Las definiciones políticas de los últimos días hicieron previsible el resultado de la votación en el Senado en la madrugada de ayer.

La estructura federal de nuestro sistema republicano finalmente llevó a que, esa mayoría silenciosa que busca alternativas valiosas que eviten tener que optar entre la vida de la madre y la del hijo, encuentre una expresión política que la represente. Las encuestas marcaban un rechazo mayoritario a la ley de aborto en el interior; y desagregando algunos datos, la opinión era similar entre los sectores menos acomodados, entre las mujeres y entre los jóvenes. La legalización del aborto, en cambio tenía mayoría en los centros urbanos, y entre los sectores de más poder adquisitivo.

Evidentemente los humildes "no compraron" que esta movida se hacía para el resguardo de sus derechos.

La media sanción rechazada por los senadores (38 votos en contra del proyecto versus 31 a favor) era excesiva desde todo punto de vista, de modo tal que ni siquiera logró el apoyo de algunos partidarios moderados de la legalización del aborto. Pretendía instaurar un sistema policíaco destinado a producir abortos, sin atender a las condiciones de vulnerabilidad de la mayoría de las mujeres que se plantean la disyuntiva de tener que abortar.

Pasada la página, los argentinos hemos tomado conciencia de las enormes falencias de nuestra sociedad respecto de esta problemática. No están las cosas bien y hay que realizar cambios profundos.

En primer lugar, cumplir con la Constitución Nacional implementando un régimen integral de seguridad social para el menor desde el embarazo y de su madre, de modo tal que ninguna mujer argentina opte por el aborto "porque no tiene otra alternativa".

Tan importante como este punto es el acceso de todas las mujeres a servicios obstétricos de excelencia en todo el país.

El ejemplo chileno es muy valioso, ya que en un sistema que no contemplaba el aborto (hasta el año pasado) llevó las tasas de mortalidad materna al nivel de los países líderes en el mundo. Claro que estas acciones requieren una considerable inversión y eso es justamente lo que debemos exigir como política pública prioritaria.

Dicho sea de paso, todo hospital público, sobre todo en las zonas menos favorecidas de la república, debe tener excelencia en absolutamente todos los servicios, para empezar a hacer efectiva la igualdad de oportunidades. Porque si continúan las actuales carencias en esos centros asistenciales de alto valor social, que nadie ignora, los políticos deberían callarse la boca en vez de decir que se preocupan por los pobres.

Párrafo apararte merece el tema educativo, como uno de los ejes del cambio que el país debe encarar después de un debate tan profundo como intenso, que protagonizó prácticamente todo el país.

También debe asegurarse el acceso de todos a una educación de excelencia. Y en este contexto debe impartirse educación sexual integral con la participación de las familias, que tienen derecho a que sus hijos reciban una educación moral que esté de acuerdo a sus propias convicciones. La educación sexual tiene una innegable dimensión moral y no debe ser el botín de guerra de nadie. Debe atender las dimensiones afectivas y espirituales de los jóvenes y no reducirse a promover la visión de género, enseñar métodos anticonceptivos, y alentar a los niños a una iniciación sexual cada vez más temprana. Porque otra cosa que ha quedado claro en este debate es que los pobres tienen valores y que no son tan maleables como pensaron algunos.

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