Paul Auster: “Me gusta escribir libros que perturben, que desorienten”

    

Julieta Grosso - Télam

El narrador parece haber cedido a la fantasía peturbadora de la novela totalizante que se incrusta en una genealogía de narradores -Herman Melville, Thomas Pynchon- que ya han sucumbido antes a la tentación de escribir “la gran novela americana” y que funde en un mismo plano la epopeya individual de un hombre -en este caso ramificado en cuatro- con el devenir colectivo de un país, Estados Unidos, radiografiado a través de hitos como la guerra de Vietnam, el asesinato de John F. Kennedy o el movimiento por los derechos civiles de mediados de los 60. 
El hombre de destino maleable que recrea Auster en su nueva novela se llama Archie Ferguson, pertenece a una familia de inmigrantes judíos radicada en Nueva Jersey y ha nacido en 1947, el mismo año de su natalicio: no es el único referente biográfico que cede a su personaje en esta saga de sintaxis desaforada que retoma experiencias vividas por el narrador, como la historia del amigo a quien vio morir en su adolescencia cuando fue atravesado por un rayo y que en este caso se convierte en la fatalidad que aniquila una de las vidas del protagonista.
El autor disemina en esta estructura de 967 páginas algunas de las vivencias que más lo han marcado, pero no con pretensión evocativa sino ante todo lúdica, porque de lo que se trata en “4321” es de confrontar a un hombre con la constatación en paralelo de quién es y quién pudo haber sido. Y lo que sobrevuela en el cuarteto de progresiones es la sospecha de que las personas asoman al mundo con un núcleo genético que sobrevive al peso del azar y la contingencia.
Así ocurre con las cuatro variantes de Ferguson que se narran alternadamente de acuerdo a un circuito cronológico que arranca en la infancia y confluye en la adultez: ya sea que su padre se vuelve rico y no le dedique mucho tiempo o que muera en un incendio y lo condene a la penuria económica, en todos los casos se mantendrá inalterable la vocación de Ferguson por la escritura.
“4321” (Seix Barral) ocupa en decimoséptimo lugar en la producción novelística de Auster, que debutó en la literatura con el intimista “La invención de la soledad” y hoy acumula una treinta de obras entre poesía, ficción y ensayo que incluye obras como La trilogía de Nueva York, El palacio de la luna, Leviatán y El país de las últimas cosas, que le han valido el Premio Medicis o el Premio Príncipe de Asturias, así como una breve incursión en el universo cinematográfico que exploró en films como Smoke, Blue in the Face y Lulu on the Bridge.
En el medio de una sinuosa gira que lo llevó a distintas ciudades europeas y ahora lo sitúa en Buenos Aires, Auster luce cansado y amable en la entrevista con Télam y la única distracción del encuentro es la aureola azulada que emite el cigarrillo electrónico que de a ratos se lleva a los labios para remedar el ritual que dejó atrás hace tres años, cuando decidió dejar de fumar.
Viste sport y despliega su gigantesca estatura en uno de los sillones del hotel porteño acondicionado como un lounge informal con cocina y vista parcial a los edificios de la zona de Retiro.
Por su extensión y sus connotaciones ¿Este texto es el más disruptivo de toda su producción?
Este es un libro más, no forma se puede tomar como una evolución ni como la contracara de mi obra previa. Parece distinto porque es muy voluminoso -nunca había escrito un texto tan extenso- y porque se puede leer como cuatro novelas pero no lo es.
La escritura me conecta con el mundo de una manera que la vida cotidiana no logra hacerlo. Hace más de 50 años que vengo escribiendo y ya no tengo que pensar la escritura de la misma manera que lo venía haciendo cuando empecé: ya es algo corporal. Siempre está esa sensación de riesgo, aventura y confusión 
Y en este caso, el disparador fue pensar en cómo hubiera incidido en mi vida esta idea de la variación que exploro en el libro: qué hubiera pasado conmigo, por ejemplo, si mi padre hubiera muerto cuando yo tenía siete años. 
