En la rueda de prensa del miércoles vi al presidente Mauricio Macri sereno, didáctico, con ideas centrales claras, y abierto al diálogo. Vale decir, exhibió las cualidades que deben adornar a un jefe de Estado cuando le toca hacer frente a desafíos enormes como los que tenemos hoy los argentinos.

Una y otra vez el presidente caracterizó al déficit público como el centro de nuestros problemas. En realidad, a mi modo de ver, es cierto que alrededor de este déficit giran problemas como la pobreza, la falta de competitividad internacional de nuestra producción, las penurias de las economías regionales, el exagerado costo laboral unitario, la fortaleza o debilidad de nuestra moneda, las altas tasas de interés internas, el endeudamiento y, por supuesto, la agobiante in flación.

Sin embargo, la prioridad que, acertadamente, Macri asigna a la lucha contra el déficit y la inflación no puede ocultar la otra cara del problema: me refiero a los obstáculos que ralentizan nuestro desarrollo económico y humano y dificultan el crecimiento de nuestra pro ducción.

Si bien es verdad que la Argentina viene registrando siete trimestres de crecimiento del PBI, es igualmente cierto que la magnitud de este crecimiento es harto insuficiente para resolver los problemas del empleo, para abatir la pobreza, y para situar a nuestra economía a la altura de los desafíos que provienen de la economía mundial que se reacomoda y reconvierte generando, como no, ganadores y perdedores nacionales y sectoria les.

La acechanza de tres errores

Volveríamos a equivocarnos si el Gobierno, los principales actores sociales, económicos y políticos, y la propia ciudadanía nos concentráramos en un debate sobre-ideologizado (por ejemplo, alrededor del carácter benéfico o satánico del FMI). Otro tanto ocurriría si las corporaciones -que pueblan todos los escenarios de nuestra vida cotidiana- tomaran la iniciativa y se enzarzaran en conflictos distributivos en donde cada uno defiende sus espacios conquistados e incluso sus privilegios y rechaza cualquier acuerdo nacional orientado a reordenar y reorientar las reglas que encauzan la producción, la tributación, la distribución de las rentas (incluidas las ayudas sociales).

Un tercer error, que ronda los actuales debates, es aquel que pretende reducir la crisis (o las dificultades coyunturales) a simples problemas monetarios, cambiarios y especulativos que terminarán siendo resueltos por un Banco Central independiente, poderoso y desentendido de la suerte final de la producción, del empleo, y de la asistencia social.

La otra mochila

Soy de los que piensan que la Argentina arrastra una segunda y pesada mochila que, en los años que corren, es una incómoda compañera de ruta de la mochila del déficit, la inflación y un sinnúmero de desequilibrios concomitantes. Esta segunda mochila está cargada de carencias en materia de infraestructuras, de rutinas anquilosadas y de regulaciones que -como intenté explicar en una columna anterior- distorsionan la economía social de mercado hasta transformarla en un Capitalismo de Estado, Pre bendario y de Amiguetes.

Más allá de los encomiables esfuerzos que realizan algunos ministerios relacionados con la producción, y de los recientes logros parlamentarios que permitieron la aprobación de una Ley de Financiamiento Productivo y de una nueva Ley de Defensa de la Competencia, el gobierno Macri no se ha mostrado organizado ni eficaz a la hora de abordar este segundo ámbito de problemas.

La Argentina precisa, urgentemente, definir un Programa de Reformas Estructurales orientadas a integrarnos al mundo, a fomentar la competencia y la productividad, a mejorar permanentemente la formación de nuestros empresarios, trabajadores y administradores públicos, a facilitar la incorporación de nuevas tecnologías.

En realidad, este programa debería sentar las bases para lo que podríamos llamar un nuevo modelo económico y social que mande al baúl de los malos recuerdos a aquel Capitalismo de Estado, Prebendario y de Amiguetes.

Si en los 90, por imperio de la coyuntura, la meta fue la desregulación, hoy deberíamos pensar seriamente en re-regular actividades, mercados y desempeños. Entre otra áreas, la logística (transporte, carreteras, puertos, correos), la energía, las comunicaciones (telefonía, datos), la salud, el comercio (interior, pero sobre todo exterior), la banca, los servicios (calidad y precios), la negociación colectiva y la libertad sindical (extrañamente ignorados en la "reforma laboral" que propone hoy el Gobierno) deberían ser objeto de nuevas regulaciones que eliminen improntas corporativas y privilegios que nos condenan a malvivir en la reiteración de ciclos económicos que nos enfrentan y empobrecen.

Federalizar la mayor cantidad de reglas posible, definir un programa de infraestructuras para el Norte y aprobar el plan de erradicación de asentamientos, son prioridades, reconocidas por el gobierno pero que no se ha traducido en hechos concretos.

Aunque, como bien apuntó el presidente Macri en su comparecencia de ayer, no corresponde al FMI marcar rumbos para nuestro país, es harto probable que este organismo internacional, antes de otorgar préstamos a tasa favorable, pregunte qué piensan hacer los argentinos y su Gobierno para multiplicar el volumen de su producción, para vol ver a crecer a "tasas chinas".

Mi muy acotada experiencia en estos asuntos me indica que no sería prudente esperar que el prestamista nos formule estas preguntas y termine sorprendiéndose de nuestros balbuceos y nuestras indefiniciones. Sería más prudente que el Gobierno defina su propio Programa de Reformas Estructurales, nos lo explique a los ciudadanos mientras procura consensuarlo con la oposición responsable y con los actores sociales y, después lo presente al mundo.

 

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Debe iniciar sesión para comentar

Importante ahora

cargando...