Un día en la escuela Trevisan, donde todo quedó chico, menos la voluntad

A tres kilómetros del límite natural que separa el municipio de Salta con el de Cerrillos, río Ancho, sobre la ruta 26, se encuentra la escuela N§ 4371, Dr. Jorge Trevisan. El establecimiento al que hoy asisten más de 300 niños, tiene más de un centenario de vida y pese a los esfuerzos de los docentes, el lugar ya les quedó chico. Chico para los sueños, los deseos de aprender más, de tener nuevas experiencias, de crecer entre libros y los equipos de laboratorios.

Allí, los niños pasan sus horas entre las aulas y las idas y vueltas a la dirección para sacar manuales y solicitar las cajas con los elementos para la clase. Así los encontró El Tribuno, la tarde del jueves, cuando casi al final de la jornada se descargó una donación de cajas con 700 ejemplares de lectura de ciencias, astronomía, biología y textos literarios.

Isabel Pérez creció cerca de La Isla, donde todavía viven sus padres. Desde hace algunos años se desempeña como directora del establecimiento y fue quien guió a este medio por los distintos espacios de la escuela, donde los chicos de entre 4 y 13 años cursan la primaria en dos turnos. "La escuela tiene 108 años, y surgió como una necesidad para los hijos de los jornaleros que trabajaban en las fincas de la zona", contó la docente.

En sus principios la matrícula de la escuela no superaba los 70 niños, pero a medida de que la zona fue creciendo, la demanda hacia la institución fue en aumento. En la actualidad se cuenta con una matrícula de 363 niños, y en el proceso se fueron construyendo más aulas, modificando otras y reacondicionando el comedor. El terreno donde funciona la escuela fue donado por los dueños de la finca que la vio nacer, pero las dimensiones para lo que requiere hoy la zona, ya no es suficiente. Ante las necesidades edilicias, se levantaron dos aulas en el sector donde se trabajaba la huerta, por lo que la familia Martínez, dueña del campo que rodea la escuela, prestó una lonja de tierra.

Allí, los chicos pasan sus horas cuidando la huerta y preparando, por estos días, los plantines de flores para la muestra de fin de año.

En el turno mañana, la escuela de La Isla recibe a los chicos de la salita de 4 y los niños que cursan cuarto, quinto, sexto y séptimo grado. En el turno tarde asisten los chicos de la salita de 5 y primero, segundo y tercer grado. Si bien la jornada es simple, los alumnos desayunan, almuerzan y meriendan en la escuela.

Por las necesidades de la zona, y ante el aumento de la población, con el surgimiento de los barrios Santa Rita I, II, III y IV, Santa Marta, San Fernando, Los Algarrobos I y II y Mama Pacha, la docente Pérez comentó que desde el Ministerio de Educación le aseguraron que se analiza la construcción de un nuevo establecimiento y que el actual edificio se destine para el funcionamiento del secundario que en la actualidad funciona en un salón de usos múltiples.

Mientras esto ocurre, la directora ya solicitó que se levante una techo en el único sector libre que queda, donde los chicos realizan las actividades físicas, los actos y demás actividades en conjunto que deben suspenderse cuando el clima -ya sea lluvia o excesivo calor- no se los permite.

Para leer y aprender

Con la ayuda de las docentes, las cajas de libros que llevó El Tribuno se dispusieron en la secretaría, donde se abrieron y hojearon los libros que los chicos tendrán en sus manos. 

A mediados de septiembre, la escuela participa de la jornada nacional de lectura. En los días previos, los chicos van eligiendo historias y temáticas que luego no solo contarán y relatarán sino que también podrán tener la posibilidad de interpretar. 

“Cómo me gustaría que los chicos tengan una biblioteca armada pero no tenemos espacio, así que guardamos en los armarios que tenemos, como se puede, los tenemos todo fichado y los chicos sacan los libros y los anotamos”, detalló la docente. 

Pese al poco espacio con el que disponen, Pérez dijo que con un par de armarios más se podría colocar en orden los libros. 

La experiencia en la huerta

Por la construcción de las nuevas aulas, la huerta se ubicó a un terreno lindero, donde los cultivos de lechuga, brócoli, acelga, repollo, remolacha y flores se multiplican gracias al cuidado que reciben de los chicos. Desde primero a séptimo grado, los estudiantes labran la tierra, arman los almácigos y riegan lo que serán sus frutos. Algunos de los productos son aprovechados en el comedor, mientras que el resto se cosecha y se sortea entre los alumnos, porque pese a que el trabajo de la tierra es arduo, no se logra una producción de 300 productos para que los chicos lleven a sus casas. 

Preparaciones

El taller de la huerta está a cargo de Ariel Corbera, quien además les enseña a elaborar conservas y escabeches. 

En cuanto a los productos necesarios para la huerta, todo llega de las manos de los vecinos y los docentes que trabajan en la institución. Abonos, semillas, germinadores y mangueras llegaron como presentes para que los niños tengan su momento de esparcimiento. “Los chicos son felices trabajando la tierra. Muchos todavía viven en los campos donde trabajan sus padres, así que cuando salen del aula se sienten libres”, contó el profesor. 

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