En la novela justamente son recurrentes las alusiones a la muerte, en especial cuando en una de las versiones muere el padre de Ferguson ¿Hay alguna conexión entre lo que reflexiona el personaje y el hecho de que empezó a escribir este libro cuando tenía 65 años, la misma edad en que su padre murió?
No sé si esas cosas están relacionadas, pero sí es cierto que cuando llegué a la edad que tenía mi padre cuando murió fue una experiencia muy extraña. Sentí que perforaba una especie de cortina y aterrizaba en un país nuevo, extraño. Me llevó un tiempo superar esa sensación de que estaba viviendo una edad a la que mi padre no había llegado sin sentir que en cualquier momento yo también me podía morir. Durante ese proceso, sentí ganas de abandonar este proyecto, me asaltaba la idea que podía morir en cualquier momento y el libro iba a quedar inconcluso.
Mi padre murió haciendo el amor, le estaba haciendo el amor a su novia cuando tuvo un ataque al corazón. Imaginé que yo podía morir así tan de golpe. De hecho, mientras he escrito otros libros acepté invitaciones para hacer alguna presentación o me he ido de vacaciones. Con este en cambio la dedicación fue absoluta. Creo que hubiera sido terrible escribir un libro de mil páginas y morir antes de terminarlo. Finalmente trabajé tanto en este libro que al momento de terminarlo casi me desmayo. Recuerdo que al pararme me tuve que agarrar de las paredes para no caer. Estaba exhausto.
Una de los posibles Ferguson habla de a propósito de su aspiración como escritor de “observar el mundo como el más entregado realista” pero ofrecer una versión de la realidad ligeramente deformante ¿Cómo funciona para su escritura esa zona de intersección entre la verdad y la ficción?
Los libros siempre nos cuentan cosas extrañas, cosas que a veces no necesitamos saber y otras cosas que ya sabemos. Creo que hay que tratar de vincular lo familiar con lo extraño en un intento de entender la realidad de una manera nueva. Los escritores tenemos que cambiar la forma en que miramos el mundo cotidianamente. ¿Para qué sirve el arte si no es para provocarnos y tratar de ver las cosas con una nueva mirada? 
Lamentablemente a veces la gente se conforma con leer libros que son muy parecidos a otros libros. Sienten que eso los reconforta. Por eso se leen tantos thrillers, que cuentan una y otra vez la misma historia. Por tres horas o más se dejan atrapar pero cuando cierran el libro no quedan pensando en aquello que leyeron. Vuelven a sus vidas como siempre. No es para eso que elegí decidí ser escritor. A mí me gusta escribir libros que perturben y desorienten.
¿El recorrido que plantea la novela es indeclinable o piensa que el lector puedo imponer también su propio protocolo de lectura leyendo cada variante de Ferguson por separado como si se tratara de cuatro novelas diferentes?
Algunas personas me comentaron que lo leyeron de esa manera: eligiendo a un Ferguson y siguiendo su historia hasta el final. Creo que no es la mejor manera de leerlo, es más, le diría que es erróneo concebirlo así. La novela es una especie de máquina en movimiento y si no te dejas llevar por ese ritmo no tiene mucho sentido escoger una parte una historia y seguirla hasta el final para supuestamente entenderla. Si no se sabe qué le está pasando a los otros es menos interesante cuando llega la etapa siguiente.
En “4321” pone en juego una escritura expansiva que revierte su propensión a una prosa minimalista aunque muchos de los fraseos extensos tienen algo de la cadencia poética ¿La poesía está mucho más presente en esta novela de lo que uno supone a simple vista?
En esencia, pienso como poeta y quiero que mi prosa tenga la música de la poesía. Una de las cosas que siempre tengo en mente cuando escribo me la dijo el gran poeta Edmond Jabes, a quien conocí en París. El estaba presentando su obra “El pequeño libro de la subversión fuera de sospecha” y recuerdo que me dijo que todo escritor debería ser subversivo pero en realidad la única cosa subversiva es la claridad. Pensemos en Kafka: no hay escritor más claro que Kafka. Ningún otro nos perturba más que él. Pienso en eso cada vez que escribo.

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