso del tiempo, la vitalidad de la comunidad, la cultura, la salud, la educación, la diversidad medioambiental, el nivel de vida y el gobierno. Los butanenses, no contentos con ello, presentaron la idea de que se homenajeara a la felicidad ante la Asamblea de las Naciones Unidas (ONU), que el 28 de junio de 2012 decidió proclamar que el 20 de marzo se celebre el Día Internacional de la Felicidad.

 

Mientras que muchas ciudades alrededor del globo se atavían con decoraciones variopintas, en los cines proyectan comedias, en los teatros reponen obras humorísticas y un sinfín de personajes salen a las calles para arrancar sonrisas espontáneas de los transeúntes, en Argentina la fecha tiene escasa repercusión.

Según el Informe Mundial de la Felicidad 2018 de la ONU, Argentina se ubica vigésimo novena en el ranking, detrás de otros países latinoamericanos como Costa Rica (13º), México (24º), Chile (25º) y Brasil (28º). En una lista conformada por 156 naciones su ubicación no se ve mal, sobre todo en relación con Bután, el padrino de la celebración, que se encuentra nonagésimo séptimo.

Si bien razones para conmemorar no parecen faltarle, el país le ha vuelto la espalda por el momento al Día Internacional de la Felicidad. Aún así es válido preguntarse por la búsqueda del bienestar, primordial para el ser humano. Según la facilitadora gestáltica Carolina Fernández en las sesiones terapéuticas las personas le preguntan indeclinablemente qué necesitan para ser felices.

Entonces ella las instruye acerca de una diferencia trascendental: el “ser” feliz y el “estar” feliz. “Ser tiene que ver con la identidad y estar con un estado. No es posible ser feliz las 24 horas del día, por ello existe una gran confusión con el verbo. Preguntamos ¿Vos qué sos? Arquitecta. Y en realidad es también un estado. Estás siendo arquitecta en el momento de construir una casa o hacer un plano, pero si estás jugando con tus hijos estás siendo mamá, cuando tenés pacientes enfrente estás siendo terapeuta. Solemos usar la palabra ser para presentarnos como yo soy estudiante, yo soy viuda. Cuando la viudez es un estado”, destacó. Añadió que también la alegría y la felicidad corresponden a nociones distintas, aunque aparentemente sean sinónimos. “La alegría tiene que ver con una reacción fisicoquímica que genera la hormona serotonina en el cerebro, es una sensación que dura un breve lapso de tiempo”, dijo. Agregó que entender este concepto sirve para aproximarse a la idea de que es posible llegar a un estado de felicidad, si se es capaz de gestionar los estados emocionales. “El yo soy no lo puedo cambiar porque no puedo dejar de ser. No soy antipático, sino estoy antipático ante esta persona y puedo cambiar si es que lo deseo. Eso me da poder y me hago responsable y dejo de echarle la culpa al mundo de lo que me pasa”, sintetizó. Así, la felicidad se relaciona con la responsabilidad y la conciencia.

De acuerdo con Carolina Fernández, para activar la felicidad hay que volverse responsables de lo que a cada uno le está aconteciendo, situaciones necesariamente devenidas de aquello que se fue eligiendo. Y a partir de allí volcarse a la toma de decisiones, las que, advirtió, son de sustancia diferente que las elecciones. “Cuando tomás una decisión no tenés idea de cómo va a ser cada camino, porque no tenés la información suficiente para decidir si te va a gustar o no. Cuando elegís es porque te tomaste el tiempo de recoger la información y tenés la capacidad para proyectarte a vos mismo y ver dónde te ves. Si aprendo a elegir estoy más cerca de un estado de felicidad”, definió. Añadió que a contrapelo de las creencias y los mandatos familiares, sociales, culturales y religiosos que se transmiten sin cuestionarlos, el estado de felicidad es personalísimo. “Puedo estar feliz observando cómo crece una plantita de menta y otro puede estar feliz al hacerse un café. El único que sabe qué necesita para tener un estado de felicidad es cada uno. Si alguien aconseja u opina desde sus recursos, pues estos no van a ser nunca los recursos que otro dispone y así no le servirá”, destacó. Entonces expresó que su rol al acompañar a otros en sus procesos de crecimiento personal es el de hacer preguntas para orientarlos. “Le pregunto al otro qué lo hace feliz, no le digo que para encontrar la felicidad tiene que...”, acotó. Por último, señaló que la toma de conciencia acerca de la felicidad supone entender que esta conlleva una polaridad ineludible, necesaria para percibir cuándo se está feliz o no. “No vamos a ubicarnos siempre en la felicidad, porque sí o sí va a existir un lado contrario. El polar puede ser la tristeza, la abulia, la depresión; pero para ninguno va a ser el mismo. Implica ser consciente de que siento felicidad porque estoy haciendo tal cosa y darme cuenta de ello para repetir esa actividad cuando quiera reconectarme con la felicidad”, explicó.

Ni fama ni fortuna

Existen pocos estudios con objetivos tan singulares como el de desarrollo de adultos de Harvard, que dirige Robert Waldinger. Doctorado en Psiquiatría por la Escuela de Medicina de Harvard, psicoanalista y sacerdote zen, comandó un proyecto único que fue desarrollado durante 75 años y cuya búsqueda se centró en la clave de la felicidad. La pesquisa se inició con 724 sujetos de análisis en 1938, de los cuales aún vivían 60 en 2015 -cuando se dieron a conocer las conclusiones de la investigación- y se fueron incorporado al proyecto las esposas, hijos, nietos y bisnietos de los individuos originales. El propósito era analizar aquellos factores que llevan al ser humano a vivir una vida sana, plena y, sobre todo, feliz. Desde su origen (antes de la Segunda Guerra Mundial) el estudio fue diseñado para analizar dos grupos objetivo: uno estaba conformado por estudiantes de Harvard y otro por muchachos de familias de bajos recursos económicos ubicados en los suburbios de Boston. Lo sorprendente fue que las conclusiones aplicaron por igual para los muchachos ricos de Harvard y para los adolescentes de niveles de educación baja de Massachusetts, para los “baby boomers” del siglo pasado y para la “generación Z” de hoy.

Cuando Waldinger les pregunta hoy a sus estudiantes millennials lo que esperan lograr en la vida para ser felices el 80% le responde dinero y el 50% le contesta fama. Mientras que el estudio de Harvard concluye que ni el dinero ni la fama dan una vida sana, plena y mucho menos feliz.

Si lo que muchos esperan (el dinero y la fama) no son factores que llevan a una vida feliz entonces ¿cuál es la clave de la felicidad? Y la respuesta es muy simple: tener relaciones humanas saludables y constructivas.

De acuerdo con esta investigación, la soledad es la condición que en el tiempo provoca la mayor cantidad de enfermedades físicas y psicológicas. Es importante aclarar que se puede estar solo aun rodeado de amigos y en un matrimonio (o familia) disfuncional. De hecho Waldinger aclara que en su estudio las personas que decidieron permanecer en matrimonios conflictivos y poco afectivos mostraron efectos dañinos aún peores que el de la soledad. Incluso tener muchos amigos no califica para tener relaciones humanas saludables y constructivas.

Las personas que vivieron más años, con salud y más felices no eran aquellas que tenían mejores niveles de alimentación ni las que hacían más ejercicio ni las que trabajaron más duro ni las que tenían más fama o fortuna. Las personas que manifestaban que sus vidas eran más plenas, saludables y felices eran aquellas que habían dedicado muchos años y mucho esfuerzo a construir relaciones profundas, de confianza a prueba de crisis, de amor, de respeto y de crecimiento personal.

Y sí el estudio habla mucho de las parejas porque la pareja es fundamental para construir estas relaciones funcionales. Muchas parejas felices mostraban conflictos y fricciones, pero lo que las hacía sólidas en el largo plazo era el sentido de pertenencia, empatía y apoyo en los tiempos difíciles.

La cátedra del ser feliz

Casi 1.200 estudiantes de la Universidad de Yale, aproximadamente uno de cada cuatro alumnos de esa casa de altos estudios, se inscribió este año en la clase “La psicología y la buena vida”. La materia, que imparte la profesora de Psicología Laurie Santos, busca enseñar a los estudiantes cómo vivir una vida más feliz y satisfactoria en sus dos conferencias semanales. Santos cree que el interés en la cátedra se debe a que en el secundario los estudiantes tuvieron que dejar de lado su felicidad para concentrarse en el ingreso a la universidad, con la adopción de hábitos de vida poco saludables que conducen a lo que ella calificó “una crisis de salud mental”. Agregó que su materia es “la clase más difícil”, porque implica un verdadero cambio en los hábitos de vida y que los estudiantes tengan que rendirse cuentas a sí mismos.

La felicidad, en boca de los célebres

Cuando se habla de la felicidad, la mayoría lo asocia a un estado de satisfacción, y aunque realmente esa es su definición, siempre es interesante conocer qué matices para determinarlo han usado personas reconocidas.

Voltaire, escritor y filósofo: “Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una”.

Pat Conroy, escritor: “La felicidad es un accidente de la naturaleza, un hermoso e impecable accidente”.

Edith Wharton, escritora y diseñadora: “Existen dos maneras de difundir la felicidad: ser la luz que brilla o ser el espejo que la refleja”.

Pepe Mujica, político: “Aprendí que si no puedes ser feliz con pocas cosas tampoco vas a ser feliz con muchas cosas”.

Coco Chanel, diseñadora de moda: “La felicidad también consiste en aquello que has dejado ir por tu propio bien”.

Isabel Allende, escritora: “La felicidad que se vive deriva del amor que se da y más tarde ese amor será la felicidad de uno mismo”.

Bob Marley, músico y compositor: “El hecho de que seas feliz no significa que el día sea perfecto, significa que has ido más allá de sus imperfecciones”.

Bette Midler, actriz y comediante: “La peor parte del éxito de nuestras vidas está en tratar de encontrar siempre a alguien que sea feliz por ti”.

Maxim Gorki, escritor y político: “La felicidad siempre parece pequeña si se mantiene en tus manos, pero si la dejas ir, se aprende lo grande y preciosa que es”.

Steve Maraboli, orador motivacional: “Perdona. Aprende. Sigue adelante. Deja que tus lágrimas rieguen las semillas de tu futura felicidad”.